Los psicópatas más sanguinarios de la Rusia zarista

La noble Daria Satykova asesinó a 38 personas

La noble Daria Satykova asesinó a 38 personas

Al igual que en otros países de Europa, en la Rusia de las Edades Media y Moderna había ejecuciones y torturas: lo principal era el castigo y el juicio sumario. De los asesinatos cuyo móvil era el simple deseo de matar no se sabe mucho. A lo largo de toda la historia de Rusia hasta mediados del siglo XX sólo se registraron cinco casos de personas que se ajustan al perfil actual de “asesino en serie”.

Por sentencia de la emperatriz

El primer asesino en serie ruso resultó ser una mujer, aunque estadísticamente hay muchas menos mujeres psicópatas que hombres. La noble Daria Saltykova, que pertenecía a un antiguo linaje de boyardos y que ha pasado a la historia con el apodo de Saltychija, fue hasta los 25 años una mujer devota que no manifestó inclinación por la violencia.

Sufrió un cambio radical con la muerte de su marido. Al cabo de unos meses, Saltykova empezó a golpear a los criados, tomándola con ellos por cualquier tontería. Sus víctimas eran sobre todo mujeres jóvenes y de mediana edad, y se mostraba especialmente cruel con las que planeaban casarse pronto.

Saltykova no era una asesina especialmente refinada: clavaba a su víctima en un leño o, tras cogerla del pelo, estampaba su cabeza contra la pared. A quienes quedaban vivas después de sufrir un escarnio que se prolongaba muchas horas las mataba de hambre o las dejaba sin ropa en medio de una helada.

Los asesinatos se sucedieron a lo largo de casi siete años. En ese periodo de tiempo los campesinos de Saltychija presentaron en ese tiempo 21 quejas, pero ninguna tuvo consecuencias. Sus relaciones con las autoridades y los sobornos a funcionarios (Saltykova poseía una fortuna enorme) contribuyeron a que no prosperaran, y la suerte que corrían los que se quejaban era siniestra: a algunos de ellos Saltychija los mataba, a otros los enviaba a trabajos forzados.

Pero en 1762 dos campesinos lograron entregar en mano una queja a la emperatriz Catalina II. A uno de esos campesinos Saltykova le mató a la mujer, a otro le asesinó a tres esposas consecutivamente.

La sentencia la pronunció la propia emperatriz. Los instructores del sumario llegaron a la conclusión de que Saltykova era culpable de la muerte de 38 personas y sospechosa de haber asesinado a 26 más. La pena de muerte por estos delitos estaba abolida en aquel tiempo, por eso a Saltykova la condenaron a un encierro de por vida, en una celda subterránea donde no penetraban los rayos de sol. En esas condiciones vivió once años en un monasterio de Moscú,  después de lo cual el régimen al que estaba sometida se suavizó. A Saltychija la instalaron en una celda con la ventana rejada a través de la cual podían verla los curiosos y hasta hablar con ella, pero su respuesta era básicamente insultar y escupir. Saltykova murió tras pasar 33 años recluida.

Hoy los psicólogos atribuyen un trastorno mental a Saltykova: una psicopatía epileptoide capaz de provocar ataques incontrolables de ira. En el hecho de que la gran mayoría de víctimas fueran jóvenes mujeres atractivas los investigadores ven indicios de una homosexualidad latente.

“¡Muerte a las bellas!”

Además de Saltychija, se conoce la existencia de otros dos asesinos en serie en la Rusia zarista y uno de ellos era más un ladrón que un psicópata. “El homicida de Tsárskoye Seló”, Konstantín Sazónov, trabajaba en el famoso liceo de esa localidad justo cuando allí estudiaba el poeta Alexander Pushkin

Nikolái Radkevich era un auténtico psicópata. De joven lo sedujo una mujer mucho mayor que poco tiempo después lo abandonó dejándole una sífilis de recuerdo. Decidió entonces que su misión en el mundo era limpiarlo de mujeres perversas.

En 1909, en Petersburgo, Radkevich mató a tres prostitutas y trató de matar a una camarera de hotel, que no se destacaba por su libertinaje, al grito de “¡Muerte a las mujeres bellas!”. A sus víctimas les asestaba numerosas puñaladas. Al propio Radkevich lo mataron unos delincuentes de camino al presidio.

El primer piscópata soviético

Después de la Revolución de 1917 la sangre en Rusia manaba a raudales. Pero incluso en este clima de violencia logró destacarse un asesino en serie. En 1921, empezaron a encontrar sacos con cadáveres en Moscú. Los cuerpos estaban atados de una manera particular: la cabeza entre las rodillas, las piernas contra el pecho, las manos a la espalda y pegadas al tronco: así ocupaban menos espacio. El desconocido asesino recibió el apodo de “El empaquetador”.

En uno de los sacos descubrieron granos de avena, por lo que concluyeron que el asesino trabajaba de cochero. Otro cadáver estaba atado con un pañal infantil: a partir de esa pista empezaron a buscar a un cochero que hubiera tenido un hijo recientemente. La búsqueda se prolongó durante más de dos años. Al final la policía dio con el apartamento de Vasili Komarov y descubrió en su armario un cadáver reciente. El asesino huyó saltando por la ventana, pero al día siguiente fue capturado.

Komarov, el Empaquetador, trabajaba de cochero, se dedicaba a hurtar y vender lo robado en el mercado. Siempre procedía de la misma manera: en el mercado conocía a un forastero, lo invitaba a su casa, le daba de beber vodka, lo distraía, pasaba por su espalda y le propinaba un martillazo letal en la cabeza. Para asegurarse de haber rematado la tarea, ahogaba a la víctima con una cuerda.

Luego la ataba y la empaquetaba. Todo el proceso, según Komarov, duraba menos de media hora. Luego rezaba toda la noche “por el descanso del alma” de su víctima. Por la mañana antes de salir a trabajar se deshacía del cadáver: abandonaba los sacos en casas que estaban vacías, los tiraba al río o los enterraba.

Durante un tiempo Komarov pudo ocultar a su mujer los asesinatos, que ocurrían en su vivienda. Al enterarse, ella reaccionó con filosofía: “Qué se le va a hacer. Habrá que acostumbrarse”. Y empezó a ausentarse de la casa con sus hijos mientras se cometían los asesinatos, por la noche rezaba por la víctima con su marido y al día siguiente le ayudaba a trasladar el cadáver.

A Komarov lo acusaron del asesinato de 29 personas. Durante la reconstrucción de los hechos en el curso de la instrucción faltó poco para que una turba no lo linchara en la calle. El juicio tuvo un gran eco mediático. A él asistió el autor de “El maestro y Margarita”, Mijaíl Bulgákov, quien escribió un ensayo sobre el caso de Komarov.

El criminal afirmaba que mataba con el ánimo de lucrarse. Se determinó que los asesinatos le procuraron menos de 30 dólares, según el cambio de aquellos años.

A Komarov y a su mujer los fusiló un “ejecutor” del NKVD (Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos) llamado Piotr Mago, que en sus años de servicio acabó con la vida de más de 10.000 personas. Aquí, probablemente, se encierre la respuesta de por qué se desconoce la existencia de otros asesinos en serie durante los años de la Guerra Civil y de todo el periodo estalinista. A las psicópatas que tenían sed de matar, las guerras y las represiones políticas les permitían saciarla por vía legal.

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