Operación Avance: Cómo los marinos soviéticos salvaron a dos ballenas en EE UU en 1988

Historia
MARÍA ALEXÁNDROVA
Hace 35 años en Alaska tuvo lugar un ejemplo extraordinario de cooperación entre la URSS y EE UU. Los marinos de ambos países consiguieron rescatar a dos ballenas grises atrapadas en el hielo. La operación frente a las costas de Alaska duró tres semanas.

Hace 30 años, se llevó a cabo la operación Avance que permitió liberar a las ballenas grises atrapadas en el hielo cerca de Cabo Barrow, Alaska. Los acontecimientos fueron ampliamente difundidos en los medios de comunicación y se convirtieron en un ejemplo de cooperación transnacional fructífera.

Todo empezó el 7 de octubre de 1988, cuando el cazador esquimal Roy Ahmaogak descubrió accidentalmente a los animales atrapados en una polinia (un espacio abierto de agua rodeado de hielo marino). Durante aproximadamente una hora, los observó atentamente: las ballenas tenían dificultades para respirar con normalidad en su “piscina”. Las ballenas no podían liberarse de las gruesas capas de hielo y podrían haber sufrido una muerte dolorosa...

El hombre recurrió a la ayuda de sus vecinos de la aldea Iñupiat, pero ni siquiera uniendo sus esfuerzos pudieron resolver el problema. Intentaron utilizar pompas para evitar que el espesor del hielo volviera a formarse de la noche a la mañana. Aunque no consiguieron romper el hielo, al menos protegieron el agujero de hielo de una mayor congelación, según cuenta Gazeta.ru.

¿Rescatar o no rescatar?

Los animales recibieron nombres esquimales: Putu, Siku y Kanik. La razón por la que quedaron atrapados en el hielo cerca de Barrow sigue siendo un misterio. Los científicos especulan que las ballenas se separaron de la manada y se dirigieron al este en busca de alimentos. Entregadas a la caza, no captaron las señales de los cabecillas de que avanzaban hacia México. Según destaca el diario ruso Gazeta.ru, los biólogos afirman que cada otoño mueren varias ballenas en circunstancias similares. De hecho, Jim Harvey, del Laboratorio Nacional de Mamíferos Marinos, calificó esa mortalidad de selección natural y explicó que, desde un punto de vista biológico, no tenía sentido rescatar a los animales.

El hecho es que después de la operación, hubo científicos que criticaron duramente la iniciativa del rescate, señalando su elevado coste: más de 5 millones de dólares.

El biólogo local Geoff Carroll no tardó en preocuparse por la suerte de los mamíferos. Mantenía la esperanza de salvar a las ballenas por su cuenta, pero el destino quiso que las temperaturas cayeran en picado hasta alcanzar mínimos históricos para el mes de octubre. La escarcha amenazaba con tapar el agujero que todavía había en el hielo y, sencillamente, ahogar a las ballenas. A medida que pasaban los días, no había signos de que la situación mejorase. Entonces Carroll dio la voz de alarma e hizo todo lo posible para que el mayor número posible de personas se enterara del desastre.

La situación en el mar de Beaufort llamó la atención de los periodistas. Las ballenas atrapadas se convirtieron en protagonistas de la televisión. El equipo de Greenpeace, al que se pidió un comentario, se limitó a levantar las manos, quejándose de que no disponían del equipo necesario. La activista Cindy Lowery, de Greenpeace, propuso atraer a las ballenas con cantos. Estaba convencida de que los animales atravesarían solos la masa de hielo y se adentrarían en el mar.

Al noveno día del descubrimiento de Ahmaogak, las ballenas empezaron a mostrar signos de estrés. Al mismo tiempo se celebró una reunión de capitanes de goletas balleneras esquimales. Varios cazadores propusieron disparar a los animales y acabar así con su sufrimiento. Sin embargo, esta postura radical no obtuvo muchos votos a favor.

Las autoridades estadounidenses se pronunciaron a favor de la salvación de los habitantes del océano. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica envió cetólogos al lugar del accidente. El oficial Ron Morris, del Servicio Nacional de Pesca Marina, quedó a cargo de la operación de rescate. Durante varios días intentaron sin éxito llevar una barcaza a la “piscina”. Al final, la idea resultó inútil. Tampoco se llevó a la práctica la propuesta de utilizar explosivos. La captura de las ballenas en una red y su traslado en helicóptero fracasaron.

