La cronista del fin de la utopía

Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015.

Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015.

East News.
La premio Nobel 2015, Svetlana Alexiévich, desentraña los mitos del ‘homo sovieticus’. A partir de cientos de testimonios rescatados, los libros de la escritora bielorrusa nacida en la URSS tratan del pasado reciente y el olvido colectivo.

El bloque del Este se finiquitó en una dacha bielorrusa. En 1991, y en contra del resultado del referéndum convocado ese mismo año, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia acordaron la disolución de la Unión Soviética con la rúbrica del Tratado de Belavezha.

El edificio comunista estaba listo para su demolición, ya no era posible aplicar una nueva capa de pintura para disimular las grietas. Era el fin de una época, pero… ¿el principio de qué? Lo peor del comunismo es lo que viene luego, dijo a finales de los ochenta el periodista polaco Adam Michnik, porque la gente se ha desacostumbrado a disponer de su propia vida.

Para la flamante Nobel de Literatura Svetlana Alexiévich, el año 1991 abrió un horizonte inusitado. “Todos estaban ebrios de libertad pero nadie estaba preparado para disfrutarla”, puede leerse en su último libro, El fin del ‘homo sovieticus'. En la obra, que publicará en castellano el 2 de diciembre la editorial Acantilado, se ahonda en ese proceso de ajuste a la nueva realidad.

“El pueblo estaba desconcertado. De pronto despertaba en un país desconocido en el cual no se sabía cómo vivir. Los ciudadanos de a pie compraban tres o cuatro periódicos… Estaban atónitos, porque en cada uno se encontraba una interpretación diferente de los acontecimientos, y nuestro pueblo estaba habituado a que hubiera una única verdad”, explicó Alexiévich en una conferencia de 2003 organizada en México, durante la época en que tuvo que exiliarse de Bielorrusia debido a las presiones del régimen de Lukashenko.

Después de casi siete décadas, la población de una sexta parte de la Tierra se despertaba del letargo.

Svetlana Alexiévich ha dedicado toda su obra a desentrañar la estructura interna de ese hombre particular que ella llama homo sovieticus: para unos, un ser trágico; para otros, un pasivo receptor de mitos y propaganda. El jurado de la Academia Sueca destacó el monumento erigido con su ciclo Voces de la utopía al sufrimiento y al coraje de nuestros tiempos. De eso trata cada uno de sus libros, hilados a partir de cientos de testimonios rescatados del pasado reciente y del olvido colectivo.

“No soy periodista”

En una entrevista de 2014 a Philosophie Magazine, Alexiévich dijo: “Yo no soy periodista, pues no me contento con la mera información, sino que exploro la vida de las personas sencillas, aquello que han comprendido de la vida; pero tampoco realizo la labor de una historiadora, porque para mí todo comienza donde acaba el trabajo de los historiadores: ¿qué pasó por la cabeza de la gente después de la batalla de Stalingrado o de la explosión de la central de Chernóbil? No escribo la historia de los hechos, sino la de los sentimientos”.

Desde esta perspectiva, ha investigado el papel de la mujer en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial, las heridas físicas y psicológicas de los excombatientes de la guerra de Afganistán y de sus familiares, la ola de suicidios que recorrió la Unión Soviética en los años noventa, la devastación provocada por el accidente de Chernóbil y, en su último título, la adaptación de los exsoviéticos al poscomunismo.

“La gente tiene ganas de vivir simplemente, sin grandes ideas. Es algo que nunca había pasado en Rusia, ni siquiera se encuentra en la literatura rusa”, explica en El fin del ‘homo sovieticus’. Y con todo, advierte, asistimos a un regreso a ciertos valores y retórica del pasado, envueltos en un halo de nostalgia acrítica. Con la llegada de una nueva generación, afirma la escritora, la regeneración no tiene que darse por hecha. “Me he encontrado por la calle a jóvenes que llevaban camisetas con la hoz y el martillo o el retrato de Lenin. ¿Saben lo que es el comunismo?”.

Voces genuinas

Desde Winston Churchill no se concedía el Nobel de Literatura a un autor de no ficción. En la obra de Svetlana Alexiévich no nos encontramos con personajes surgidos de la imaginación del escritor, sino que oímos voces genuinas, tras un despojamiento de lo superficial, como resultado de un largo trabajo de escucha. Por eso, la autora define la composición final de su obra como polifonícheski roman-íspoved (novela-confesión polifónica).

Cuenta que su interés por la tradición oral germinó en el pueblo de su abuela ucraniana. En los veranos en el campo, la escritora prestaba atención a los mayores y sus relatos de las hambrunas de los años treinta o de los combates entre partisanos y nazis: “De aquellas historias me quedó cierta desconfianza por la palabra impresa: lo que contaban era mucho peor que lo que se leía en los libros, allí todo se reducía a la victoria de nosotros contra ellos”.

Para desmontar esas narrativas épicas de soldados valerosos y sacrificios justificados, Svetlana Alexiévich se dedicó a interrogar sobre los detalles de una vida en extinción —el amor, los celos, la infancia, la vejez...—, ejercitando el cada más en desuso arte de la escucha, ya fuera en Moscú o en Kabul, pasando por Chernóbil.

Los testimonios, de una intensidad sobrecogedora, se entrelazan en la mente del lector y esa acumulación construye poco a poco el mapa sentimental de un tiempo pasado cuyo eco todavía reverbera. Contó en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana que cuando acabó de escribir Las voces de Chernóbil, que fue su primera obra traducida al castellano, entendió que tenía que volver de nuevo al individuo, y así surgió El fin del ‘homo sovieticus’: “Ese mismo individuo soviético cuyo país había desaparecido. La era soviética se esfumó... Vivimos entre escombros, debemos revisarlo todo de nuevo y aguzar el oído hacia lo que dicen las personas. Escuchar otra vez de dónde sacan el valor para vivir”.

Marta Rebón es traductora y crítica literaria. Ha traducido ‘El fin del ‘homo sovieticus’ al catalán.

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