Las increíbles aventuras de un argentino en los confines de Rusia. Parte 2

El largo camino hacia el Círculo Polar Ártico.

 / Patricio Bastos / Patricio Bastos

Las circunstancias me llevaron a continuar mi vida en Rusia en la provincial Kírov, 900 kilómetros al este de la capital. De ella sólo sabía que existía, también allí continué cayendo en los lugares adecuados. Entre las amistades que hice hubo una que me condujo al siguiente viaje. Dima constantemente anda deambulando por las más diversas regiones del país, y siempre encuentra las mejores experiencias. Por ese motivo no dudé cuando me propuso sumarme a un crucero que zarparía desde la ciudad de Omsk y terminaría su navegación 700 kilómetros adentro del círculo Ártico, en el minúsculo poblado de Antipayutá.

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La palabra crucero aquí no nos lleva a ningún tipo de lujo. Se trataba de un viejo barco alemán diseñado para navegar entre los lagos y ríos de la URSS. El mismo sigue siendo usado por la población local que lo aprovecha para unir Omsk con aldeas en el Distrito Autónomo de Yamalo-Nenetsia y su capital Salejard, la única ciudad del mundo sobre la línea del Ártico, según claman los locales. Tal trayecto se hace en seis días y se cubren unos 2.500 kilómetros, a eso de 1 rublo por kilómetro.

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En tiempos soviéticos, más que el dinero, eran las conexiones lo que facilitaba tener acceso a ciertos bienes. Para un extranjero en Rusia pasa lo mismo, tener los conocidos adecuados otorga las mejores experiencias. Entre ellas recuerdo una vez que en un departamento familiar se me mostró un pedazo de colmillo de mamut. Tal vez haya sido el primer contacto que tuve con el norte de los Urales. Y hacía allí salía, en un día de mediados de agosto. Adelante estarían Tobolsk, Janti-Mansisk, Beriózovo, Salejard, luego un cambio de nave y continuar pasando por Novi Port y por último Antipayutá.

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Desde el momento mismo de abordar la nave se puede observar el carácter multinacional de Rusia, además de los rostros eslavos hay muchos otros de ojos rasgados. Nos aproximamos a las tierras de uno de los tantos pueblos del norte, los Nénets. Al costado del barco siempre se puede ver la orilla derecha mucho más alta que la izquierda, en los primeros kilómetros los minaretes se disputan los cielos con las cruces de las iglesias ortodoxas, luego estas últimas prevalecen. En un principio la llanura sin árboles cubre el paisaje, aguas arriba los bosques se hacen frondosos y justo cuando se ponen más bellos que nunca desaparecen por completo para dar lugar a la tundra. Antes de esto nos acompañan una gran cantidad de pájaros. Luego de pasar por Janti-Mansisk a estos se les unen los helicópteros en los cielos, y he aquí por qué la región es tan importante.

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Los académicos rusos todavía se siguen preguntando ¿Qué hubiera sido de la URSS si en los sesenta los geólogos no hubieran descubierto petróleo en esta zona? Algunos afirman que todo hubiera acabado mucho más rápido, otros que el sistema habría emprendido veinte años antes las reformas que intentó a mediados de los ochenta, sólo que en ese caso podría haber tenido éxito. Puesta la discusión, hay algo en lo que todos coinciden, fue gracias a los yacimientos de por aquí que la unión pasó de ser una potencia industrial a una exportadora de materias primas dependiente de las variaciones de precios internacionales. De menos del 1% en 1965, la región pasó a responder por más del 50% de la producción total de oro negro de la URSS en 1980. La tendencia continúa hoy en día y claramente se aprecia en el bienestar material que gozan ciudades como la ya mencionada Janti-Mansisk, Salejard, Surgut, Narian-Mar, Tiumén y muchas otras. Aquí el salario medio suele duplicar el del promedio nacional y por eso no ha parado de llegar gente en las últimas décadas.

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Ya pasando el círculo Ártico, me encuentro navegando en el crucero Mecánico Kaláshnikov. De iguales características que el Ródina que me depositó en Salejard. A los costados ya no se ve otra cosa más que agua. Es que la desembocadura del río Obi alcanza los 70 kilómetros de ancho. Cada tanto aparece algún remolcador tirando de una barcaza repleta de contenedores de mercancía. Las horas de luz todavía son muchas y es por eso que vuelven a aparecer mágicos atardeceres tan propios de las regiones boreales de Rusia, como si el cielo se incendiara antes de la penumbra.

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Lo mejor de esta aventura queda justo para el último. Antipayutá es uno de los tantos lugares en donde viven los mencionados Nénets. A diferencia de otros pueblos originarios han podido resistir mejor las circunstancias que trajo el paso del tiempo y de gobiernos, por eso su número ha estado en constante crecimiento. Obligados a asentarse de manera permanente en tiempos estalinistas, hoy han recuperado en parte su carácter nómade. Diseminadas por la tundra se levantan sus chums, nombre con el que se conoce a las tiendas en donde duermen.

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Y aquí se vuelven a cruzar las épocas porque afuera se siente el zumbar de los helicópteros, en las inmediaciones de las tiendas tradicionales hay platos de televisión satelital, y dentro los niños juegan con teléfonos celulares y tabletas. Unos metros más allá un grupo de hombres prepara trineos para el invierno, observo que otro lleva un cinturón con motivos soviéticos y hasta me comentan que no muy lejos hay un anciano chamán. Rusia tiene una fabulosa capacidad de mezclar mundos distintos en uno sólo.

Patricio Bastos es un argentino que vive desde hace cuatro años en Rusia, en Kírov. Acaba de escribir un libro por diferentes regiones del país. Algunos fragmentos se pueden ver en el blog www.devueltaenrusia.blogspot.com

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