Así fueron las tácticas de fortificación de Totleben en la heroica defensa de Sebastopol (1854-1855)

Monumento a Eduard Totleben y a los defensores de Sebastopol en la guerra de Crimea de 1854-1855.

Andrew Butko (CC BY-SA 3.0)
El puerto de Sebastopol, en Crimea, ha sido la base de la Flota rusa del mar Negro desde el siglo XVIII. ‘Russia Beyond’ cuenta la historia del general Eduard Totleben, quien organizó la defensa de la ciudad contra los británicos y franceses en la guerra de Crimea, ganando un tiempo muy valioso para las fuerzas rusas.

Desde su fundación en 1783, Sebastopol estuvo asociada principalmente con la marina. A menudo se la llama la “ciudad de los marineros” en ruso, pero después de perder su flota durante la guerra de Crimea, hace 160 años, los marineros de Sebastopol se enfrentaron al enemigo en batallas terrestres, cosechando en la ciudad tanta gloria como si estuviesen ganando victorias en el mar.

Fueron batallas libradas desde instalaciones defensivas que se aseguraron así su lugar en la historia de la nación junto con el nombre de su diseñador, Eduard Totleben, un fundador de la Escuela de Fortificación del Ejército Imperial Ruso.

Nacido de una antigua familia alemana de colonos que emigraron a Rusia en la primera del siglo XVIII, Totleben se forjó una carrera meteórica en el ejército. Como escribió el escritor ruso Lev Tolstói: “Aquí [en Sebastopol] Totleben pasó en dos años de teniente coronel a general”. 

Todo comenzó con el traslado del talentoso ingeniero a Simferópol después de su experiencia en el asalto a posiciones fortificadas en guerras anteriores, libradas en el Cáucaso y contra Turquía. Sebastopol se convertiría en el escenario de las principales batallas del conflicto que estallaron después de que Francia y Gran Bretaña decidieran ir a la guerra para evitar un avance ruso en Turquía a través del estrecho del Bósforo.

Cuando Totleben se reunió con el jefe de las fuerzas rusas de Crimea, el general Ménshikov, el comandante se negó a asignarle el mando. En su lugar, el ingeniero comenzó a trabajar como voluntario y pronto descubrió que la ciudad estaba preparada para un ataque sólo desde la dirección del mar y que estaba escasamente fortificada en sus otros flancos.

Mientras tanto, la fuerza de desembarco combinada británica y francesa desembarcó en la península de Crimea el 2 de septiembre de 1854 y derrotó a los rusos en Alma, haciendo inevitable el asedio de Sebastopol.

Sin tiempo para organizar las defensas necesarias, Totleben consiguió engañar al enemigo ordenando la construcción de posiciones señuelo en la frontera norte de la ciudad. Esto bastó para engañar a los oficiales de reconocimiento enemigos, que informaron sobre “numerosos e importantes movimientos de tierra en el flanco izquierdo de las defensas del norte de los rusos”.

General Eduard Totleben.

La entrada al estuario de la bahía de Sebastopol ya había sido bloqueada por buques de guerra rusos hundidos, lo que impedía que se acercaran a los buques aliados. En consecuencia, no pudieron desembarcar y asaltar la ciudad indefensa. Las fuerzas aliadas francesas y británicas desembarcaron en su lugar hacia el sur.

Aunque había ganado algo de tiempo, Totleben seguía enfrentándose a la tarea de transformar la ciudad en una fortaleza ante las mismas narices del enemigo. Los sistemas defensivos se construyeron sobre el principio de crear concentraciones de puestos de artillería interconectados por trincheras para la colocación de armas pequeñas, con baterías de cañón salteadas entre las posiciones más grandes.

El principal baluarte defensivo estaba situado en las alturas dominantes del Malájov Kurgán. Los trabajos continuaron las 24 horas del día, incluso bajo fuego enemigo tras el inicio del asedio el 13 de septiembre.

Todos los daños causados por los bombardeos se repararon la primera noche y se comenzó a trabajar en reforzar el frente. Veinte nuevas baterías de cañones habían sido construidas y equipadas para el 20 de octubre.