Las ballenas intentaron escapar por su cuenta y, obviamente, tenían miedo de la gente (además de los rescatadores, había multitud de periodistas de guardia las 24 horas del día cerca del agujero de hielo). El agua que las rodeaba estaba manchada con su sangre. Para intentar tomar aire, daban golpes con la nariz hasta que se veían los huesos, destacaban los testigos del desastre.

El más joven de los animales, Kanik, de nueve meses fue el primero en perder fuerzas. Empezó a resollar y murió el 21 de octubre por falta de oxígeno y, como sugirieron los veterinarios, de neumonía. 

Los soviéticos vinieron a ayudar

Sólo entonces el Departamento de Estado de EE UU pidió ayuda a los barcos soviéticos cercanos: el rompehielos Almirante Mákarov (el barco construido en 1975 sigue en servicio y aún hoy participa en operaciones de rescate) y el buque de suministros Vladímir Arséniev. Políticamente, la llamada de socorro a la URSS se complicó por la compleja historia de la relación entre los marineros soviéticos y Greenpeace: cinco años antes, activistas de Greenpeace, que protestaban por la matanza de ballenas, habían invadido y habían sido detenidos en una estación siberiana.

Sin embargo, el Almirante Makárov y el Vladímir Arséniev respondieron y acudieron al lugar del accidente el 24 de octubre. Embistieron el hielo durante todo el día y luego permitieron a los periodistas estadounidenses subir a bordo del rompehielos.

El 26 de octubre, por fin se formó un paso en la cresta de hielo. Los miembros de la operación Avance se prepararon para celebrar la victoria, pero las ballenas se negaron a nadar mar adentro por miedo a los fragmentos de hielo a la deriva. Entonces el oficial Morris pidió a la tripulación del Vladímir Arséniev, que estaba a punto de abandonar el lugar, que despejara y ensanchara la “carretera de la vida”. Al final, las ballenas salieron por el canal abierto para ellas. Esa fue la opinión de los rescatadores, que no encontraron a Putu y Sika en el agujero de hielo ni cerca durante la vigilancia con helicóptero.

“El barco atravesó el hielo hasta la entrada de la laguna, pero no pudo ir más allá porque la profundidad se hizo crítica: 6-7 metros y el calado del rompehielos era de 10 metros. Era el turno del Vladímir Arséniev”, declaró Nikolái Shatalinel hidrólogo del Almirante Makárov.

Prácticamente raspando el fondo con la tripa, el Arséniev machacó el hielo del estrecho, despejando el paso al canal, que estaban abriendo los estadounidenses.

En 2012 se estrenó en todo el mundo la película Una aventura extraordinaria, basada en los sucesos del Cabo Barrow. Aunque, según Vladímir Moroz, primer oficial del Almirante Makárov en 1988, hay muchos estereotipos en esta película, como, por ejemplo, la imagen de los marineros rusos bebiendo vodka en el puente de mando, pero dice que no se ofende, ya que lo más importante era difundir esta extraordinaria historia por todo el mundo.

“Ya íbamos de regreso a Vladivostok con dos barcos. Y entonces recibimos un radiograma, firmado por Gorbachov, de que se necesitaba ayuda para tres ballenas atrapadas en el hielo frente a la costa de Alaska. Una familia de ballenas con una cría habían quedado atrapados en el hielo cerca del Cabo Barrow y no pudieron salir debido a que el hielo empezó a moverse antes del tiempo. Cuando nos proporcionaron un mapa, nos dimos cuenta de que la tarea era mucho más difícil de lo que parecía. Podríamos haber encallado fácilmente y quedarnos invernando en el hielo.

La película nos muestra atravesando el hielo en tres intentos, mientras que en realidad nos llevó cinco días.

Tuvimos mucha ayuda de los lugareños, que con motosierras hicieron 700 agujeros en pocos días para conectar la trampa, donde estaban atrapadas las ballenas, con el agua grande. Y sólo entonces todo funcionó”, contó Vladímir Moroz.

En 1989, el estadounidense Timothy Duggan regaló a Vladivostok un monumento con tres ballenas emergiendo del agua. Ocho años después, el deteriorado monumento de madera fue sustituido por una réplica de bronce.

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