La saga de la KGB: Putin y el caso Litvinienko

Numerosos analistas y periodistas occidentales no paran de repetir que los servicios secretos controlan Rusia y apelan al pasado de Putin en la KGB como prueba irrefutable. ¿Hasta qué punto se trata de un mito que beneficia tanto a Putin como a sus críticos? ¿Está Rusia controlada por los servicios secretos?

La publicación la semana pasada de un informe británico acerca del asesinato de Alexander Litvinenko atrajo la atención de medios en todo el mundo. La causa principal se debió a que señalaba a Putin como responsable del envenenamiento del exagente del FSB.

Esta acusación no es ni nueva, ni supone ninguna sorpresa. Poco después de la muerte de Litvinenko no faltaron dedos hacia el presidente. La novedad radica en que ahora hay un documento oficial preparado por el parlamente británico que apunta en esa dirección.

El Gobierno británico se encuentra ante un dilema político-moral: David Cameron tiene que reaccionar al informe del juez Robert Owen, pero tampoco quiere romper del todo las relaciones con Moscú, ya que su papel es clave en la resolución de la crisis siria.

La vuelta del caso Litvinenko al discurso público recuerda a todos que Rusia está dirigida por un antiguo agente de la KGB y exdirector del FSB; un hombre que formó su visión del mundo en una de las agencias de inteligencia más ominosas y poderosas del mundo.

Políticos y periodistas occidentales han repetido en numerosas ocasiones que Putin llega a anteponer los intereses de los servicios de inteligencia a los intereses nacionales. Muchos analistas declaran que el poder en Rusia se encuentra en manos de un grupo de "halcones" cercanos al presidente Putin que comenzaron su carrera en la KGB y han terminado ocupando importantes posiciones en el Gobierno. Este grupo sería responsable de la línea de la política exterior que comenzó en 2014, con la vuelta de Crimea a Rusia, el apoyo a los separatistas en el Este de Ucrania y la operación militar en Siria.

La idea de que la KGB era la única institución política eficiente en los últimos años de la URSS es muy popular. Los antiguos chequistas, bajo el nuevo nombre del FSB, habrían preservado sus tradiciones y su espíritu como cuerpo, y en el año 2000 consiguieron que uno de sus miembros llegase a presidente de Rusia. Desde entonces sus posiciones no han hecho más que fortalecerse; han acabado con los "enemigos internos" y han renovado la política exterior de Rusia, apoyándose e una fuerzas armadas revitalizadas y en el potencial nuclear.

Según esta interpretación, la KGB/FSB aparece casi como el salvador del Estado ruso y la única estructura capaz de resistir a las presiones de las fuerzas extranjeras. Así que no sorprende que haya políticos rusos que se jactan en ocasiones de su pasado en los servicios secretos,  y del código de honor que han mantenido durante su carrera política.

El propio Putin alimenta activamente el mito de ser una especie de "noble caballero", un oficial de inteligencia sobre el que recae la responsabilidad de preservar y fortalecer la gran e indivisible Rusia.

Fuera de este mito de creación que pertenece al ámbito ideológico, la realidad es más cruda y prosaica. Cuando se desintegró la URSS, la KGB no era la institución más efectiva ni tampoco la más influyente. Su entonces jefe, Vladímir Kruichkov, participó en el fallido golpe de Estado de 1991 y acabó en la cárcel. Salió libre en la amnistía que hubo dos años después.

En los años 90, los antiguos agentes de la KGB tuvieron diferentes, algunos se incorporaron a los recién nacidos negocios, otros al gobierno y otros pasaron al crimen organizado. La nominación de Putin como presidente no fue una operación del FSB sino que se debió más bien a las circunstancias.

En las altas esferas de poder de la Rusia actual hay numerosas personas graduadas en la KGB. Sin embargo, prácticamente todas ellas comparten algo en sus biografías: en algún momento de su vida estudiaron, trabajaron o hicieron deporte con Vladímir Putin.

Lo que algunos tratan de mostrar como un plan secreto de las agencias de inteligencia rusa y soviética, es en realidad un proyecto personal de Putin, que ha logrado aunar gran poder político e influencia.

Si uno trata de pensar en cuál es la formación del código ético del presidente ruso, la KGB es simplemente uno de los factores y seguramente no sea el principal. Cuando trabajó en el equipo del exalcalde de San Petersburgo, Anatoli Sobchak, un apasionado orador que criticaba a la URSS, lo más seguro es que Putin no apelase a su experiencia en los servicios secretos.

Fue en estos años, conocidos como "la década oscura", cuando se crearon las claves de la política y los negocios de la Rusia actual. En estos años nadie podía escapar de la atmósfera de cinismo, pérdida de ideales y de búsqueda de beneficios. Hay evidencias de que ni Putin ni sus colegas fueron simples observadores de estos eventos y está claro que en aquellos momentos no aspiraban a crear una imagen de "nobles caballeros que iban a salvar a Rusia de la ruina".

Al comenzar el nuevo milenio, el oficial del FSB, Litvinenko, que había discutido con sus jefes y recibido asilo en el Reino Unido, comenzó a publicar material acerca del FSB y Putin. A causa de ello se le consideró un "traidor", algo que es un deshonor. Años después Litvinenko murió envenenado tras semanas de sufrimiento.

A pesar de las sospechas de los ingleses que apuntan a la responsabilidad de Putin, lo más probable es que nunca haya evidencias de lo que pasó en realidad. Además, el presidente ruso ha aprendido a utilizar este tipo de acusaciones a su favor. Aquellos que consideran a Litvinenko un traidor respetarán más a Putin y aquellos que ven a Litvinenko como una víctima inocente, lo temerán todavía más.

La influencia de Putin se basa precisamente en eso: el respeto de sus seguidores y el miedo de sus enemigos. Así es tanto en Rusia como más allá de sus fronteras.

Iván Tsvetkov es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Estatal de San Petersburgo.

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