Cómo viven los pueblos nativos de Siberia: Nganasán

Antón Petrov
Hasta principios del siglo XX todos los pueblos nativos del norte de Siberia trashumaban por el enorme territorio de Taimyr, Yamal y Yakutia. Su hogar era la tundra, su calendario la naturaleza y sus actividades principales la caza de ciervos y la pesca.

70 años formando parte de la URSS cambiaron las costumbres y tradiciones de los pueblos nativos del norte de Siberia. Los descendientes modernos de estos pueblos nómadas ahora viven en aldeas, aunque reconocen que siguen sintiéndose gente de la tundra.

Alexéi Chunanchar forma parte de uno de los grupos étnicos más antiguos del norte de Eurasia: los nganasán. En Rusia viven menos de mil, de los cuales cien viven de la caza en la tundra. Alexéi trabaja en la Casa de Creación Tradicional de la ciudad de Dudinka como maestro tallador en hueso: a partir de un cuerno de ciervo crea esculturas de varios tamaños. A pesar de que Alexéi estudió en una universidad artística de Norilsk y de que vive en la ciudad, se siente cercano a la tundra, al folklore del norte y a la cultura de los nganasán.

A finales de junio, el verano no ha hecho más que empezar en el norte de Siberia: en la tundra, junto a los cerros más bajos, todavía se ve algo de nieve y se siente frío en las manos sin guantes.

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En esta ciudad viven 22.000 personas, entre las cuales no solo se encuentran rusos, sino también miembros de pueblos nativos: dolganos, nganasán, evenki, nénets, enets, etc. Estos intentan conservar su cultura, costumbres y tradiciones culinarias en plena civilización.

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Cazar un ciervo a los 10 años

En el trabajo y en la ciudad todos llaman al maestro Alexéi, pero su nombre nganasán es Aliu, que significa “pequeña piedra”. “Antiguamente los nganasán no daban tan pronto el nombre a sus hijos — explica Aliu— . Los padres esperaban a que el niño mostrara cuáles serían sus rasgos de carácter o peculiaridades y solo entonces le daban un nombre”. En su casa, Aliu nos enseña una fotografía en la que aparece de pequeño vestido con un traje tradicional, así como los trajes nganasán que sus hijos llevan en fiestas o representaciones.

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Aliu Chunanchar actúa en un grupo folklórico llamado Dentedie. Domina el arte del canto de la garganta y toca la guimbarda, viaja por Rusia y por el mundo y transmite su arte a sus hijos.

"Cuando en el norte todavía existían los koljós, mi padre apacentaba ciervos, tallaba figuras y construía trineos para perros — comenta Alexéi— . Desde la infancia mi padre me llevaba a cazar y a pescar, a los 10 años yo debía saber cazar un ciervo solo. Mi madre solía quedarse en casa, en el barranco, la nuestra era una casa de entramado ligero sobre trineos nganasán, llamados narty, y cubierta con pieles y lonas. Allí cosía la ropa, preparaba la comida y nos esperaba. Cuando cayó la Unión Soviética, sacrificaron a todos los ciervos. Ahora mis padres viven en la aldea Volochanka y solo pescan”.

La pesca a orillas del Yeniséi

Como sus padres, Aliu sale a pescar a menudo, especialmente en verano.

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Pero para poder pescar con un nganasán y preparar sugudái, el plato favorito de los pueblos nativos del norte, tenemos que esperar al buen tiempo varios días en Dudinka: el viento levanta grandes olas en el río y salir en la lancha es peligroso. “El Yeniséi es un río muy feroz, lo sabe todo, no hay que bromear con él, en seguida puede levantar una ola. Para los nganasán el agua es sagrada”— me dice Aliu. Cuando los dioses del norte cambiaron su ira por la misericordia, en la ciudad salió por primera vez el sol y la “Gran agua”, como llamaban antiguamente los nganasán al río, dejó de parecerles tan siniestra.

En la orilla, nuestros acompañantes comienzan a desenredar hábilmente una gran red. “Esta red es para el corégono pequeño, ahora lo pescamos en la orilla. Mi abuelo no lo pescaba con lanchas a motor, como nosotros, sino en una vetka, una barca de madera larga que hacía él mismo. Los plomos para la red también se hacían de madera” — explica Aliu.

Y efectivamente, media hora después en el suelo de nuestra lancha ya tenemos unos diez peces plateados.

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Aliu coge uno y lo destripa con gran destreza, lo limpia, lo corta en trozos grandes, lo sala, añade pimienta y cebolla tierna y nos sirve un plato de sugudái: pescado crudo, que antiguamente ni siquiera se aderezaba.

Pero antes de empezar una auténtica comida nganasán, el pescador “alimenta” a nuestra hoguera lanzando al fuego un trozo de pescado. Así muestran las gentes del norte su respeto por el fuego, al que como el agua, consideran sagrado.


"Evidentemente, poco a poco te vas acostumbrando a la ciudad. Allí todo es cómodo y accesible. Pero de todos modos yo me considero un hombre de la tundra” — comenta Aliu al final del día. Antes de emprender el camino de regreso por el río, ata una cuerda alrededor de un árbol en señal de agradecimiento a los espíritus de la naturaleza por la buena pesca y el buen tiempo.