Poco después, los franceses completaron sus movimientos de tierra en las murallas de la ciudad, y Totleben tomó esto como una señal de que el enemigo emplearía la guerra con las minas. Inmediatamente ordenó que se excavaran pozos de sondeo debajo de la zanja defensiva de la ciudad para contrarrestar esta amenaza, comenzando rápidamente a preparar el terreno.

Mientras tanto, resultaba imposible lanzar un asalto total contra Sebastopol sin llevarse a cabo trabajos de ingeniería preparatorios. Y la colocación de minas era toda una ciencia en sí misma. Los zapadores enemigos comenzaron a trabajar en varios túneles falsos para distraer a los rusos y obligarlos a concentrar sus esfuerzos en neutralizar una excavación subterránea cada vez.

El sitio de Sebastopol, detalle de una pintura panorámica.

Sin embargo, incluso antes de la guerra, Totleben había empezado a utilizar un dispositivo de sondeo que consistía en una brújula naval ordinaria que se introducía en el pozo minero. El campo magnético del salitre contenido en la pólvora hacía girar infaliblemente la aguja de la brújula hacia el auténtico túnel minero que estaba construyendo el enemigo.

Paralelamente a aquella guerra secreta, Totleben se dedicó a la defensa activa en la superficie, empleando una técnica que conocía de la guerra del Cáucaso: la creación de barreras hechas de troncos y otros materiales disponibles que permitieron a las fuerzas rusas mantener un fuego incesante y una estrecha vigilancia del enemigo. Como dijo el ingeniero, aquellas barreras se convirtieron en los “ojos y oídos de los defensores”.

El segundo asalto comenzó el 28 de marzo de 1855, durante el cual los Aliados sufrieron muchas bajas, pero pudieron ejercer presión sobre las posiciones rusas. Un tercer y cuarto asalto produjo los mismos resultados. Las defensas eran destruidas, pero resultaban reconstruidas después del ataque.

El 8 de junio, Totleben fue herido en el pie mientras descendía del Malájov Kurgán, teniendo que abandonar la ciudad poco después, debido a la aparición de gangrena, y regresando a Sebastopol sólo el 24 de agosto.

Tres días más tarde vio desde las ventanas del cuartel de la fortaleza norteña que, a pesar de los grandes esfuerzos por defenderlo, Malájov Kurgán había sido tomado. Esto significó la caída del flanco sur y luego de toda la ciudad. Durante su retirada, los rusos quemaron Sebastopol, volaron sus polvorines y hundieron los barcos de guerra que quedaban en la bahía.

Tras la caída de la ciudad, Totleben aprovechó la experiencia adquirida para preparar la defensa de Nikoláiev, cuya conquista podía abrir el camino para que la alianza antirusa se adentrara en las estepas al norte del mar Negro.

Los Aliados sondearon las capacidades defensivas de la ciudad, pero no presionaron para iniciar una ofensiva. Las ambiciones rusas se habían visto frustradas para entonces y la guerra ya había sido esencialmente ganada.

En las negociaciones de paz de 1856, Rusia se vio obligada a devolver cualquier posesión otomana que hubiese tomado y se le prohibió establecer un arsenal naval en el mar Negro, prohibición que se mantuvo en vigor hasta la década de 1870.

Después de la campaña de Crimea, Totleben se dedicó a la ciencia de la fortificación. Fue nombrado director del departamento de ingeniería del Ejército y pasó el resto de sus días desarrollando nuevos sistemas de líneas defensivas para su uso en las fronteras de Rusia.

Regresó a Sebastopol sólo después de su muerte y entierro temporal en Alemania en 1884. Sus restos fueron posteriormente inhumados en el Cementerio Fraterno de Sebastopol.

El gran escritor ruso Lev Tolstói vivió y luchó durante la mayor parte del asedio como artillero en uno de los emplazamientos de Totleben. Más tarde dedicaría una serie de relatos a la defensa de Sebastopol.

El sitio de Sebastopol duró 11 meses. Durante este tiempo los Aliados perdieron alrededor de 70.000 hombres, sin incluir las bajas por enfermedad. Las pérdidas rusas fueron de aproximadamente 83.500 hombres.

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