Los psicópatas más sanguinarios de la URSS

Andréi Chikatilo, el psicópata ruso más conocido. Fuente: Ria Novosti / Vladímir Viatkin

Andréi Chikatilo, el psicópata ruso más conocido. Fuente: Ria Novosti / Vladímir Viatkin

Hasta mediados del siglo XX los asesinos en serie en Rusia aparecían una vez cada varias décadas y eran un fenómeno totalmente excepcional. A partir de los años 60, su cifra fue creciendo tan rápidamente que comenzaron a considerarse como un elemento inherente a la realidad. RBTH presenta el primero de dos artículos en los que se recuerdan los crímenes que tuvieron lugar en la URSS.

Vladímir Ionesián, conocido por el mote Mosgaz (el nombre del servicio de gas de Moscú) entraba en los apartamentos vestido de técnico del gas que acudía para revisar la instalación. Con una pequeña hacha que había comprado en una tienda de material deportivo, asestaba a sus víctimas decenas de golpes.

A finales de los años 90 en Rusia se cerraban de 20 a 27 casos de asesinatos en serie al año, en 2002 se abrieron 205 expedientes y en 2003 se investigaron 350 casos. Nadie supo dar una explicación clara de esta drástica subida y la reacción fue la habitual en Rusia: la información sobre los asesinatos en serie se declaró clasificada. Probablemente por esto no existe prácticamente ningún dato concreto sobre la llamada “Banda GTA” (en honor al videojuego Grand Theft Auto), que opera actualmente en el sur de la región de Moscú y que asesina a conductores de automóviles por motivos absolutamente desconocidos.

Ionesián tenía sensibilidad artística. Trabajaba como actor en el Teatro de Comedia Musical de Oremburgo (a 1.468 kilómetros de Moscú). Allí tuvo un romance con la bailarina Alevtina Dmítrieva. Pero Dmitríeva fue expulsada del teatro por falta de talento y entonces Ionesián, abandonando a su esposa y su hijo, se dirigió con su nueva amante a Moscú. La engañó diciéndole que era un agente encubierto de la KGB, que sus contactos ayudarían a Dmítrieva a convertirse en la prima ballerina del teatro Bolshói y que, además, estaba a punto de recibir una gran herencia.

Cometió su primer asesinato en Moscú a finales de 1963. La víctima fue un niño de 12 años. Ionesián se llevó del apartamento un jersey infantil, 60 rublos (la mitad del salario mensual de un trabajador poco cualificado), un frasco de colonia y unas gafas de playa.

Ese mismo día un error salvó la vida de otro niño: cuando Ionesián llamó a la puerta, el niño respondió que su abuela se encontraba en casa, ya que no se había dado cuenta de que esta había salido.

A lo largo de varios días, Ionesián cometió varios asesinatos en Ivánovo (a unos 297 kilómetros de Moscú). En un apartamento de la ciudad su víctima volvió a ser un niño y el trofeo una chaqueta, una blusa y dos plumas estilográficas; en otro, una anciana a la que robó una linterna de bolsillo y la ridícula cantidad de 70 kopeks.

En otro apartamento violó e intentó matar a una niña de 15 años, pero esta logró sobrevivir. Tras los asesinatos de Ivánovo, el caso de Mosgaz pasó a estar controlado por el gobierno. A él empezaron a dedicarse las personas más influyentes del Estado.

Ionesián fue detenido rápidamente, en solo varias semanas. A principios del año 1964 cometió en Moscú su último asesinato, y en esta ocasión se llevó del apartamento un televisor. Por el  encontraron el aparato, identificaron el coche que se lo había llevado y llegaron hasta el apartamento en el que Ionesián vivía con Dmítrieva. La sorprendida bailarina se encontraba sola en su habitación. Esta confesó que Ionesián se había ido a Kazán y que ella debía acudir a su encuentro próximamente.

Una agente de la investigación se disfrazó de Dmítrieva y, a su encuentro con Ionesián, detuvieron a este en la misma acera sin ningún tipo de dificultad. La investigación duró poco tiempo y no se filtró a la prensa soviética. Mosgaz fue ejecutado dos semanas después de su arresto.

Mosgaz fue el primer asesino en serie soviético que se volvió conocido en todo el país. La apariencia de Ionesián ayudó a darle esta oscura fama: su aspecto caucásico, con un hacha y un gorro con orejeras atadas en la parte superior, como lo llevaban todos entonces, pero desde atrás.

