Las 3 personas más caritativas de la historia rusa

‘Una buena acción vive dos siglos’, dice un proverbio ruso. En el caso de los actos de algunas personas, podría ser incluso mucho más.

1. Fiódor Rtíshchev

Este noble de mediados del siglo XVII fue consejero del zar Alejo I y está considerado el fundador de las obras caritativas en Rusia. Rtíshchev estableció una serie de hospitales y refugios en la capital y en las ciudades regionales, usando su propio dinero, así como el de sus amigos.

Inspiradas por su ejemplo, las autoridades comenzaron a abrir sus propios hospitales y refugios. El Estado también empujó a la Iglesia hacia esta actividad. En palabras del historiador ruso del siglo XIX, Vasili Kliuchevski, Rtíshchev “mostró mediante un buen ejemplo cómo es posible conectar la caridad privada con el Estado y construir un sistema estable de organizaciones filantrópicas sobre un sentimiento de compasión personal. La ayuda a los necesitados era una aspiración constante de su corazón. La percepción de sí mismo y la de los demás hizo que esta aspiración tuviera un carácter de deber moral, responsable pero modesto”.

Se cree que cuando hubo una hambruna en la ciudad de Vólogda (500 km al norte de Moscú), Rtíshchev vendió muchas de sus propiedades y parte de su ropa para ayudar a los afectados por el desastre. También regaló parte de sus tierras a otra ciudad rusa que necesitaba recursos para desarrollarse. Rtíshchev era famoso por ayudar a los prisioneros de guerra. Solía rescatarlos del cautiverio turco con su propio dinero. Lo que era aún más notable es que mucho antes de que la Cruz Roja ayudó no solo a los prisioneros rusos sino también a los polacos. Se ofrecía a colaborar para que salieran del campo de batalla y los asistía cuando estaban en prisión.

Rtíshchev también contribuyó a nivel educativo, ya que creó un monasterio con escuela en la que había monjes formados. Esta escuela se convirtió más tarde en la Academia Latina Griega Eslava, el primer centro de enseñanza superior de Rusia.

2. Emperatriz María

La esposa del zar Pablo I, la emperatriz María Fiódorovna, se hizo famosa por sus esfuerzos caritativos. A finales del siglo XVIII dirigió varias organizaciones benéficas, que acabaron unidas. Después de su muerte tomaron el nombre de Oficina de las Instituciones de la emperatriz María.

La emperatriz consiguió recaudar muchos fondos para las instituciones bajo su administración. También reformó los orfanatos de Moscú y San Petersburgo. Eran conocidos por sus altas tasas de mortalidad y, a menudo, se les llamaba “fábricas de ángeles”. María limitó a 500 el número de niños en cada orfanato, mientras que el resto fueron enviados a familias confiables de campesinos, en un sistema administrado por el Estado. Se cree que la mortalidad infantil disminuyó gracias a ella.

Creó una serie de colegios para niñas en todo el país en un momento en que la educación de las mujeres no se consideraba una prioridad. Cerca del final de su vida fundó talleres que más tarde se llegaron a convertirse en la universidad técnica más antigua y más grande de Rusia: la Escuela Bauman. También organizó escuelas para discapacitados físicos, las primeras del país.

Parecía tener mucho carácter y cada día empezaba con una ducha fría, una oración y un café fuerte. El resto del día lo dedicaba a los que estaban bajo su cuidado. “No ha habido persona alguna en la historia que pueda compararse con la difunta emperatriz. ... Ella es un ejemplo impresionante de humildad mental para todo el mundo”, escribió más tarde Alexánder Pushkin, uno de los más grandes poetas rusos.

3. Anna Adler

No es exagerado decir que Anna Adler dedicó toda su vida al trabajo educativo y caritativo. A finales del siglo XIX, cuando se produjo una terrible hambruna, ella ayudó a la gente y además, también participó en la apertura de nuevas bibliotecas públicas. Sin embargo, el principal objetivo de sus esfuerzos fueron las personas con discapacidad visual.

Ayudó a establecer en Rusia la primera imprenta que produjo literatura para ciegos, usando braille. Ella había acumulado experiencia durante sus viajes a los países europeos. En 1885 imprimió el primer libro en braille en Rusia. Los periódicos de San Petersburgo compararon sus logros con los de Gutenberg, que había inventado la imprenta. Una revista alemana la llamó “tipógrafa por la gracia de Dios”.

También elaboró una serie de guías de estudio para ciegos y consiguió transformar la notación musical en un formato legible para personas sin visión. A principios de la década de 1920, poco antes de su muerte, participó en la fundación de la Asociación de Ciegos de Rusia.

Así ayuda a cumplir los sueños de los enfermos de cáncer un programa de televisión.

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