¿Cómo una verdugo nazi pudo vivir 30 años en la URSS sin ser descubierta?

Archivo FSB de la región de Bryansk: Legion Media; Evguéni Jaldéi / МАММ / MDF / russiainphoto.ru
Su trabajo era fusilar a niños y civiles capturados por los nazis. Después de la guerra, se las arregló para vivir tranquilamente en la Unión Soviética durante más de tres décadas, gozando de la fama de una respetada veterana de guerra.

“Era mi trabajo”, explicó Antonina Makárova tranquilamente al investigador de la KGB, mientras detallaba cómo ametrallaba ciudadanos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial. Según varias fuentes, la lista de asesinatos de esta verdugo, una de las más brutales de la historia, oscilo entre las 168 y las 1.500 personas.

Makárova, mejor conocida como “Tonia, la chica de la ametralladora”, no siempre fue una asesina. Antes de colaborar con los nazis, hacía exactamente lo contrario: trabajar como enfermera en el Ejército Rojo, como voluntaria en el servicio de primera línea.

Pero su estancia allí no duró mucho tiempo. En el otoño de 1941, alrededor de 600.000 soldados soviéticos fueron rodeados por el enemigo en la “bolsa de Viazma”, y entre ellos estaba Antonina, de 21 años. 

Después de una fuga milagrosa, Makárova vagó durante meses por bosques y aldeas, encontrando refugio temporal con la gente del lugar, pero siempre avanzando en su huída. Luego, en el verano de 1942, llegó al pueblo de Lokot en la región de Briansk, ocupada por los alemanes.

“Un lugar bajo el sol de la ocupación”

La región donde se encontraba Makárova era fundamentalmente diferente de otras bajo locupación nazi. Como experimento, la autonomía semiautónoma de Lokot había sido establecida bajo el control del “burgomaestre” local Konstantín Voskoboinik (reemplazado por Bronislav Kaminski después de ser asesinado por los partisanos en enero de 1942). Sin embargo, para “mantener el orden”, la región estaba bajo supervisión alemana, y las unidades de la 102ª División de Infantería húngara habían sido estacionadas en las zonas pobladas.

A la autonomía se le permitió crear sus propias unidades defensivas, que más tarde se transformaron en el llamado Ejército de Liberación Nacional Ruso (RONA). Fue este cuerpo el que, en el verano y el otoño de 1944, se hizo famoso por su extrema brutalidad durante el levantamiento de Varsovia, literalmente ahogando la ciudad en sangre. 

Escondida en la casa de un aldeano, Antonina Makárova reflexionó sobre su siguiente movimiento. Sabía que había un gran destacamento de partisanos activo en el bosque cercano. Sin embargo, después de ver el relativo lujo con el que vivían los colaboracionistas  rusos, Makárova decidió (según el historiador de los servicios especiales Oleg Jlobústov) “buscar un lugar cálido bajo el nuevo sol de la  ocupación”.

Makárova se congració con los alemanes y los rusos “autogobernados” dedicándose sin tapujos a la prostitución y a asistir a fiestas bulliciosas. Pronto, Antonina se involucraría con asuntos más serios, a saber, la ejecución de judíos, partisanos y opositores locales al nuevo gobierno.

Muchos años más tarde, Makárova informaría a sus investigadores del KGB que nadie la había obligado a hacerlo: “Me dieron vodka, y llevé a cabo mi primera ejecución cuando estaba borracha.” Así nació “Tonia, la chica de la ametralladora”. 

Una maestra de las ejecuciones

Los ajusticiamientos tenían lugar en un barranco, cerca de un antiguo criadero de caballos que los nazis habían convertido en prisión. Makárova vivía en el mismo edificio. De vez en cuando, los lugareños veían abrirse las puertas de la cárcel. Entonces un grupo de cautivos salía en fila, seguido de un carro que llevaba una ametralladora y detrás de él una joven mujer, que masticaba despreocupadamente una brizna de paja.

“No conocía a la gente a la que disparaba. Y ellos no me conocían a mí. Así que no sentía vergüenza ante ellos... Para mí, todos los condenados a muerte eran iguales. Sólo su número cambiaba... Los arrestados se alineaban frente a la fosa. Uno de los hombres llevaba mi ametralladora al lugar de la ejecución. Por orden de mis superiores, me arrodillaba y disparaba hasta que todos caían muertos”, contó Makárova a los investigadores de la KGB.

“Sus ejecuciones eran como una macabra representación teatral. Los líderes de la Autonomía de Lokot venían a observar, y los generales y oficiales alemanes y húngaros eran invitados”, dice el historiador Dmitri Zhúkov. 