Satán de los bosques

El psicópata ruso más conocido es Andréi Chikatilo. Sobre su busca y captura se rodó una película en Hollywood (Ciudadano X, 1995).

En cuanto al número de víctimas (53), Chikatilo figura por detrás de pocos asesinos del mundo, y en Rusia ocupa la primera posición, aunque otro asesino en serie, Alexander Pichushkin, conocido como el “asesino de Bitsevski”, casi logró superarlo. Tardaron 12 años en encontrar a Chikatilo. La policía y la población le dieron varios motes, uno de ellos era “Satán”.

Chikatilo mataba a niños, chicas y mujeres, a menudo mendigos y prostitutas. Pero prefería a los niños. Su víctima más joven fue un niño de siete años y la de mayor edad una vagabunda alcohólica de 44 años. El niño de mayor edad al que asesinó Chikatilo tenía 16 años.

El asesino sabía atraer a los niños, los engañaba diciendo que les iba a mostrar un cachorro, un aparato de vídeo o unos sellos. Cometía sus asesinatos principalmente en la región de Rostov, donde vivía Chikatilo, así como en otras regiones como la de Moscú.

Conocía a sus víctimas en las estaciones de tren. Muchos de sus asesinatos los cometió en las zonas de bosque que protegían las vías del ferrocarril de las nevadas. Chikatilo utilizaba un cuchillo y en los cuerpos de sus víctimas encontraban hasta 60 puñaladas. Perforaba los ojos de sus víctimas porque no podía soportar su mirada. A algunos de ellos los violaba. En algunos casos les hacía cortes y luego les mordía las orejas, los genitales y los pechos, e incluso llegó a extraer un corazón. En una ocasión, tras matar a una estudiante húngara y mutilarla, recogió algunas partes de su cuerpo envueltas en la ropa de la víctima y con todo ello se dirigió a celebrar el cumpleaños de su padre.

Chikatilo cometió su primer asesinato en 1978. En aquella ocasión asesinó a una niña de nueve años tras engañarla prometiéndole darle un chicle. Tras este asesinato permaneció tres años escondido. Más tarde los asesinatos siguieron en serie. El punto álgido fue en 1984: Chikatilo asesinó a 15 personas en un año.

Entonces fue arrestado. En su maletín descubrieron un cuchillo, un bote de vaselina, una pastilla de jabón y dos rollos de cuerda. Le sacaron sangre para analizarla, pero por un error en el laboratorio no coincidió y lo pusieron en libertad sin llevar a cabo una investigación más detallada.

En 1985 comenzó una operación especial controlada por el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, quizás la mayor operación realizada jamás por los órganos policiales soviéticos. Se registró a unas 200.000 personas, por el camino descubrieron más de mil crímenes. Mientras tanto, Chikatilo siguió asesinando, aunque se volvió más cauteloso. Tras su liberación asesinó a 21 personas. Incluso tuvo ocasión de participar en su propia búsqueda como miembro de un grupo de voluntario. La madre de una de las víctimas, que recorría las estaciones y los trenes con una fotografía de su hijo desaparecido, llegó a enseñársela al propio Chikatilo.

El 6 de noviembre asesinó cerca de las vías del tren a una prostituta y al llegar a la estación fue detenido por un agente de policía, que comprobó sus documentos y anotó su apellido. Cuando se descubrió el cuerpo, se revisaron los registros de la estación y en aquel momento un investigador recordó que ya se había detenido a un sospechoso con ese mismo apellido.

Fue sentenciado a pena de muerte, distintas personas que asistieron al proceso aseguran que si Chikatilo no hubiera sido condenado a la pena máxima, los familiares de las víctimas no habrían permitido que lo sacaran siquiera de la sala del juicio y que la seguridad de los jueces habría corrido peligro también.

Además, por sus crímenes se ejecutó a un hombre que no los había cometido. Alexander Krávchenko había sido juzgado anteriormente por la violación y el asesinato de una niña de diez años, aunque en aquel momento evitó la condena por ser menor de edad. En esta ocasión, las sospechas recayeron sobre él. La policía obtuvo la confesión de Krávchenko con métodos altamente violentos y este fue condenado a muerte.

De algún modo, la sociedad ha acabado aceptando la existencia de estos psicópatas como un hecho, es como si se rigieran por una especie de fuerza incontrolable. En este sentido, Rusia se distingue muy poco de Occidente. En ambos lugares la gente sigue tranquilamente la serie Dexter, que trata de un asesino en serie que mata por buenas causas, sin que nadie ves nada malo en ello. En Rusia se está rodando una versión de esta serie con el mismo argumento.

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