Recuerdos de Afganistán

En el otoño se cumple el décimo aniversario del comienzo de la guerra liderada por los EE UU. Es hora de reflexionar acerca de lo aprendido del conflicto soviético en aquel país. Foto de Reuters/Vostock Photo

En el otoño se cumple el décimo aniversario del comienzo de la guerra liderada por los EE UU. Es hora de reflexionar acerca de lo aprendido del conflicto soviético en aquel país. Foto de Reuters/Vostock Photo

La campaña soviética y la estadounidense en Afganistán tienen mucho en común. Existen diferencias importantes, la más importante es que el envío de tropas por parte de Moscú en 1979 se hizo para proteger a un régimen amigo de las fuerzas hostiles y proteger a Afganistán del abandono de su esfera de influencia. Por su parte, Estados Unidos y sus aliados enviaron tropas para destruir las bases terroristas de Al-Qaeda patrocinadas por los talibanes. Para la Unión Soviética, la incursión afgana fue un episodio dentro del enfrentamiento entre el “campo socialista” y casi todo el resto del mundo, episodio que tocó una fibra sensible de la Guerra Fría. Para Estados Unidos, la invasión fue la respuesta de la Casa Blanca a los ataques del 11-S.

Hace 32 años, cuando los generales soviéticos se encontraron en un país vecino, ni siquiera se molestaron por brindar alojamiento básico a sus unidades. Se presuponía que derrotarían con rapidez a los guerrilleross islámicos y volverían a sus bases. Poco tiempo después, resultó evidente que los barbudos muyahidines eran sólo la punta del iceberg y detrás de ellos había recursos provenientes, entre otros, de EE UU, Arabia Saudí, China, Pakistán, Egipto, Israel y otros países que aprovecharon al máximo la oportunidad para declarar una guerra de desgaste a la Unión Soviética. En la actualidad, la coalición que lucha contra los talibanes y Al-Qaeda cuenta con un amplio apoyo internacional, incluida la Federación de Rusia. Tras entrar en Kabul, las Fuerzas Especiales Soviéticas liquidaron a Hafizulla Amin, jefe de los líderes afganos y sospechoso de haber colaborado con la CIA. Posteriormente colocaron a Babrak Karmal en reemplazo de Amin, y el líder recibiría detalladas instrucciones por parte del Kremlin. Por su parte, la invasión de EE UU y la OTAN también fue precedida por el asesinato de un político de alto perfil, Ahmad Shah Massoud, el único afgano de la época que tenía posibilidades de convertirse en un genuino líder nacional.

La versión oficial afirma que fuerzas cercanas a los talibanes fueron las responsables del asesinato, pero si hablamos con gente instruida de Kabul encontraremos pocas personas que compartan tal afirmación. Es cierto que Massoud resistía con éxito desde hacía tiempo los ataques de los radicales y que tenía fundados argumentos para considerarse el peor enemigo de dicha agrupación, pero todos saben que nunca habría estado de acuerdo con la presencia de soldados extranjeros en su territorio. Él mismo lo dijo más de una vez. Lo cierto es que en ese momento, Massoud no satisfacía a nadie; ni a los estadounidenses, mullahs negros o miembros de su propio círculo que no querían otra cosa que saborear el botín de la victoria de la yihad. La forma de organizar el asesinato y la ocultación de datos posterior da cuenta de que detrás del trabajo hubo verdaderos profesionales. ¿Los talibanes? No parece haber sido su trabajo. Fue la Casa Blanca la que designó a Hamid Karzai y luego hizo todo lo posible por legitimarlo ante los ojos de sus propios ciudadanos. Los soviéticos, en especial en los primeros años, imponían fervorosamente sus propias ideas de estructura estatal y vida pública en Afganistán. Los estadounidenses, con una tenacidad suicida, están cometiendo los mismos errores al tratar de inculcar en vano los “valores democráticos” en los pastunes, tayikos y otros habitantes de las montañas. La aparición de unidades de la OTAN en Afganistán, al igual que la invasión del “limitado contingente soviético”, fue el desencadenante de una guerra de guerrillas. Por más extraño que parezca, cuanta más fuerza acumulaba la coalición más allá del río Panj, peor estaba la situación militar y política. Sólo hace falta observar las estadísticas de ataques terroristas, la tasa de mortalidad y el mapa de los territorios controlados por las fuerzas opositoras.

Occidente nunca obtendrá la victoria en Afganistán mediante acciones exclusivamente militares. Los rusos tampoco lograron alcanzarla, pero se consiguieron algunos objetivos: tras la retirada soviética, el régimen del presidente Najibullah prosiguió durante tres años más y resistió la arremetida de los muyahidines, quienes contaban con el apoyo del mundo islámico y de Occidente. El régimen de Najibullah se derrumbó inmediatamente después de la caída de la Unión Soviética. En otras palabras, Moscú logró lo que Occidente aún no ha conseguido: conformar un gobierno viable, crear, armar y entrenar al Ejército y la Policía y garantizar el control de la mayor parte del territorio nacional. El factor Najibullah,es decir, la nostalgia por aquel presidente, también debería tenerse en cuenta, ya que fue un fuerte mandatario respetado por las tribus pastunes y las minorías étnicas del norte de Afganistán. No es casual que deseen que Najibullah retorne ya que habría sido un líder ideal para el Afganistán actual. El jurado tribal aún está decidiendo si Hamid Karzai puede constituir semejante figura.

Otra cuestión totalmente diferente es el precio que Moscú tuvo que pagar por el éxito. Muchos creen que la guerra contra los muyahidines tuvo un efecto devastador en la economía soviética, socavó la moral, hizo que se redujera drásticamente el apoyo mundial al régimen e incluso precipitó el final del mundo comunista. El precio aún es demasiado alto como para ser obviado. La seguridad de toda la civilización occidental está en juego. Mis colegas extranjeros en ocasiones me preguntan por qué muchos afganos, incluso exmuyahidines, poseen buenos recuerdos de los rusos mientras que no muestran ningún sentimiento afectuoso con los que en la actualidad arriesgan la vida para defenderlos de los talibanes o de Al-Qaeda. Creo que la respuesta es evidente. Los rusos no sólo lucharon contra los fundamentalistas, sino que también invirtieron miles de millones de dólares en diversos proyectos de construcción. Casi todo lo que Afganistán posee en la actualidad (caminos, puentes, túneles, campos, escuelas, barrios residenciales) fue construido por los soviéticos, o gracias a su ayuda. Miles de afganos recibieron educación en Rusia y otras repúblicas soviéticas, y esas cosas no se olvidan con facilidad. El único camino posible para darle la vuelta a la situación es ese. Las operaciones militares deben ir de la mano de importantes proyectos de infraestructura que modifiquen la fachada del país y la mentalidad de sus habitantes. A principios de los años 90 era común escuchar que “el envío de tropas a Afganistán había sido un terrible error, pero retirarlas fue un delito imperdonable”. El mensaje era que no teníamos derecho a dejar el país a merced de los extremistas. La victoria contra la yihad resultó ser pírrica, poco después llegaron el caos, la guerra civil, y más muertes que culminaron con la toma del poder por parte de los talibanes. Afganistán se convirtió en el centro del terrorismo internacional. Hace veinticinco años podríamos haber dicho que tal resultado era una consecuencia lógica de la Guerra Fría. En la actualidad, el mundo ha cambiado, pero el peligro aún continúa.

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