Trump y Putin hablan lenguajes políticos distintos

Alguien debería explicar al presidente de EE UU, que en las relaciones internacionales no funciona un acercamiento directo.

Alguien debería explicar al presidente de EE UU, que en las relaciones internacionales no funciona un acercamiento directo.

Reuters
Los medios occidentales apuntan a supuestos acuerdos entre Donald Trump y Vladímir Putin, en realidad una gran incertidumbre rodea todavía la posible mejora de las relaciones y hay riesgos que siguen estando encima de la mesa.

Donald Trump sigue siendo el protagonista de las noticias en todo el mundo y una parte considerable de ellas está relacionada con Rusia. La percepción de las perspectivas para las relaciones ruso-estadounidenses con Trump oscila como un péndulo, desde las expectativas de una mejora inmediata hasta las suposiciones de que el recién elegido presidente ha escogido un enfoque más severo de sus relaciones con Moscú.

En realidad, cualquiera de estas hipótesis es igual de infundada, ya que la política avanza de un modo caótico de pruebas y errores. Trump intenta seguir estrictamente sus promesas electorales, se encuentra con obstáculos de índole política o jurídica y realiza maniobras. En cuanto a la cuestión rusa en concreto, Donald Trump ha encontrado en las élites políticas una resistencia bien organizada a la idea de estabilizar las relaciones y ha tomado la precavida decisión de ceder.

Esto no significa que el presidente de EE UU haya rechazado definitivamente sus intenciones iniciales, como tampoco significa que pretenda volver a ellas.

Lo más probable es que sus futuras acciones se definan de forma espontánea.

“Improviso bastante, más de lo que la gente cree”

Últimamente se cita a menudo una amplia entrevista para la revista Playboy que Trump dio en 1990, en la que a la pregunta sobre si seguía una táctica planeada en las negociaciones, el multimillonario responde: “Improviso bastante más de lo que la gente cree”. Su próxima reunión con Vladímir Putin (que probablemente no se celebrará hasta la asamblea del G20 en Hamburgo en julio) podría influir en la disposición personal de Trump, pero no cambiará el marco institucional en el que este actúa.

Entre Trump y sus predecesores existe una diferencia radical y una similitud importante en lo que respecta a las relaciones con Rusia. La diferencia consiste en que no está interesado en cambiar a Rusia (o a cualquier otro país), en hacerla entrar en vereda. La similitud consiste en que Rusia no es un fin en sí misma, sino un instrumento para resolver otras tareas más importantes.

Esto no sucedía en la época de la guerra fría, cuando la existencia de la URSS dictaba toda la agenda de Washington en el ámbito internacional. La caída de la Unión Soviética convirtió a Moscú, un enemigo sistemático, en una capital más. Las razones para mostrarle una mayor atención eran su arsenal nuclear y las ambiciones de convertir a Rusia en una democracia estándar.

La decepción con la idea de la democracia llegó pronto y el arsenal nuclear permaneció, pero en el resto de asuntos EE UU llevó a la práctica su propio sistema de prioridades. En los puntos donde Rusia podía resultar de utilidad para resolver tareas globales de EE UU se inició la cooperación bilateral, y en los puntos en los que Rusia suponía un obstáculo se la intentó contener y neutralizar. Pero el uso instrumental de Rusia permaneció intacto.

Para Trump, Rusia también es en sí algo secundario. Pero en su caso se trata de una cuestión mucho más profunda: el presidente entiende la política mundial en general como un instrumento para transformar las normas del comercio mundial.

Trump entiende el comercio exterior como lo hacían en el siglo XIX. Su intención es evitar por todos los medios un déficit comercial, EE UU debe tener un saldo positivo con todos los países del mundo.

Las tareas internas son prioritarias, la naturaleza y la estructura del comercio están relacionadas directamente con la resolución de estas tareas, todo lo demás es secundario.

Trump es el fruto de una época de crisis

Por un lado, esta es una época en la que los países occidentales se están alejando drásticamente de unas normas del juego económico establecidas por ellos mismos, ya que en algunos ámbitos están empezando a perder la partida.

Por otro lado, se trata de un periodo de nueva soberanía, de un aumento de la importancia de un país al que hace diez años acababan de retirar el título de perdedor en la carrera por la influencia sobre las empresas supranacionales y otros factores transfronterizos. Y Trump es un fruto paradójico de ello.

Él, como los representantes principales de su administración, rechaza la injerencia del Estado en la economía y se muestra a favor de la libertad económica y de los impuestos bajos.

Al mismo tiempo defiende un activo rol de Estado a la hora de garantizar el proteccionismo. Está a favor de que el Estado sea un agente que regule cómo trabajan los negocios y a favor de dirigirlos en la “dirección adecuada”.

¿Qué papel ocupa Moscú en este escenario? Más bien uno modesto, en la medida en la que Rusia no es uno de los mayores actores en la economía ni en el mercado internacionales, excepto en el de recursos naturales.

Aunque hay riesgo de que la situación se vuelva peligrosa. Tradicionalmente Rusia ha recurrido a los instrumentos político-militares con el objetivo de compensar las debilidades en otras esferas.

El Kremlin se toma la geopolítica de una manera muy seria y le concede mucha importancia. Lo más probable es que bajo la presidencia de Trump la geopolítica esté supeditada a la agenda económica interna. En otras palabras,  en caso de que fuera necesario Washington podría comenzar a utilizar soluciones militares y políticas para tratar de resolver cuestiones económicas.

Esta asimetría de los enfoques políticos entre Washington y Moscú, junto con el arsenal nuclear podría provocar una escalada militar que podría resultar en que ambos dejaran de utilizar el mismo lenguaje.

El potencial acuerdo con Trump, del que se ha hablado tanto en los últimos dos meses, debería tratar más sobre la posibilidad de encontrar normas de conducta adecuadas entre ambos que sobre la división del mundo en áreas de influencia.

Alguien debería explicar al presidente de EE UU, que se guía por un enfoque mercantilista, que en las relaciones internacionales no funciona un acercamiento tan directo. Una vez que ocurra esto quedará claro qué oportunidades tiene Rusia en este nuevo mundo que está surgiendo, independientemente de si Trump está cuatro u ocho años, o solo nueve meses, en el poder.

Artículo publicado originalmente en ruso en Gazeta.ru.