Los campamentos de verano donde creaban al nuevo hombre soviético

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Cada veranos millones de niños soviéticos iban a los campamentos de pioneros, donde se divertían de forma sana. La formación ideológica era fuerte pero los que asistieron a ellos recuerdan sobre todo lo bien que se lo pasaban.

Son muchos los adultos en la actual Rusia que recuerdan con nostalgia los campamentos de pioneros a los que fueron durante la época soviética. En la década de 1980 había alrededor de 40.000 campamentos de este tipo y más de 10 millones de niños pasaron allí sus vacaciones. La idea se concibió en los años 20 y la creación de auténticos campamentos comenzó en 1925.

El objetivo primordial de estos campos era producir miembros para la sociedad socialista con una ideología arraigada y que fueran constructores del comunismo. Por ello se invertía mucho tiempo en actividades ideológicas y de “información política”. Sin embargo, esa no es la principal razón por la que los pioneros los recuerdan con tanto cariño.

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La planificación de las vacaciones escolares era una cuestión importante en la URSS. Los mejores puntos de recreo eran para los campamentos de pioneros, donde el deporte y la salud eran lo más importante. Cada mañana empezaba con ejercicios obligatorios al aire libre.

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Después de la ducha y antes del desayuno los pioneros formaban una fila y hacían la izada de bandera. A finales de la época soviética este proceso se veía como algo aburrido.

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A menudo se enviaba a los pioneros a que participasen en las granjas colectivas. Si la tarea consistía en recoger manzanas, melocotones y otra deliciosa fruta de verano no se consideraba nad pesado sino que era algo placentero. Los recolectores podían comer hasta hartarse.

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La verdadera diversión llegaba después del desayuno.

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Se hacían excursiones a ríos o al mar, además de miles de juegos y de charlas con los camaradas, todo ello acompañado de las típicas travesuras infantiles.

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Si superaban la cuota de recolección de fruta o alcanzaban cualquier otro logro algunos equipos eran premiados. Podían ir de excursión a unas montañas cercanas o a otro lugar de gran belleza natural. Habitualmente estas salidas suponían zafarse de la férrea disciplina del campo, aunque fuera por poco tiempo.

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A la hora de bañarse – en un lago, río o el mar- siempre se seguía el mismo guion. Se establecía una profundidad en la que se colocaba una red y uno de los líderes se quedaba allí, en el agua. Desde la costa otro adulto tocaba un silbato y dejaba que los niños entrasen al agua. El periodo de baño dependía del tiempo y de la temperatura del agua. Otro toque de silbato era la señal para salir y volver a la orilla. Entonces se hacia un recuento. Para los líderes, que se tenían que quedar un buen rato en el agua, los baños no eran lo más divertido, ya que tenían la responsabilidad de tener que evitar cualquier mal entre los niños. Su mirada se centraba en los niños, que se bañaban, buceaban y no paraban de gritar encantados. Se hacían numerosos recuentos para asegurar que nadie se había ahogado.

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Después del baño llegaba el momento más esperado del campamento: la comida. Aunque los pioneros se quejaban a menudo de lo repetitiva que era, en los campamentos había buenos estándares nutricionales pensados en el crecimiento de los niños. Lo más popular era los bollos y el pan, que en ocasiones se sacaban a hurtadillas de la cantina.

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Después de la comida llegaba la “hora silenciosa”, en la que todos los pioneros tenían que ir a la cama y dormir una siesta. Tras levantarse y tomar “kissel” (una bebida como de mermelada), kéfir o galletas, los renovados pioneros tenían otra nueva dosis de deporte y actividades. Sin embargo, lo mejor quedaba para el final. Después de la cena había una hoguera y se tocaba la guitarra, en ocasiones se preparaba una discoteca.

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El campamento terminaba con la “noche real”, en la que los pioneros tomaban la pasta de dientes y trataban de pintar la cara de los compañeros que estaban dormidos. Cuando llegaba la mañana casi ninguno quería volver a casa dejando atrás a los nuevos amigos, que eran como una nueva familia. Las lágrimas de despedida se acompañaban del intercambio de direcciones y de números de teléfono y de promesas de seguir en contacto. Mantener la comunicación era difícil en los días anteriores a internet, sobre todo tras volver a casa y comenzar la escuela. Sin embargo, algunos de los que se conocieron en los campamentos han seguido siendo amigos toda la vida.