Tonia rara vez fallaba, y si alguien sobrevivía, ella lo remataba con una pistola. Una vez, varios niños sobrevivieron, dado que las balas pasaron sobre cabeza. Haciéndose los muertos, fueron salvados más tarde por los lugareños, que habían venido a enterrar a las víctimas. Los niños fueron llevados a los partisanos en el bosque, que juraron dar caza a la verdugo.

Makárov quitaba la ropa y sus objetos personales a los muertos, lamentándose de que se hubiesen estropeado por la sangre y los agujeros de bala.

La búsqueda comienza

En el verano de 1943, Tonia sintió que la marea se volvía en contra de sus patrones nazis. El resurgimiento del Ejército Rojo hacía que se recuperase el territorio soviético, en detrimento de los alemanes.

Makárova viajó a Briansk para recibir tratamiento contra la sífilis, para no regresar nunca a Lokot. Su rastro se perdió. 

El servicio de contrainteligencia militar soviético, SMERSH, abrió una investigación sobre Tonia inmediatamente tras la liberación de la región de Briansk. En el barranco cercano a la prisión de Lokot, se descubrieron los restos de 1.500 personas.

A pesar de los esfuerzos de la población local, los interrogatorios de los colaboradores capturados y el examen de numerosos documentos, no se pudo averiguar nada sobre el lugar de nacimiento de Makárova o sus familiares.

Un descubrimiento afortunado

Durante los años posteriores a la guerra, el expediente del caso de Tonia pasó por las manos de sucesivos investigadores del KGB, sin ningún resultado. Eso cambió en 1976, cuando el expediente de un oficial llamado Panfílov llegó a la mesa de las autoridades para un control de rutina antes de una misión en el extranjero. En él se indicaba que Pánfílov tenía una hermana, Antonina, que se llamaba Makárova. 

Resultó que en sus días de escuela Antonina había sido demasiado tímida para pronunciar su apellido en voz alta, por lo que sus compañeros de clase le habían dicho erróneamente a su maestra que era Makárova (por el nombre de pila de su padre, Makar). Se emitieron documentos con este nombre, a pesar de que en la oficina de registro de nacimientos figuraba como Panfilova.

Esto explicó por qué, entre las 250 mujeres llamadas Antonina Makárova localizadas e interrogadas por el KGB, la tan buscada “chica de la ametralladora” no apareciese nunca. La búsqueda había abarcado sólo a las que estaban registradas con este nombre al nacer.

Respetada veterana de guerra

La hermana de Panfílov, Antonina Makárova, trabajaba ahora en una fábrica de ropa en la ciudad de Lépiel, Bielorrusia. Esposa de un héroe de guerra, el sargento Víctor Ginzburg, también era una veterana respetada, condecorada con numerosas condecoraciones y dando charlas a los jóvenes. 

Conociendo el riesgo de calumniar erróneamente a un veterano de guerra, el KGB vigiló cuidadosamente a Makárova durante todo un año. Los investigadores llevaron a Lépiel a personas que habían conocido y podían identificar a Tonia, “la chica de la ametralladora”. Entre estos testigos había antiguos amantes y colaboradores que habían regresado a casa después de haber cumplido condena en el Gulag.

Al final, confirmaron que la venerable veterana de guerra Antonina Ginzburg no era en realidad otra que la escurridiza “chica de la ametralladora”, cuyos parientes, incluidos su marido y sus dos hijas, no sospechaban nada de sus crímenes. Makárova fue arrestada inmediatamente.

Resultó que, durante la retirada masiva del ejército alemán, había terminado en Konigsberg (posteriormente rebautizada como Kaliningrado). Cuando el Ejército Rojo capturó la ciudad, Antonina volvió a ejercer de enfermera y consiguió trabajo en un hospital. Allí conoció a su futuro marido y tomó su apellido.

Ejecución

Durante su interrogatorio, Antonina Panfilova-Makárova-Ginzburg mantuvo una absoluta calma. Estaba segura de que sus acciones eran todas atribuibles a la guerra, creyendo sinceramente que, dado el lapso de tiempo transcurrido, acabaría condenada a  unos cuantos años de cárcel y pronto sería libre. Sin embargo, el tribunal decidió lo contrario. No fue posible probar su complicidad en el asesinato de 1.500 personas, pero se estableció más allá de toda duda que la muerte de 168 de los ejecutados en Lokot era obra suya.

A las 6 de la mañana del 11 de agosto de 1979, Antonina Makárova tomó de su propia medicina: la ejecución por fusilamiento, con lo cual la KGB finalmente cerraba el expediente de uno de los casos más largos de su historia.

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