Ucrania y la fragilidad de los estados postsoviéticos

Dibujado por Konstantín Máler

Dibujado por Konstantín Máler

Desde de las guerras balcánicas, la seguridad en Europa no se había sometido a una prueba tan dura. Ucrania no ha sido capaz de forjar una identidad nacional a lo largo de estos 20 años de independencia.

La reunión en Ginebra dio lugar a un acuerdo sobre la regulación por etapas del conflicto en Ucrania. Por primera vez desde el comienzo de los disturbios, todas las partes involucradas han tenido una plataforma común para discutir el modo de salir del callejón sin salida en el que se encuentra la política ucraniana a día de hoy.

Sin embargo, y sin dejar de reconocer el mérito de los diplomáticos,  así como su voluntad de evitar poner un listón demasiado alto y buscar compromisos, hay que señalar que la regulación no parece ser más que un instrumento táctico.

Con los resultados de la reunión en Ginebra no es posible solucionar ni la crisis del propio proyecto nacional y estatal de Ucrania, ni los problemas de la identidad ucraniana, ni la formación de unas nuevas reglas del juego en el terreno internacional.

Continúa la caída de la URSS

La situación en Ucrania durante los últimos meses ha superado a todos los eventos importantes de los titulares de las agencias de información y en las portadas de los periódicos. Ni siquiera los problemas en Oriente Próximo han podido relegarla a un segundo plano. Existen causas de gran seriedad para la gran atención que se está prestando a Ucrania.

Desde de las guerras balcánicas, la seguridad en Europa no se había sometido a una prueba tan dura. Es comprensible que la inmersión en el caos y el colapso en el gobierno del quinto país de Europa en número de habitantes y el segundo en superficie provoquen una gran desesperación.

El hecho de que Ucrania no haya sido capaz durante todos sus años de independencia de formar una identidad política y civil añade más gravedad a la situación. De hecho, en este país conviven tres comunidades principales: los ucranianos de habla ucraniana, los ucranianos de habla rusa y los rusos, por no hablar de otros muchos grupos étnicos como, por ejemplo, los más de 200.000 húngaros que viven en Ucrania. Los representantes de estos grupos tienen opiniones distintas sobre su futuro y sobre el futuro del estado ucraniano.

¿Cuáles son los problemas que ha llevado al límite la crisis que tan drásticamente se ha expandido por toda Ucrania? Los disturbios en este país han demostrado que la caída de la Unión Soviética continúa.

Evidentemente, la URSS como Estado y en materia de derecho internacional no existe desde hace ya más de dos décadas. Sin embargo, la caída de un país unido en otros tiempos no puede considerarse únicamente como un acto jurídico formal. La firma del Tratado de Belovezha puso el fin a la URSS, pero no creó ni podía crear unas nuevas identidades estatales y civiles. No bastaba con llamar a los distintos estados Ucrania, Moldavia o Georgia. Casi todas las antiguas repúblicas de la URSS, al convertirse en nuevos estados independientes, tuvieron una multitud de problemas.

La URSS se podía permitir el lujo de garantizar la “unidad territorial” de Ucrania, Azerbaiyán, Georgia o Moldavia gracias a su aparato de represión y a sus potentes medios de propaganda. Pero después de 1991, los nuevos estados debían buscar nuevas vías para formar a sus nuevos ciudadanos.

Sobre la unidad nacional de Lvov y Donetsk

Ucrania no tomó la vía de la diversificación regional, que podía haber satisfecho los intereses de las distintas partes del país. Mientras el gobierno de Ucrania garantizaba un equilibrio en los intereses de los distintos grupos de elites, la “unidad nacional” se mantuvo. En cuanto el Maidán en Kiev puso patas abajo el statu quo, las tendencias centrífugas comenzaron a ganar impulso. 

Después de que el presidente de Rusia, Vladímir Putin, comentara la participación de los militares rusos en el proceso de la reciente autodeterminación de Crimea, muchos expertos y periodistas han considerado estas acciones como una confirmación de las 'ambiciones imperialistas' de Moscú. Pero estos olvidan que en 2008, Rusia, justo después de los cinco días que duró la guerra en el Cáucaso, amplió su 'gran acuerdo' con Ucrania, basado en el reconocimiento de sus fronteras.

Tampoco intentó volver a poner sobre la mesa los principios de reconocimiento mutuo de las fronteras interrepublicanas en los años 1994-1995, cuando el movimiento social prorruso en Crimea iba en aumento, simplemente porque en Kiev había un gobierno que, aunque incómodo, era capaz de gobernar de forma práctica en todo el territorio del país. Para poder intervenir en algo, hay que tener unas premisas internas. ¿Quién sino se tomaría en serio la posibilidad de que se dé una agitación prorrusa en Lvov o en Ternópol? De este modo, incluso sin los 'hombrecitos verdes', las tendencias centrífugas tanto en Crimea como en el sur y  el este del país tenían sus propios fundamentos. 

El diálogo contra las 'guerras de intermediarios'

Cabe señalar un segundo punto de gran importancia respecto a la crisis actual en Ucrania: la política exterior de los países de independencia reciente de Eurasia no puede llevarse a cabo en un contexto de seria confrontación con Rusia. La mayor parte de la población de estos países no está preparada para la integración con Occidente a través de una repulsión de la Federación Rusa. 

Esto afecta no sólo a los ucranianos rusos y rusohablantes (y hay que decir que, incluso después del cambio en el estatus de Crimea, alrededor del 40% de los ucranianos tiene una opinión negativa sobre la adhesión a la OTAN y en algunas regiones este porcentaje es algo mayor), sino también a los gagauzos y a los transnistrios de Moldavia. Esto afecta también a los abjasios y a los osetios, a los que la mayor parte de la comunidad internacional contempla como ciudadanos de Georgia.

En este contexto surge una pregunta razonable: ¿es posible imponer a los países con una independencia reciente una decisión difícil como la que se impuso a Ucrania la víspera de la firma del acuerdo de asociación con la UE?

Hay que reconocer que en los estados postsoviéticos existe una importante demanda de integración en Europa y en la OTAN. Pero en ellos también existe una demanda de cooperación e incluso de alianza con Rusia. ¿Cómo resolver este rompecabezas?

Para ello existen dos salidas. Rusia y Occidente deben, o bien comenzar una nueva rivalidad a gran escala por el dominio de esta parte del mundo, convirtiendo al país de la antigua URSS en un polígono para sus 'guerras de intermediarios', o bien comenzar un diálogo de verdad en el que los intereses particulares de Rusia sean escuchados y sean considerados no como esquemas primitivos e ideologizados tipo 'resovietización', sino como razones legítimas. 

Serguéi Markedónov es profesor del departamento de estudios de área extranjeros y política exterior de la Universidad Estatal de Humanidades de Rusia.

Artículo publicado originalmente en ruso en RIA Novosti