Cómo los cosacos se convirtieron en las tropas de élite del emperador chino

Historia
BORIS EGOROV
Eran vistos como unos de los mejores guerreros del imperio Qing y sus descendientes siguen viviendo en China.

La batalla por el Extremo Oriente

A mediados del siglo XVII, las civilizaciones rusa y china, que hasta entonces tenían una idea muy vaga la una de la otra, se encontraron por primera vez en el campo de batalla. El primer enfrentamiento se produjo tras la llegada de los destacamentos cosacos a las orillas del río Amur, habitado por las tribus Daur que pagaban tributo a Pekín.

El Imperio Qing vio la llegada de los “bárbaros llegados de lejos” a la tierra de sus tributarios como una invasión de su zona de interés. Se enviaron fuerzas de chinos y manchúes (la dinastía manchú llegó al trono de China en 1636) para luchar contra los rusos. El principal enfrentamiento fue por el asentamiento de Albazin, que se estaba convirtiendo en el principal puesto de avanzada de Rusia en su conquista del Extremo Oriente.

Cuando en junio de 1685 un ejército Qing de 5.000 hombres se acercó a Albazin, su guarnición solo contaba con 450 hombres. A pesar de ser diez veces superiores en mano de obra y artillería, los chinos y los manchúes eran muy inferiores a los cosacos en su nivel de entrenamiento de combate. Los rusos resistieron con éxito durante mucho tiempo hasta que quedó claro que no tenía sentido esperar la ayuda exterior.

En condiciones de rendición honorables, se permitió a la guarnición de Albazin marcharse y regresar con su bando. Sin embargo, los chinos ofrecieron a los que temían el largo y difícil viaje de vuelta a casa pasarse al servicio de los chinos a cambio de una buena remuneración. Cuarenta y cinco cosacos expresaron su deseo de servir al emperador.

Lo mejor de lo mejor

Fue idea del propio emperador Kangxi atraer a los rusos a su lado. Desde los primeros enfrentamientos con ellos se dio cuenta de que los rusos eran un enemigo peligroso y fuerte y que sería difícil expulsarlos del Extremo Oriente. El emperador decidió que necesitaba combatientes como ellos, así que, siempre que era posible, los incorporaba alegremente a su propio ejército.

Esta política hizo que más de cien rusos en total se unieran al ejército del Imperio Qing. Algunos lo hicieron por voluntad propia, mientras que otros fueron capturados como prisioneros en campañas militares y luego decidieron quedarse en tierra extranjera. Todos ellos pasaron a la historia con el nombre de “albacianos”, por ser el grupo más numeroso de voluntarios del fuerte del río Amur.

Los cosacos fueron tratados con grandes honores. Formaban parte de la clase militar hereditaria, que estaba casi en la cima de la estructura social en la China de la dinastía Qing. Solo la nobleza privilegiada estaba por encima de ellos.

Estaban enrolados en un contingente de élite de las tropas Qing bajo el mando directo del Emperador: el llamado Estandarte Amarillo Bordeado (había ocho estandartes en total, cada uno de los cuales contaba con hasta 15.000 soldados). Dentro del estandarte tenían su propia “compañía rusa”: Gudei.

Aparte de los rusos, los únicos que se podían unir a la unidad de guardias del Estandarte Amarillo Bordeado eran los jóvenes aristócratas manchúes. Los chinos estaban excluidos de ella.

Una vida cómoda

Los “albacianos”gozaban de muchos privilegios: se les entregaban viviendas y tierras de cultivo, y recibían pagos monetarios y raciones de arroz. Los que no tenían familia (es decir, la mayoría) recibían como esposas a las mujeres chinas y manchúes locales, viudas de criminales ejecutados.

Los chinos no obligaron a los soldados rusos a abandonar su fe. Al contrario, permitieron a los cosacos utilizar una antigua casa de oración budista y convertirla en una iglesia ortodoxa. Hasta entonces, los cosacos habían tenido que acudir a la iglesia católica del sur de la capital china para rezar.

El cristianismo ortodoxo se afianzó en China precisamente gracias a los “albacianos” y, en particular, al padre Maxim Leontiev, que también llegó a Pekín tras la rendición del fuerte del Amur. Como primer sacerdote cristiano ortodoxo del país, celebró todos los servicios divinos -bautismos, ceremonias matrimoniales y servicios funerarios para sus correligionarios- y participó en todos los asuntos de la colonia rusa en la capital china. “Les reveló la luz de la fe ortodoxa de Cristo [a los chinos]”, escribió sobre él el metropolita Ignacio de Tobolsk y Siberia.

Sin embargo, los cosacos no fueron reclutados para llevar una vida ociosa. Hay pruebas de su participación en varias campañas de las tropas Qing, en particular contra los mongoles occidentales. Además, fueron utilizados con fines propagandísticos: para persuadir a antiguos compatriotas de que se pasaran al bando del emperador.

Decadencia

Con el tiempo, China y Rusia resolvieron sus conflictos fronterizos y la importancia militar y política de la “compañía rusa” comenzó a declinar. Sus tareas se redujeron principalmente a tareas de guarnición en la capital.

Al integrarse con la población local china y manchú, tras varias generaciones los albacianos perdieron gran parte de su cultura rusa. Sin embargo, siguieron practicando la fe ortodoxa y a menudo se jactaron de su posición privilegiada. Según los viajeros rusos que visitaron Pekín a finales del siglo XIX, el albaciano “en el sentido moral es un parásito que vive de las limosnas en el mejor de los casos, y un borracho y un tramposo en el peor”.

Una grave prueba para los cosacos chinos fue la rebelión de los bóxers de 1900 contra la dominación extranjera y el cristianismo. Varios centenares de albacianos se convirtieron en sus víctimas; incluso ante la muerte, se negaron a renunciar a su fe.

Tras la caída del Imperio Qing en 1912, los descendientes de los cosacos se vieron obligados a buscar nuevas ocupaciones. Muchos de ellos se convirtieron en policías, o trabajaron en el Banco Ruso-Asiático y en la imprenta de la Misión Espiritual Rusa.

La Revolución Cultural de Mao Zedong, dirigida contra todo lo extranjero en China, asestó otro golpe a la diáspora albaciana. Como resultado de la persecución, muchos de sus miembros se vieron obligados a renunciar a sus raíces.

Sin embargo, aún hoy en la China actual hay personas que se consideran descendientes de los cosacos, los soldados de élite del emperador. No conocen la lengua rusa y es imposible distinguirlos de los chinos. Sin embargo, aún conservan el recuerdo de su procedencia.

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