Cuando los Kennedy adoptaron un cachorro de Strelka, la perra espacial soviética

Robert Knudsen. White House Photographs. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston
A pesar de la tensión que había en la Guerra Fría y de lo dura que era la carrera espacial, los enemigos se unieron por su amor a los perros. Un buen ejemplo de ello es la historia de Pushinka, cachorro de la perrita espacial Strelka, que acabó en la Casa Blanca.

John Kennedy escribió una carta a Nikita Jrsuchov en junio de 1961 que decía: “Estimado Secretario General... la señora Kennedy y yo estamos especialmente agradecidos por Pushinka. Su vuelo desde la URSS a EE UU no fue tan dramático como el viaje de su madre, aunque sí que fue un viaje largo, lo soportó bien".

Perros callejeros espaciales

La madre de Pushinka era Strelka, la famosa perra cosmonauta, que junto con su colega Belka voló hasta la órbita terrestre en 1960. Belka y Strelka se convirtieron en las primeras criaturas vivientes en viajar con éxito al espacio y volver. Tras su periplo espacial se convirtieron en héroes nacionales de la URSS.

Belka y Strelka.

Ambas eran perritas callejeras. “Su vida no había sido fácil. Habían pasado hambre y frío y para ellas era natural tener que adaptarse a circunstancias cambiantes”, explica Adilia Kotovskaya, científica que trabajó con las perras espaciales. Tras su sorprendente viaje volvieron a ser perritas normales. Strelka dio a luz a seis cachorros y uno de ellos se lo regalaron a Kennedy.

Pushinka va a Washington

Caroline Kennedy, la hija de JFK y embajadora de EE UU en Japón entre 2013 y 1017, recuerda que fue su madre la responsable de que todo ocurriera, aunque no lo hizo a propósito. “Estaba sentada junto a Jruschov en una cena de Estado en Vienna... Cuando se quedó sin temas para hablar, mi madre preguntó acerca de los cachorros de Strelka”, declaró Caroline Kennedy a la BBC.

Pushinka llegó a la casa cuando tenía ocho meses.

Varios meses después, Jruschov, que podía ser una persona muy generosa, envió uno de los cachorros a la Casa Blanca. Después de todo, Pushinka era completamente blanca y mullida (que es lo que su nombre significa en ruso).

“Era algo especial, como si estuvieran transportando un príncipe”, recuerda Kotovskaia el envío de Pushinka desde el laboratorio a la embajada de EE UU. Una gran delegación soviético-estadounidense tomó secretamente a la perrita y la llevó a EE UU. ¡Era una cuestión de Estado!

La rusa conoce a los Kennedy

A los Kennedy les encantaban los perros y Pushinka se unió a los otros cuatro que ya tenían: Wolf, Clipper, Charlie y Shannon. Como descendiente de perros callejeros, no tenía problemas de lenguaje y fue muy querida por la familia presidencial, sobre todo por los niños.

Traphes L. Bryant, empleado de la Casa Blanca que en ocasiones se ocupaba de los perros, recuerda la llegada de Pushinka: “John dijo, 'Bryant, vamos a lleva a Pushinka al cuarto de papá'. Dije: 'John, tú puedes, pero yo no' (ya que el presidente estaba en su habitación privada). Entonces John la llevó a su cuarto”. Así fue como la perrita conoció al presidente casi nada más llegar.

Hay otra divertida historia sobre Caroline, que tenía cuatro años cuando conoció a Pushinka. La primera vez que la niña se acercó al cachorro, este gruñió. “En vez de retraerse, Caroline se colocó detrás del perro y le dio una ligera patada por detrás”, escribe David Heymann, autor de El legado estadounidense: la historia de John y Caroline Kennedy. Cuando informaron a JFK sobre el incidente, se rió y comentó: “Eso se lo está dando a los malditos rusos”.

Felices para siempre

Pushinka vivió alegremente en la Casa Blanca. A pesar del pequeño incidente inicial, a Caroline le gustaba especialmente. Según Bryan, en una ocasión le dijo que no le diera cacahuetes al perro. La coexistencia pacífica de las dos superpotencias era algo real, al menos para este perro.

Otra de las mascotas presidenciales, un perro llamado Charlie, también mostró interés en Pushinka. Tuvieron cuatro cachorros a los que JFK llamaba “pupniks” (“puppy”+ “sputnik”). “El presidente me lanzaba preguntas del tipo: ¿Cuánto tiempo tendrán los cachorros sus ojos cerrados?¿Cuándo tomarán comida solida?¿Tendrán pelo largo o corto?”, recuerda Bryant.

Pushinka con sus cuatro cachorros.

Cuando se supo en EE UU que dos perros del presidente habían tenido cachorros, unas 5.000 personas escribieron a la Casa Blanca pidiendo uno. Dos de ellos se los entregaron a dos niños que vivían en el Medio Oeste, mientras que otros dos fueron para amigos personales de los Kennedy. Así, incluso todavía hoy, tiempo después de que Jruschov y Kennedy hayan desaparecido, los descendientes del perro espacial soviético corretean por algún lugar de EE UU.

Los animales fueron clave en los inicios de la carrera espacial. Aquí escribimos un texto homenaje a estos pioneros del espacio. 

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