Joyas clásicas para seducir al público de Buenos Aires

TASS
Composiciones de los rusos Piotr Tchaikovski y Alexánder Borodín y del checo Antonin Dvorak serán interpretadas en el Auditorio de Belgrano el 27 de septiembre y el 4 de octubre.

Las tres obras maestras que resonarán en el Festival Eslavo en el Auditorio de Belgrano de la capital argentina no solo tienen en común el origen eslavo de sus autores. La solemne Obertura 1812 de Piotr Chaikovski, las Danzas Cumanas de la ópera El príncipe Ígor de Alexander Borodín y la Sinfonía del Nuevo Mundo (n.º 9) de Antonín Dvorák llegaron al mundo prácticamente al mismo tiempo.

Inmediatamente se ganaron el aplauso del público melómano y traspasaron los muros de los conservatorios hasta convertirse en auténticos éxitos, perdiendo su identidad nacional y la asociación con los acontecimientos históricos a los que habían estado vinculados desde sus orígenes. Sin embargo, antes de sufrir esta metamorfosis, sus autores experimentaron su propia transformación.

Obertura 1812, un símbolo musical

Piotr Chaikovski ya era uno de los principales compositores de Rusia cuando, a través de su amigo, maestro y protector Nikolái Rubinshtéin, el Palacio Imperial le encargó una obra en honor del 25º aniversario de la coronación del zar Alejandro II. Con la pieza para piano Álbum para la juventud, la ópera Eugenio Oneguin y el ballet El lago de los cisnes, el compositor había ganado fama de ser un gran conocedor del alma, capaz de representar cualquier impulso humano a través de la música.

Incluso en El voivoda y en El opríchnik, dedicados a una parte de la historia de Rusia, resulta más representativo el trágico destino de sus personajes que el dramatismo propio de los giros de la historia.

El propio Chaikovski veía con cierto escepticismo aquel importante encargo, y así lo confesó en algunas cartas a sus amigos. Sin embargo, al escoger la victoria de Rusia frente a Napoleón como tema principal de la composición, encontró la determinación, la inspiración y una fuerza expresiva nueva incluso para él.

Chaikovski decidió no inventar un programa literario para la nueva obra, como solía hacerse en la segunda mitad del siglo XIX. En su lugar, el antagonismo entre los temas del himno ruso Dios salve al zar y de la Marsellesa, entretejido en la trama musical, conforma el tema de la composición.

Por otra parte, el refuerzo de la percusión, la potencia de los timbales finales, la inclusión de campanas ortodoxas e incluso las salvas de cañón previstas en la partitura transmiten una sensación de júbilo y victoria.

Al componer su solemne obertura, Chaikovski esperaba que esta no solo se interpretara en los auditorios, sino también en espacios abiertos. Y su estreno tuvo lugar frente a la famosa catedral de Cristo Salvador, aún sin terminar en 1882, pero que ya dejaba sentir su poderío. Ya en el siglo ХХ, esta obra que conmemora la victoria rusa sobre Napoleón se convirtió en el símbolo musical del Día de la Independencia norteamericana después de que la interpretara la orquesta Boston Pops. Además, es una pieza muy recurrente en el mundo cinematográfico, incluida en películas como V de ventetta El club de los poetas muertos y en series como Los SimpsonColumbo.

Homenaje al pueblo nómada

Fuente: Ria Novosti

La ópera de Alexander Borodín El príncipe Ígor, compuesta en la misma época, está dedicada a un acontecimiento de la historia de Rusia mucho menos conocido. Basada en un monumento literario ruso, cuenta el fracaso de la campaña contra los cumanos del príncipe feudal Ígor, príncipe de Séversk. Habiendo perdido a su guardia, es tomado rehén junto a su hijo por el jan Konchak.

Los cumanos, nómadas de la estepa, eran una de las naciones euroasiáticas más poderosas en los siglos XI y XII, al extenderse su territorio desde los ríos Irtish y Sir Daria a las estepas del Mar Negro. Estos grandes jinetes combatían contra la antigua Rusia o bien se aliaban con ésta para enfrentarse a un tercero.

Desaparecieron de la faz de la tierra con la llegada de las conquistas mongolas, cuando las Hordas Doradas tomaron sus estepas. Se cree que el tártaro, el bashkir, el kazajo, el karachái-bálkaro y muchos otros idiomas derivan de la lengua de esta nación túrquica.

Aunque no se conserva nada de su música y sus bailes, Alexander Borodín —quien tras 20 años de trabajo en la obra El príncipe Ígor no llegó a acabarla— compuso 15 minutos de canto y baile con los que logró resucitar a los cumanos. Cuenta la leyenda que hasta la familia del propio Borodín procedía de una tribu cumana asimilada por los georgianos.

Dvorak, entre República Checa y los EE UU

El checo Antonín Dvorak, quien trabajaba en Norteamérica a principios de la década de 1890, también puede considerarse uno de los creadores de la versión sinfónica de la música de los nativos norteamericanos y de los afroamericanos.

Este compositor, nacido en el imperio austrohúngaro, dedicó su vida a llevar la música de su Bohemia natal a las grandes salas de conciertos. Todas sus obras denotan la influencia de su nación, incluso aquellas que no tienen un programa folclórico.

Sin embargo, tras ser invitado a dirigir el Conservatorio Nacional de Nueva York, Dvorak descubre en América la música de los indios y los cantos espirituales, a los que calificaba al mismo tiempo de patéticos y melancólicos, pasionales y tiernos, impávidos y alegres.

Estas impresiones conformaron la base de la última sinfonía del compositor, la número 9, más conocida como la Sinfonía del Nuevo Mundo, estrenada en Nueva York en 1893. Su incisivo ritmo sincopado y su emotiva melodía convirtieron la Sinfonía del Nuevo Mundo en una pieza tan reconocible como la Solemne Obertura 1812 de Chaikovski y las Danzas Cumanas de Borodín. Una muestra de su popularidad es el hecho de que el astronauta Neil Armstrong llevó una grabación de la obra en su vuelo a la Luna.

Más información sobre el Ensamble Lírico aquí y en su página de Facebook.

 

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