Por qué no hay que esperar un acuerdo entre Rusia y EE UU

El representante oficial de la Casa Blanca, Sean Spicer, durante una rueda de prensa en Washington, el 21 de febrero de 2017.

El representante oficial de la Casa Blanca, Sean Spicer, durante una rueda de prensa en Washington, el 21 de febrero de 2017.

Reuters
Las relaciones entre ambos países no se basan tanto en la figura del presidente sino en el hecho de que estos dos países poseen los mayores arsenales nucleares del planeta y son capaces de destruirse físicamente el uno al otro. Además, asistimos al nacimiento de un nuevo orden mundial en el que ya no hay grandes superpotencias.

El representante oficial de la Casa Blanca, Sean Spicer, ha vuelto a explicar las intenciones del presidente Trump respecto a Moscú. “Si puede llegar a un acuerdo con Rusia, algo que han intentado las últimas administraciones, lo hará. Y si no puede, no lo hará. Pero lo va a intentar. Y creo que su éxito como empresario y negociador debería verse como una señal optimista en este sentido”.

Las palabras clave en estas declaraciones son: “algo que han intentado las últimas administraciones”. Es decir, no se trata de nuevos enfoques, sino de que Donald Trump posee una mayor cualificación que sus antecesores y conseguirá lo que estos no consiguieron.

Esto no es nada sorprendente. Las expectativas de que Trump cambiará cualitativamente las relaciones entre Washington y Moscú tienen su origen en dos fenómenos. En primer lugar, las declaraciones positivas del aspirante y posteriormente candidato republicano sobre las cualidades de Putin como líder. En segundo lugar, la potente campaña mediática y política que acusaba a Trump de tener opiniones prorrusas y más tarde vínculos directos con el Kremlin e incluso con los servicios de inteligencia rusos.

Sea como sea, estas son circunstancias coyunturales, pero el marco estratégico ruso-estadounidense se define según una base mucho más sólida: el hecho de que estos dos países poseen los mayores arsenales nucleares del planeta y son capaces de destruirse físicamente el uno al otro.

El dictado de los arsenales nucleares

La trayectoria esencial del desarrollo de las relaciones entre Moscú y Washington no ha cambiado desde los años 50 del siglo pasado, cuando se estableció el modelo de contención nuclear, durante este tiempo se han ido alternando ciclos de carga y descarga de las tensiones.

Actualmente se está recuperando la retórica militarizada y los mecanismos de una guerra fría con el objetivo de garantizar una contención mutua.

No es casualidad el hecho de que Donald Trump haya mencionado en repetidas ocasiones los potenciales nucleares y el desarme en el contexto de Rusia. Es cierto que Trump habla más por instinto que conscientemente, pero el instinto no engaña: mientras existan los arsenales, estos dictarán el paradigma de las relaciones.

Sin embargo, utilizar este tema para una nueva ronda de actividad diplomática no será posible. Rusia ha dejado claro que no admitirá nuevas reducciones, y el propio Trump, según algunas filtraciones, ha declarado a Putin que el tratado START no es beneficioso para EE UU. Además, el último intento de reiniciar las relaciones fracasó debido a la reticencia a emprender nuevas medidas de desarme. No queda claro qué otra cuestión podría desempeñar el papel fundamental en una nueva toma de contacto.

¿Un acuerdo sin Ucrania?

De las declaraciones realizadas durante la última semana por los representantes de la administración de EE UU (sobre todo el vicepresidente Pence y el secretario de Estado, Tillerson), se desprende que Washington no planea incluir Ucrania en el acuerdo con Moscú y que la regulación del conflicto en el este de Ucrania se reserva como condición preliminar para otras negociaciones más adelante. Esto tiene su lógica. Ucrania recibe demasiada atención, esta cuestión fue el detonante del deterioro de las relaciones entre Rusia y Occidente hace tres años.

Sin embargo, si se descarta el tema de Ucrania del paquete hipotético de condiciones para el acuerdo, este podría resultar menos atractivo para Rusia. El año pasado Sam Charap y Jeremy Shapiro declararon acertadamente que la causa del fracaso de la política de Obama respecto a Rusia fue su rechazo a debatir los asuntos que para Moscú eran de vital importancia y que para Washington, aunque no fueran prioritarios, sí eran importantes desde el punto de vista ideológico.

Ante todo se trata de los procesos en el espacio postsoviético. El deseo de evitar entrar en las cuestiones más delicadas concentrándose solo en las cuestiones en las que se podía llegar a algún acuerdo, provocó la creciente irritación de Rusia.

Vuelta a la norma anterior

Trump rechaza todo lo relacionado con Obama, pero reproduce este mismo enfoque. El principio de 'cooperación selectiva' con Rusia, declarado por Condoleezza Rice nunca llegó a funcionar.

En realidad no está ocurriendo nada dramático en las relaciones entre EE UU y Rusia.  Lo que vemos es una vuelta a la norma.

La norma del periodo anterior a la perestroika, cuando los mandatarios de EE UU no trataban de hacer cambiar a Rusia. Tras la caída de la URSS este comportamiento se transformó. Tanto Bill Clinton, como George W. Bush y Barack Obama se comportaron con Rusia como si esta actuara “erróneamente” y había que hacer que rectificase. Esto carece de sentido desde el punto de vista clásico de las relaciones entre grandes potencias; es más, provoca la pérdida de confianza básica como para poder llegar a un acuerdo. Esto es precisamente lo que ocurrió.

Trump no tiene la intención de cambiar ni el mundo, ni países concretos. Por eso sus intenciones serán más comprensibles para el Kremlin que las de cualquier otro inquilino de la Casa Blanca desde los años 90.  Aunque, ¿habrá un diálogo que permita alcanzar acuerdos? Durante el periodo de la Guerra Fría la URSS y los EE UU no establecieron ningún acuerdo, aunque ambos eran superpotencias con una fuerza comparable. Entonces se trataba de mantener el equilibrio que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial y se cimentó bajo la amenaza de una posible destrucción mutua.

En teoría podría pensarse que con Trump podría ocurrir algo similar. A fin de cuentas su administración se compone de hombres (funcionarios, militares y representantes de grades y agresivos negocios), cuya psicología admite una escalada hasta llegar casi al límite.

Sin embargo, el contexto internacional es cualitativamente diferente.

Más que a las relaciones de Trump con Rusia, lo que hay que observar atentamente es la evolución de la propia visión de EE UU respecto al mundo y cómo este país comprende su papel internacional.  Está comenzando a surgir un nuevo orden mundial y la postura de EE UU determinará en gran medida el margen de maniobra de otros actores, es decir, lo que será posible y por lo que uno podrá (o no) luchar.

Especular sobre nuevos acuerdo, y más sobre 'nuevas Yaltas' y otros esquemas de división del mundo, no solo no tiene sentido sino que es nocivo.

Si miramos con perspectiva histórica - no solo al siglo pasado-, vemos que la época de las superpotencias se está convirtiendo en algo del pasado, y también en la norma de las relaciones internacionales.

Artículo publicado en ruso en Gazeta.ru

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