Os presentamos a los oficiales imperiales rusos que casi derrotan a los bolcheviques

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Si hubieran tenido más suerte o más habilidad, podrían haberse convertido en los líderes de Rusia en el siglo XX, de haber derrotado a los bolcheviques. Pero la historia resultó un tanto diferente.

No todos los rusos acogieron con beneplácito la Revolución de Octubre de 1917, cuando los bolcheviques tomaron el poder en un país hambriento, agotado por la Primera Guerra Mundial y destrozado por las contradicciones internas. Muchos compartían el punto de vista expresado por una mujer que el escritor Iván Bunin citó en su diario, Días malditos: “¿Quién se benefició de la llegada al poder de los bolcheviques? Todo fue a peor, y en primer lugar, para nosotros, la gente común”.

Algunos de los descontentos con los comunistas se enfrentaron a ellos, portando armas en sus manos como parte del Movimiento Blanco (para diferenciarse del Ejército Rojo bolchevique) durante la Guerra Civil, que estalló en 1918. El brutal conflicto duró hasta 1922 y sesgó la vida de 10 millones de rusos.

Los blancos perdieron, pero sus líderes y héroes hicieron todo lo posible para luchar por lo que creían. ¿Qué fue de estos hombres?

Lavr Kornílov (1870 - 1918)

Comandante en Jefe Supremo del Ejército ruso en julio de 1917, el general Kornílov tuvo la oportunidad de deshacerse de los bolcheviques incluso antes de tomar el poder. Mientras los debates políticos seguían muy agitados, dirigió a sus tropas desde el frente hasta Petrogrado, ansioso por arrestar a Vladímir Lenin y a otros líderes bolcheviques.
El ‘Asunto Kornílov’ fracasó: los caminos hacia la capital habían sido bloqueados, y los soldados de la guarnición, que permanecieron leales al gobierno moderado, arrestaron a Kornílov y a sus hombres.

“Pasó la mayor parte de su vida luchando por Rusia, por su grandeza, prosperidad y gloria, y no tuvo tiempo para pensar en los pros y contras de cualquier sistema político”, recordaría el ayudante de Kornílov. “Sólo amaba el estado en sí mismo, que tenía un sentido místico, casi divino para él.” Considerando a los bolcheviques como traidores que socavaban la unidad de Rusia, Kornílov decidió luchar contra ellos sin piedad.

Como muchos otros antibolcheviques (desde los monárquicos hasta socialistas moderados), Kornílov llegó al río Don en el sur, donde se formó una de las primeras fuerzas militares blancas, el Ejército Voluntario. Héroe de la Primera Guerra Mundial y una autoridad indudable, Kornílov se hizo cargo de este movimiento.

“Kornílov mostró las mejores habilidades de un comandante en jefe. Siempre estaba con su pueblo, liderando personalmente cada batalla”, escribió su biógrafo. Finalmente, esto acabó con Kornílov: en abril de 1918 fue herido de muerte por una granada lanzada al azar. Muy pronto, el Ejército Blanco perdió a uno de sus mejores comandantes.

Antón Denikin (1872 - 1947)

“Yo creía antes, y sigo creyendo que la lucha contra los bolcheviques, hasta que sean derrotados, es necesaria”, dijo una vez el general Denikin. “De lo contrario, no sólo Rusia, sino toda Europa se convertirá en ruinas”. Como compañero de batalla de Kornílov, asumió el mando del Ejército de Voluntarios después de la muerte de este en abril de 1918.

Más tarde, Denikin encabezó las Fuerzas Armadas del Sur de Rusia, que lucharon valientemente contra los Rojos, capturando Crimea, Ucrania y una gran parte del sur de Rusia, llegando a Moscú en octubre de 1919. Sin embargo, los bolcheviques lograron reagrupar sus fuerzas y derrotar al Ejército Blanco. A partir del invierno de 1919-1920, Denikin entró en retirada, perdiendo una ciudad tras otra, y finalmente se vio obligado a dimitir en abril. Inmediatamente salió de Rusia en un barco de guerra británico, y según sus memorias, “con el más profundo sentimiento de dolor”.

Como emigrante, Denikin llevó una vida tranquila, escribiendo sus memorias. Durante la Segunda Guerra Mundial, ya anciano, criticó duramente a los emigrantes blancos que decidieron ponerse del lado de Hitler para liberar a Rusia de los comunistas (este punto de vista fue apoyado, por ejemplo, por el general Piotr Krasnov): “Derramaréis.... sangre rusa, en vano, y Rusia no será liberada [por los nazis] sino esclavizada más aún”.

