Cómo Rusia cambió mi vida: Andrea de Colombia

Andrea Bustamante.

Daria Amínova
Mi primera impresión de Rusia fue: ‘¡Maldita sea, los rusos no sonríen! No es un estereotipo, ¡es todo verdad!’. Pero los rusos son muy amigables, en el fondo.

Nunca pensé que viviría en Rusia, ¡por no hablar de casarme con un ruso! Estudié en Australia, regresé a casa por un corto tiempo y luego, por accidente lo conocí: un hombre con acento británico. Cuando me confesó que era ruso, no podía creerlo, porque normalmente los rusos tienen acentos muy fuertes.

Sin embargo, no percibo a mi marido como ruso: para mí es mitad latino y mitad ruso. Siempre se puede confiar en él: es un verdadero ruso, pero al mismo tiempo, le encanta charlar y está abierto a probar cualquier cosa nueva y loca que provenga de la cultura latinoamericana. Es probablemente por esta razón que me enamoré de él. Además, se comunica abiertamente con extraños de diferentes países, a pesar de que la mayoría de los rusos son muy cautelosos con la gente a la que no conocen. Supongo que tuve suerte.

Mi familia estaba preocupada antes de mi primer viaje a Rusia: los medios de comunicación en Colombia presentaban a Rusia como enemigo de Estados Unidos y de todos los demás países desarrollados, y como un lugar increíblemente peligroso (de hecho, me encontré mucho más segura en Rusia). Pero yo era imparable. Quería conocer la cultura y el mundo en el que vivía mi marido.

Mi primera impresión de Rusia: “¡Maldita sea, los rusos no sonríen! No es un estereotipo, ¡es todo verdad!”. Aquí se puede escuchar la pregunta: “¿Por qué sonríes?”. ¡Es imposible imaginar una pregunta así en Colombia!

Al principio, parecía que los rusos no eran nada amistosos y que no les gustaban los extranjeros. Fue un choque cultural y una verdadera decepción.

Años más tarde aprendí a ser tolerante y a mantener la distancia. Ahora sé que los rusos son muy amigables, en el fondo: necesitan tiempo para conocerte y luego se abren. Tal vez estas precauciones en las relaciones con extraños/extranjeros están arraigadas en la historia y conectadas con los trágicos acontecimientos por los que ha pasado el país. Y tal vez con los largos y fríos inviernos...

A mi hija, Isabella, por ejemplo, le gusta más el clima de Rusia que el calor de mi país. Tal vez sea porque nació en San Petersburgo. Los niños en Colombia socializan más rápido y más fácil que en Rusia, pero hay muchas ventajas de criar a un niño aquí. Por ejemplo, el seguro sanitario es gratuito y cubre la mayoría de las pruebas y procedimientos médicos.

Pero para sobrevivir en Rusia no sólo se necesita un seguro, sino también conocer el idioma, por muy trillado que suene. Debido a la barrera del idioma, cualquiera se siente diferente. Sólo hablo un poco de ruso y, por lo tanto, cuando mi marido y yo mantenemos una conversación, hablamos principalmente en español o en inglés.

Hoy puedo decir con confianza que me he establecido en Rusia e incluso puedo cocinar platos rusos como el vinegret, la ensalada Olivier y hasta los blinis rusos. A mi hija le encanta el trigo sarraceno y otros tipos de cereales, a mi marido le gusta la sopa borshch y las salchichas, pero mis conocimientos culinarios en este momento no están al nivel de cocinar las sopas más difíciles. Espero que algún día les sorprenda con una ujá casera, una sopa rusa hecha con pescado.

Incluso encontré “mi” espacio para relajarme en Rusia, un lugar realmente tranquilo: la dacha de mi suegra, que es como una “máquina del tiempo”, que te transporta a un antigüo pueblo ruso. La dacha tiene una bania, es mi mayor descubrimiento y me he enamorado de ella.

Cuando me mudé a Rusia, empecé a llevar un diario. Una vez, mi esposo me propuso que lo publicara, para compartir mis experiencias con lectores de Colombia y América Latina, que no saben casi nada de la Rusia moderna. Recientemente publiqué un libro sobre mi vida aquí La vida en una maleta. El libro sólo está disponible en español por el momento, pero estoy esperando ansiosamente contar con traducciones al inglés y al ruso.

Para mí, la mayor motivación, incluso en los momentos más difíciles de Rusia, es mi familia. Por ellos estoy dispuesta a ir a cualquier parte. Estoy agradecida a todos los rusos que he conocido: los que me han ayudado a salir de mi zona de confort, a encontrarme a mí misma y a aprender a entender a los demás.

Así fue contado a Daria Amínova.

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