¿Por qué llaman a Moscú la Tercera Roma?

28 de marzo de 2017 Oleg Yegórov, RBTH
Esta denominación de la capital rusa se acuñó en el siglo XVI y tiene claras connotaciones religiosas. Explicamos por qué la capital de Rusia es comparada con la antigua Roma.

Ilustración: Varvara GrankovaIlustración: Varvara Grankova

Son diversos los nombres y apodos usados para referirse a Moscú. Hay epítetos respetuosos como “la primera capital” o “cabeza de oro”, que se refiere a las cúpulas doradas de los templos moscovitas. También hay apodos humorísticos como “la que no es de goma” -se refiere a que Moscú, a pesar de su enorme tamaño, no se puede estirar para acoger a todos los que quieren vivir en ella- o “la gran aldea”. Uno de los epítetos más habituales, que ya se utilizaba en la Edad Media, es el de la Tercera Roma. ¿De dónde surgió este nombre?

Heredera de Roma y Constantinopla

El primero en llamar Tercera Roma a Moscú fue el monje ortodoxo Filoféi, que entre 1523 y 1524 escribió varias epístolas al Gran Príncipe moscovita en la que instaba a luchar contra las herejías. En opinión del monje, el principado moscovita era el último bastión de la verdadera fe. “Todos los imperios cristianos llegaron a su fin y se reunieron bajo el reinado unificado de nuestro soberano”, afirmó Filoféi en una de las epístolas. “Dos Romas cayeron, la tercera se mantiene en pie, y no habrá una cuarta”, dice.

En la terminología usada por Filoféi, la primera Roma fue la capital del Imperio romano, que gobernó sobre decenas de pueblos. En el siglo IV, el cristianismo se convirtió de forma gradual en la religión dominante del Imperio, de orígenes paganos.

La sucedió Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, donde, tras la división del cristianismo entre ortodoxos y católicos (año 1054), se afianzó la iglesia ortodoxa. Desde el punto de vista de los cristianos del este, la Roma católica cayó, al ser presa de la herejía, y Constantinopla se convirtió en la capital del auténtico mundo cristiano, en la “segunda Roma”.

Tras la conversión al cristianismo del estado ruso en el siglo X, los rusos reconocieron la autoridad del emperador bizantino como protector de todos los cristianos, como señala la historiadora Svetlana Lurie. Pero, al cabo de varios siglos, también cayó la Segunda Roma. En 1453 el Imperio otomano conquistó Constantinopla, debilitada por crisis políticas y le cambió el nombre por el de Estambul. Moscú se convirtió entonces en la principal capital ortodoxa, que entre los siglos XV y XVI unificó las fragmentadas tierras rusas.

Idea olvidada

Según el historiador estadounidense Marshall Poe, autor de la obra Moscú, la Tercera Roma: Orígenes y transformaciones de un “momento crucial”, la idea de la Tercera Roma es a menudo utilizada en Occidente para explicar la política exterior soviética y, posteriormente, rusa, como si este concepto sirviera de base para ideas expansionistas sobre la creación de un imperio comparable al Imperio romano. El propio Poe considera incorrecto este análisis: “No dice nada sobre las tendencias a largo plazo en la política exterior rusa ni sobre la psicología nacional rusa”.

El historiador explica que se exagera el significado del concepto. En realidad, después de que el monje Filoféi expresase su visión sobre la Tercera Roma a finales del siglo XVI, su idea fue olvidada durante tres siglos. El Estado ruso se expandió, pero no porque sus gobernantes soñasen con un imperio ortodoxo, sino por causas más prosaicas: la lucha por los recursos, la necesidad de una salida al mar, etc.

La idea de Filoféi se recuperó por primera vez en la segunda mitad del siglo XIX, en tiempos del emperador Alejandro II, cuando las epístolas del religioso se publicaron con una amplia tirada. El concepto de la Tercera Roma entró a formar parte de la ideología de los miembros rusos del movimiento paneslavista, quienes soñaban con unir a todos los pueblos eslavos bajo la égida del Imperio ruso. Pero tras la revolución de 1917 y la llegada al poder de los comunistas, las ideas paneslavistas quedaron en nada.

“La ciudad de las siete colinas”

Aparte del estatus de capital imperial con el que contó a partir de la Edad Media, Moscú tiene poco en común con Roma. En la capital rusa, la arquitectura es totalmente distinta y el clima es mucho más severo. Uno de los pocos rasgos comunes a veces mencionado es el supuesto hecho de que Moscú, igual que Roma, descansa sobre siete colinas.

Sin embargo, el historiador Alexander Frolov, experto en la historia de Moscú, afirma que la expresión “la ciudad de las siete colinas” no se corresponde con la realidad. Frolov explica que, en el recuento de las colinas realizado en los textos antiguos se mencionan pequeñas elevaciones a las que es difícil considerarlas como tal. La única colina auténtica es Borovitski, en la cual se encuentra actualmente el Kremlin de Moscú. Frolov considera que el resto es solo una bonita leyenda. “Es fruto de la imaginación de los románticos”, afirma el historiador. "Tenían muchas ganas de llamar a Moscú la Tercera Roma".

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