Viaje más allá de las nubes en las montañas de Altái

Aventura sin café, turistas o tecnología en montañas de Altái.

Aventura sin café, turistas o tecnología en montañas de Altái.

Anna Gruzdeva
Este lugar alejado del mundanal ruido es un santuario de la naturaleza.

Pronto por la mañana había una fea llovizna. Mis botas de montaña estaban frías y húmedas y la tienda de campaña estaba cubierta de barro y hierba, mientras que nuestros abrigos se secaban lentamente. El cielo estaba lleno de nubes grises que habían bajado lo suficiente como para esconder las cimas de las montañas. Había poca esperanza de que el día fuera seco. Recogimos nuestras cosas para caminar y salimos dispuestos a recorrer nuestra última y más larga etapa antes de la vuelta a la civilización. Era el decimocuarto día en las solemnes y severas montañas de Altái, en el sur de Siberia.

El principio del viaje: Madre Altái

"¿Hacia dónde vais?", nos preguntó preocupado el guardián del parking en el pueblo de Tyungur, el punto de partida de la mayoría de los senderos alrededor de las montañas de Altái. "No hay más de 40 turistas al año que van allí. Al menos tendréis un mapa, ¿no?"

La ruta más popular lleva a los pies del monte Beluja, la montaña más alta de Siberia (4.506 m). Su nevada cima es visible desde la carretera federal M52, también conocida como el trayecto Chuiski. De camino a la montaña se ve el río Kucherla, el paso de Karatiurek, los valles de Yarli y los Siete Lagos,  el lago Akken. Nos cruzamos con numerosos turistas.

Nuestro viaje era por lugares poco frecuentados por los turistas. Los pasos de montaña de Yoldo-Airi (2.900 m.) y Bolshói Kalagashki (3.000 m.), el área de Yelán, el río Abiak y varios glaciares. Obviamente no son lugares vírgenes, pero todavía son bastante salvajes. La región apenas tiene senderos o lugares para acampar y es comprensible por qué los locales llaman a esta zona "Madre Altái" y todavía adoran las montañas y realizan ritos chamánicos en sus cimas.

Preparamos nuestro viaje para mediados de agosto e inmediatamente nos dimos cuenta de que si Peter Jackson hubiera visitado Altái, quizá lo habría elegido para rodar El señor de los anillos.

¿Por qué demonios he venido aquí? Esta pregunta no sale de tu cabeza durante los primeros días, cuando te duelen los hombros, por llevar una mochila de 25 kg, y los pies, a causa de las botas nuevas. Se echa de menos el café por las mañanas, el agua caliente para limpiarte y demás comodidades.

Pero estos días pasan rápidamente, hasta que Altái te acepta y tú lo aceptas a él. Ahora al tumbarme en  una alfombra del musgo de la taiga me parece más suave que cualquier cama del mundo. Meto mis pies en el agua helada para tocar las piedras del fondo y las resbaladizas raíces de los árboles que se hunden bajo el agua. Subo a las rocas y disfruto haciendo trabajar a los músculos de mis piernas y brazos. El sabor del café deja de perseguirme y el trabajo, el celular y el correo electrónico se convierten en algo irreal.

El menú turístico se compone de grandes rocas en las que te rasgas las manos, rocío por las mañanas que moja tus botas, ramas de abedul que te pegan en la cara, animales salvajes que evitas con cuidado, gachas y un saco de dormir. En cualquier caso, Altái no se convierte en un obstáculo que hay que superar sino en la gran tierra siberiana en la que afortunadamente has podido andentrarte.

Segunda semana: tras las montañas, más montañas

Hemos llegado a nuestro último paso de montaña: Bolshói Kalagashki. Es una subida empinada en donde pequeñas rocas inestables se desploman y hacen que pierdas el equilibrio, y donde rezas por que las más grandes no se caigan. Cuando llegas al collado es el esperado momento de poder respirar. El viendo juega con tu pelo y el paisaje de la montaña se convierte en una imagen que quieres guardar bien en la memoria, como un viejo mural. Se disfruta una taza de té con junípero y grosellas negras.

La bajada es por una pared de 90 grados y hay que hacerlo con una cuerda. Tratas de no mirar hacia abajo, metiendo las botas en el infinito glaciar y evitando la caída. Se sube por colinas tan llenas de abedules que el necesario un machete para abrirse camino, como si fuera la jungla. Por la tarde una fogata y unos piñones, de sabor suave y agradable, son el premio antes de un buen descanso.

El Haití hay un dicho que dice: "Después de las montañas, habrá más montañas". Significa que después de 100 dificultades encontrarás otras 100. En Altái esto ocurre de manera literal; aquí cada brizna de hierba, cada grosella y cada montaña se dirigen hacia el cielo y también lo hace culaquier viajero que visite estas milenarias montañas.

Fotografías: Anna Grúzdeva

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