¿Qué planeaban hacer los soviéticos cuando los nazis entrasen en Moscú en 1941?

Oleg Knorring/Sputnik
La capital habría sido trasladada a otra ciudad y el metro demolido.

A mediados de octubre de 1941, las tropas nazis se acercaban rápidamente a Moscú. De hecho, las ciudades soviéticas que rodeaban la capital iban cayendo, una a una, en manos del enemigo. Los alemanes podían entrar en Moscú en cualquier momento.

Así que, el 15 de octubre de 1941, Stalin (conocido por su propensión a levantarse tarde y trabajar hasta altas horas de la noche) se dirigió a sus colaboradores del Politburó a las 9 de la mañana. Les ordenó que organizaran la evacuación de la ciudad y abandonaran la capital la tarde de ese mismo día.

La nueva capital

La ciudad de Kúibishev (actual Samara) iba a ser su destino. Situada a 700 millas (1.100 kilómetros) al este de Moscú, Kúibishev era una elección natural para ejercer el papel de la nueva capital de la URSS por varias razones.

Un equipo antiaéreo cerca del Parque Gorki en Moscú, 1941.

La relativa proximidad a Moscú facilitó la evacuación de la capital. Los organismos estatales, las fábricas y las instituciones administrativas vitales para el funcionamiento de la URSS no tardaron demasiado en organizarse y reanudar su trabajo en el nuevo lugar.

Además, Kúibishev estaba relativamente bien protegida por un gran grupo de tropas estacionadas allí. El cuartel general del distrito militar soviético del Volga ya tenía su sede en la ciudad. Era conocida como centro industrial de la URSS que albergaba fábricas, aeródromos y un centro ferroviario vital.

En la fatídica mañana del 15 de octubre de 1941, el Comité de Defensa del Estado soviético, encabezado por Stalin, aprobó la resolución ultrasecreta nº 801. En ella se prescribía que el Estado Mayor y el Comisariado Popular de Defensa, el Comisariado Popular de la Marina, el cuerpo diplomático, el Presidium del Soviet Supremo y el Consejo de Comisarios del Pueblo de la URSS se trasladaran a Kúibishev, con efecto inmediato.

Stalin, que consideraba que podría tener que abandonar pronto Moscú, decidió quedarse un día más en la capital. Sus colaboradores más cercanos, Beria, Mikoyan y Kosiguin, también se quedaron en Moscú.

Stalin se dirige a los participantes del desfile militar en Moscú el 7 de noviembre de 1941.

El jefe del NKVD, Lavrenti Beria, recibió la orden de supervisar la colocación de explosivos y la demolición de fábricas, almacenes, instituciones e infraestructuras vitales (incluido el metro de Moscú) que serían imposible evacuar a la nueva capital a tiempo

La instalación de cargas de demolición en la infraestructura estratégica de la capital envió un claro mensaje a los ansiosos residentes de Moscú: los dirigentes soviéticos se estaban preparando para abandonar la capital y dejar a millones de personas a merced de los nazis.

Pánico en Moscú

Los rumores sobre la evacuación de la capital se extendieron rápidamente, a pesar del secretismo de la decisión tomada. Cuando la mañana del 16 de octubre de 1941 el metro no abrió por primera vez en su historia, mientras se preparaba para su demolición total, se dispararon los rumores de que la capital de la URSS podría acabar cayendo en manos de los nazis. Pronto cundió el pánico.

Mucha gente abandonó sus obligaciones y propiedades y corrió a las estaciones de tren con la esperanza de abandonar la ciudad antes de que llegaran las tropas enemigas. El caos se extendió por toda la ciudad.

Leo Larski, testigo de los acontecimientos, describió más tarde un episodio de la precipitada evacuación: “A las tres de la tarde había un atasco en el puente. En lugar de empujar fuera del puente los camiones varados y eliminar así el embotellamiento, todo el mundo se apresuró a intentar hacerse con una plaza en ellos. Los que estaban sentados en los camiones golpearon desesperadamente a los atacantes con sus maletas. Los atacantes se subieron unos encima de otros, irrumpieron en los camiones y arrojaron a los que los defendían como sacos de patatas. Pero, en cuanto los invasores se sentaban, en cuanto los vehículos intentaban avanzar, la siguiente oleada se abalanzaba sobre ellos”.

El miedo y el pánico se apoderaron de la capital. Muchos trabajadores se presentaron en sus lugares de trabajo esperando el pago de sus salarios, pero se encontraron con que la dirección se había marchado antes. Enfadados y abandonados, algunos residentes recurrieron a la violencia y al saqueo.

“Hay peleas en las colas, las ancianas son estranguladas, los jóvenes saquean y los policías se limitan a fumar mientras permanecen en las aceras durante dos o cuatro horas: ‘No tenemos instrucciones’”, escribió el periodista soviético Nikolaí Verzhbitski sobre el pánico en Moscú aquel día.

Barricadas en las calles de Moscú.

Fueron necesarias medidas radicales para que Moscú volviera a la normalidad. El 19 de octubre de 1941 (después de tres días de caos y pánico en la capital) Stalin promulgó un decreto por el que se instauraba el estado de sitio en Moscú, que prohibía la circulación de coches y personas sin permisos especiales durante la noche y autorizaba a la policía a disparar a los “provocadores” en se les viera.

La decisión personal de Stalin de permanecer en el Moscú asediado pudo contribuir a calmar a los residentes, ya que muchos tomaron este hecho como una señal de que el Ejército Rojo defendería la ciudad a toda costa.

Gracias a los esfuerzos del Ejército Rojo y a los habitantes de la ciudad que no se marcharon ni recurrieron a la violencia y al pánico, los nazis no lograron capturar Moscú ni destruir las fuerzas armadas soviéticas en el invierno de 1941. Finalmente, la Alemania nazi se enfrentó al panorama de una guerra prolongada contra la URSS.

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