Por qué la ‘dacha’ era un paraíso terrenal soviético (Fotos)

Kira Lisitskaya (Foto: Vasily Malyshev, Anatoly Garanin/Sputnik; Unsplash)
A menudo, estas casas de verano no disponían de agua corriente, ni de servicios sanitarios, ni de ningún otro tipo de comodidades, pero, cada fin de semana, sus felices propietarios se dirigían a sus dachas, teniendo que tomar normalmente varios medios de transporte para llegar a ellas. Entonces, ¿cuál era el atractivo?

En la Rusia moderna, una dacha suele ser una cabaña o una bonita casa en el campo, con una valla alta, agua corriente y a veces calefacción. El concepto de dacha apareció en el idioma ruso en el siglo XVIII. Para los nobles, significaba una finca con una espléndida casa señorial, donde no vivían permanentemente, sino que la visitaban de vez en cuando, normalmente en verano. Una dacha soviética era algo completamente diferente.

¿Cómo era una ‘dacha’ soviética?

En primer lugar, era un lugar donde los habitantes de la ciudad podían cultivar sus propias verduras y frutas. Las dachas se asignaban gratuitamente a los empleados de diversos departamentos, funcionarios, militares, profesores, miembros de los sindicatos profesionales de arquitectos, escritores, artistas y muchos otros, así como a muchos funcionarios públicos ordinarios de la URSS. Por lo general, se trataba de pequeñas casas de madera situadas en una pequeña parcela de terreno, que solía tener apenas 600 metros cuadrados.

En la URSS, había asentamientos enteros de dachas (conocidos como “asociaciones de asignación”), en los que un gran número de casas se situaban cerca unas de otras a lo largo de varias calles, separadas por vallas bajas. A veces, las casas estaban adosadas y eran compartidas por dos familias, cada una con una entrada independiente.

Sin embargo, incluso esas casas estrechas eran el lugar favorito de la gente para escapar de la ciudad. Aunque fuera pequeño, era un trozo de tierra que un soviético podía llamar propio y donde podía relajarse.

Los que no recibían una dacha podían obtener una parcela de tierra en una colectividad de huertos, donde podían cultivar hortalizas, visitar regularmente para cuidar su huerto y recoger cosechas. Normalmente se plantaban patatas, coles y fresas, pero también muchas otras cosas.

Los diminutos apartamentos soviéticos apenas tenían espacio de almacenamiento, por lo que mucha gente utilizaba sus dachas para guardar ropa vieja, libros, muebles y otros trastos que no querían tirar.

Incluso ahora, las dachas se utilizan a menudo como lugar para reciclar cosas viejas, lo que ha dado lugar a una peculiar forma de “arte”, a veces bastante hortera.

La ‘dacha’ es todo verano

Las dachas soviéticas tradicionales no solían tener calefacción. Así, la temporada de la dacha solía abrirse con la primera visita del año en torno a las vacaciones de mayo, cuando se limpiaba la dacha tras varios meses de desuso, se abrían sus persianas, se sacaban los muebles de jardín del cobertizo y se disponían en la parcela, que también había que cuidar tras los meses de invierno.

Como la mayoría de las dachas eran sólo casas de verano, visitadas principalmente los fines de semana, tampoco solían tener agua corriente ni alcantarillado. Lo que sí tenían eran lavabos exteriores, que consistían en un recipiente de agua con un tapón debajo que había que empujar hacia arriba para que saliera el líquido elemento. El agua que salía iba directamente al suelo o a una pila.

Los retretes también estaban al aire libre: normalmente en forma de una pequeña cabaña de madera construida sobre un gran agujero en el suelo. Algunas dachas contaban con duchas al aire libre, con agua recogida en tanques en sus techos y calentada por el sol.

En invierno, las dachas no se utilizaban. Las que tenían una estufa podían visitarse también para las fiestas de fin de año, pero la casa tenía que estar bien caldeada primero.

La ‘dacha’ no es (necesariamente) para el ocio

Los soviéticos prácticamente no sabían cómo relajarse. Si tenían suerte, podían recibir un vale de vacaciones para pasar quince días en el mar o en un balneario. Sin embargo, los que tenían la suerte de tener una dacha, normalmente acababan pasando las vacaciones allí.

La pega es que en la dacha no había tiempo para relajarse, porque siempre había muchas cosas que hacer. Siempre se estropeaba algo y había que repararlo.

Incluso cuando todo estaba en orden, siempre había espacio para mejorar la propiedad y el terreno que ocupaba, por ejemplo, instalando una ducha o construyendo una veranda de verano.

Además, el cuidado de la huerta requería mucho tiempo y atención: primero plantar, luego escardar, regar y cuidar las plantas, tratarlas contra las plagas y después recoger las cosechas. A menudo, todo este trabajo podía ocupar un fin de semana entero o las vacaciones.

El único momento de relax en la dacha era cuando se recibía a los invitados. Entonces, los anfitriones calentaban un samovar, ponían una mesa al aire libre y agasajaban a sus invitados con mermelada de bayas casera y otras delicias.

La dacha como fuente de felices recuerdos de la infancia

Durante los tres meses de vacaciones de verano, los escolares podían ir a un campamento de pioneros durante varias semanas. Pero el resto del tiempo, para escapar de la ciudad (y para dar un respiro a sus padres), los niños solían ser enviados al campo, a pasar el tiempo en las dachas de sus abuelos. A menudo, los padres también tomaban sus vacaciones anuales en verano y las pasaban en el campo con sus hijos.

En los grandes asentamientos de dachas siempre había muchos niños, que pasaban todo el tiempo al aire libre, correteando, jugando juntos o desapareciendo en sus rincones secretos. Una ventaja añadida era la proximidad de un río, un lago o incluso un pequeño estanque.

Cuando estaban en la dacha, los niños solían llevar ropa vieja que habían retirado de la ciudad (y que podía romperse o ensuciarse sin que a nadie le importara), por lo que a menudo acababan con un aspecto bastante ridículo. Pero eso tampoco le importaba a nadie, ya que era uno de los encantos de la vida en la dacha, donde los niños se sentían liberados después de pasar nueve meses con uniformes escolares ordenados y planchados.

Los líderes soviéticos también tenían ‘dachas’

Stalin con su hija Svetlana y Lavrentiy Beria en una dacha en Sochi

A Stalin le gustaba mucho pasar tiempo en sus dachas. Tenía unas 12, varias en la región de Moscú, así como en Sochi, Abjasia y Crimea. No sólo trabajaba en sus residencias campestres, sino que a menudo recibía allí a ministros y funcionarios.

El mariscal Gueorgui Zhukov en su dacha

Los líderes del país después de Stalin, así como los altos funcionarios, los miembros de la nomenklatura soviética y los generales también tenían dachas. Sin embargo, las suyas no se asentaban en parcelas de 600 metros cuadrados, como las del pueblo llano, sino que a menudo ocupaban hectáreas enteras de terreno.

Leonid Brezhnev en su dacha

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