Cuando unos científicos soviéticos estuvieron, casi un año, a la deriva sobre una placa de hielo

Piotr Shirshov, Ernst Krenkel, Iván Papanin, Evgueni Fiódorov
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Piotr Shirshov, Ernst Krenkel, Iván Papanin, Evgueni Fiódorov Copyright

МАММ/МDF/russiainphoto.ru
Fueron los primeros en el mundo en intentar una misión tan deliberada y desafiante de la muerte.

La fecha del 6 de junio de 1937 supone un hito importante en la historia de la exploración del Ártico. Aquel día, los científicos soviéticos inauguraron oficialmente la primera estación de investigación polar a la deriva del mundo, la ‘Polo Norte-1’.

Iván Papanin, Ernst Krenkel, Piotr Shirshov, Evgueni Fiodorov

Los cuatro miembros de la expedición y su perro Veseli (“Alegre”, en español) se convirtieron en habitantes temporales de un enorme témpano de hielo con una superficie de tres por cinco kilómetros y algo más de tres metros de espesor. Su plan era llevar a cabo una investigación mientras el témpano de hielo se desplazaba en dirección sur, hacia Groenlandia.

En la década de 1930, la exploración del duro medio ambiente del Ártico era mucho más complicada y peligrosa que en la era de los rompehielos nucleares. La estación de deriva fue diseñada para realizar investigaciones casi todo el año, algo que habría sido imposible por cualquier otro medio. A los científicos de la Polo Norte-1 se les encomendó la tarea de realizar observaciones meteorológicas, recopilar datos hidrometeorológicos, hidrobiológicos y geofísicos, medir la profundidad del océano a lo largo de la ruta del témpano de hielo y tomar muestras del del fondo. Además, se les instruyó para que suministraran comunicaciones de radio e informes meteorológicos a Valeri Chkálov y a la tripulación durante el primer vuelo sin escalas de este último desde la URSS a los EE UU, en el que estos sobrevolaron el Polo Norte.

Para estar realizar la misión con seguridad, la estación recibió alimentos para 700 días. Nadie esperaba que la expedición durara tanto tiempo, pero los exploradores eran conscientes de que parte de ella se echaría a perder, y tenían razón. “Trajimos 150 kilogramos de albóndigas desde el continente”, escribió Iván Papanin, jefe de la Polo Norte-1, en sus memorias “Hielo y Fuego”. “Estaban congeladas, pero durante el largo viaje y la primavera se volvieron papilla y olían horrible. Tuve que tirarlas y usar carne de cerdo y de vaca en su lugar. Hubo más malas noticias en el polo: los filetes de lomo, preparados con cariño por los mejores chefs también quedaron incomestibles.” Los exploradores trataron de hacerse con una liebre de mar o con algún miembro de una familia de osos polares que visitaron unos días el témpano de hielo, pero sin éxito.

Los exploradores polares se alojaron en una tienda de lona de casi cuatro por cuatro metros, aislada con dos capas de edredón. Y sabiendo qué tipos de nieve sirven mejor como materiales de construcción, se hicieron un “palacio de nieve”. Para su trabajo de investigación, estaban equipados con carpas especiales de goma, dos botes clíper, dos kayaks y trineos ligeros.

La estación se desplazó hacia el sur a toda marcha, a unos 32 kilómetros al día. “El témpano de hielo nos obligó a un trabajo duro y continuo. Durante las primeras semanas, estábamos tan cansados que a veces ni siquiera podía coger el lápiz para hacer una anotación en el diario”, recordó Papanin.

El verano ártico, con unos pocos grados sobre cero, lluvias y tormentas de nieve, separó completamente la estación del continente. Resultó imposible que un avión pudiera aterrizar en el témpano, que quedó cubierto de agua helada y profunda. “Hay tantas lagunas en el hielo que deberían recibir sus propios nombres... Fui a ver toda el agua que corría sobre nuestro témpano de hielo. Incluso había una cascada en un lugar. Si te caías por ella, no había forma de volver a salir.”

Además de los informes científicos, el operador de la estación de radio Ernst Krenkel emitió una serie de reportajes para la prensa soviética sobre la vida a bordo de la expedición más increíble del mundo. Durante estos populares maratones radiofónicos, se puso en contacto con un radioaficionado del sur de Australia y con un marinero de las islas hawaianas, que también seguían de cerca las pruebas y tribulaciones de los exploradores polares.

En septiembre, el invierno ártico que se aproximaba se hizo sentir. El sol se hundió cada vez más bajo, cubriéndolo todo con un crepúsculo casi permanente; la temperatura ya no subió por encima de cero y se produjeron fuertes nevadas. “El viento era tan fuerte, que te hacía caer de pie. Era imposible salir de la tienda para tomar un poco de aire fresco. Dentro, el ambiente estaba a la vez muy congestionado y frío. La cabeza me daba vueltas”, recordó Papanin.

A medida que se movía hacia el sur, hacia el Mar de Groenlandia, el témpano de hielo comenzó a agrietarse y se desprendieron algunos fragmentos. Los exploradores escuchaban con temor por la noche mientras el suelo se abría literalmente debajo de ellos. “Estamos rodeados de grietas y grandes canales. Si el témpano se desmorona  durante una ventisca, será difícil escapar... Los trineos y kayaks están cubiertos de nieve. Es impensable llegar a las bases de la comida...” Papanin anotó en su diario el 29 de enero.

Después de una tormenta de casi una semana a principios de febrero, el hielo debajo de la estación se desgarró grietas de 1,5-5 metros de ancho. El almacén de servicios públicos se inundó, el depósito de mantenimiento quedó aislado y apareció una grieta directamente debajo de la carpa. “Nos mudaremos a la casa de nieve. Informaré de las coordenadas más tarde hoy; si se pierde la comunicación, no os preocupeis", informó el operador de radio al continente.

El 19 de febrero de 1938, a unas pocas docenas de kilómetros de la costa de Groenlandia, dos rompehielos soviéticos, el Taimir y Murman, rescataron a los científicos de lo que quedaba de la otrora enorme isla de hielo. La primera estación polar a la deriva del mundo estaba ahora situada en la cima de un pequeño témpano de hielo de 300 metros de largo y 200 metros de ancho.

En el curso de 274 días, los exploradores polares habían recorrido a la deriva sobre el témpano de hielo más de 2.400 kilómetros. Recibidos como héroes en su país, pronto fueron reconocidos oficialmente como tales. Por su destacada hazaña en el campo de la exploración del Ártico, el jefe de la estación Iván Papanin, el meteorólogo y geofísico Evgueni Fedórov, el operador de radio Ernst Krenkel y el hidrobiólogo y oceanógrafo Piotr Shirshov recibieron el título de Héroe de la Unión Soviética. A la primera estación a la deriva Polo Norte-1 le siguieron otras 30 expediciones soviéticas de este tipo. Y la Rusia actual sigue organizándolas regularmente.

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