Alexánder Kolchak (1874-1920)

Mientras Kornílov y Denikin luchaban en el sur de Rusia, el almirante Kolchak atacó a los bolcheviques en el Lejano Oriente y Siberia. Explorador del Ártico en su tiempo libre, luchó en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 y dirigió la flota del mar Negro durante la Primera Guerra Mundial, Kolchak pasó un año en el extranjero tras ser obligado a dimitir por los bolcheviques (ya que era un devoto monárquico). En septiembre de 1918, sin embargo, regresó para liberar a su país de la “plaga roja”. Como sabemos, no tuvo éxito.

Declarado Gobernante Supremo de Rusia, y reconocido como el líder del Movimiento Blanco, Kolchak cooperó estrechamente con fuerzas extranjeras (británicas, francesas y japonesas).

“Tiene más valor y honesto patriotismo que cualquier ruso de Siberia”, dijo un asesor militar británico sobre Kolchak, y añadió que su tarea “se está volviendo casi imposible” por la falta de ayuda de los aliados.

En la primavera de 1919, Kolchak unió a las fuerzas antibolcheviques del este de Rusia y lanzó un fuerte ataque, derrotando a los bolcheviques y llegando a la región del Volga (no lejos de Moscú). Pero entonces el Ejército Blanco, que carecía de reservas (Kolchak solía decir “tenemos que aguantar a la gente que no encaja en las altas posiciones que ocupa porque no tenemos a nadie que la reemplace”), empezó a perder terreno.
En verano los bolcheviques pasaron a la ofensiva, y medio año después los ejércitos de Kolchak fueron derrotados. Fue capturado, juzgado y fusilado.

Nikolái Yudénich (1862 - 1933)

La Guerra Civil dejó a muchos comandantes militares brillantes con cara de tontos, porque habían apoyado una causa perdida. La vida del general Nikolái Yudénich prueba bien este punto. Durante la Primera Guerra Mundial, dirigió el frente del Cáucaso y prácticamente destruyó el ejército turco, ganándose el apodo de “el nuevo Suvórov”. (Suvórov fue el mayor comandante militar de la historia imperial rusa, no perdió ni una sola batalla).

Todos adoraban a Yudénich. Un oficial lo describió: “Es desafortunado que gente como Yudénich no sea típica, sino rara, en nuestro ejército, pero es esta excepción la que le atrae tanta simpatía”. Sin embargo, durante la Guerra Civil, esto no le ayudó. Mientras dirigía el Ejército del Noroeste, atacó Petrogrado (controlada por los bolcheviques) en otoño de 1919, justo cuando el Ejército Rojo había concentrado todas sus fuerzas en el sur, luchando contra Denikin.

La posibilidad de que los rojos perdieran la capital a manos de Yudénich parecía muy real. Pero Lev Trotski, el ministro militar del gobierno bolchevique, logró movilizar todas sus fuerzas y derrotar a Yudénich, cuyo ejército era relativamente pequeño (sólo 20.000 hombres contra 60.000 rojos). Arrestado por antiguos aliados, los estonios, mientras su ejército se retiraba, Yudénich se vio obligado a dejar de luchar y a abandonar Rusia para siempre, viviendo en el extranjero durante 14 años hasta su muerte.

Piotr Wrangel (1878 - 1928)

El general Wrangel, apodado “el Barón negro” por sus orígenes nobles y sus trajes negros, alcanzó los rangos más altos del Ejército Blanco en 1920, después de que Denikin perdiera varias batallas y fuera obligado a abandonar el alto mando. En aquel momento, el Ejército blanco sólo tenía Crimea bajo su control, y estaba rodeado por los rojos. Wrangel era de hecho un líder político y militar, gobernando todo el territorio controlado por los blancos. “Sólo hay un tipo de poder en una fortaleza asediada: el poder militar”, escribió. Al mismo tiempo, Wrangel hizo todo lo posible para corregir los errores de sus predecesores, ganando más partidarios para la causa blanca: trabajó en la reforma agraria, prometió autonomía nacional a las minorías étnicas y mucho más.

Desafortunadamente para los blancos, Wrangel heredó el poder cuando la guerra ya estaba perdida. Su ejército logró mantener a raya a los bolcheviques por un tiempo, sin dejarlos entrar en Crimea, pero en noviembre de 1920 los rojos rompieron las defensas de los blancos y eso fue el final. Wrangel organizó muy bien la evacuación de sus fuerzas, ayudando a unas 100.000 personas a abandonar las costas rusas. En 1928, murió de tuberculosis en Bélgica.

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