Cómo un oceanógrafo soviético pasó tres días solo en el mar para escapar de la URSS

Archivo personal
El científico Stanislav Kurílov quería explorar el mundo, pero bajo el dominio soviético no podía abandonar el país. Así que se vio obligado a arriesgarlo todo.

13 de diciembre de 1974. El crucero Sovietski Soyuz navega en las aguas del océano Pacífico. A bordo hay turistas soviéticos que beben y, en general, se divierten. Un hombre solo con una toalla en la mano camina silenciosamente a lo largo de la cubierta hacia la popa, donde saca una bolsa con aletas, una máscara de esnórquel y un tubo de respiración que tenía ocultas bajo la tela. Se pone el equipo y salta por la borda.

El nombre del hombre es Stanislav Kurílov. Es un oceanógrafo soviético, practicante de yoga e inminente “traidor a la Patria”. Su salto no fue un intento de suicidio o una broma de borracho. Estaba desesperado por huir de su país natal.

El camino hacia el océano

Según los estándares soviéticos, Kurílov era una persona algo rara: desde su juventud, practicaba yoga, dormía sobre clavos, hacía dietas de hambre durante 40 días y meditaba. También tuvo una carrera impresionante: trabajó como psicólogo, navegante oceánico, buceador y acuanauta. Como científico trabajó en el laboratorio subacuático de Chernomor, donde pasó varios meses a una profundidad de 14 metros.

Stanislav Kurílov con su esposa.

Kurílov, que estaba enamorado del mar, se sentía triste por una cosa: la imposibilidad de trabajar en el extranjero con los principales oceanógrafos del mundo. “Teníamos un acuerdo con Jacques Cousteau para investigar en Túnez, pero el proyecto fracasó... Otro proyecto de expedición a los atolones del océano Pacífico tampoco sirvió de nada. Durante todo un año me preparé para la misión de buceo. Pero una vez más me negaron un visado, diciendo que la visita a países capitalistas no era apropiada”, escribió en sus diarios, que luego fueron publicados en el libro Alone at Sea.

La razón de la negativa fue el hecho de que tenía un pariente en el extranjero: la hermana de Kurílov se había casado y emigrado a Canadá. La URSS consideraba a las personas que tenían parientes en el extranjero “poco fiables” y no les permitía viajar fuera del país.

Un paso hacia lo desconocido

Al final, Kurílov decidió huir de la URSS. Una oportunidad surgió en 1974 cuando leyó un anuncio sobre un crucero llamado “Del invierno al verano”. El trasatlántico Sovetski Soyuz debía emprender un viaje de 20 días desde Vladivostok hasta el Ecuador y viceversa, sin hacer escala en puertos extranjeros. Kurílov embarcó junto con los demás turistas.

“Detrás de la puerta de cada camarote había música, gritos de borrachera, risas... Los turistas disfrutaban cada día de sus preciosas vacaciones”, escribió Kurílov en sus diarios.

Para mantener las apariencias, participó en reuniones generales, pero en realidad pasó más tiempo mirando el océano, observando las estrellas y estudiando el barco. Se dio cuenta de que sólo podría saltar desde la popa de la cubierta principal, con lo que caería justo debajo de la hélice. Además, sólo tenía una idea aproximada de la dirección en la que necesitaba nadar: el transatlántico se dirigía hacia el sur, pasando por Taiwán y Filipinas.

“Le pedí a Dios buena suerte y me lancé en lo desconocido”, escribió Kurílov. “Cuando salí a la superficie, me horroricé. A mi lado estaba el enorme casco del navío y su gigantesca hélice giratoria!”.

Entre la vida y la muerte

Un excelente nadador, Kurílov no terminó su vida bajo la hélice, pero escapar de esta fue solo el comienzo de su peripecia. La primera noche nadó usando como orientación las luces de la nave que se alejaba en el horizonte. Luego, maldiciéndose por no haber llevado consigo una brújula, se guió por las estrellas de noche, desviándose de su rumbo durante el día.

Kurílov nadó durante horas sin parar. Debajo yacía el océano sin límites que tanto amaba el científico: “El océano respiraba como un ser vivo, querido y amable. Sólo tenía que inclinar la cabeza hacia el agua, y un fantástico mundo fosforescente se abría ante mis ojos...”.

Es cierto que más tarde experimentó sentimientos distintos: “Mi cara, cuello y pecho quemados por el sol eran muy dolorosos. Tenía fiebre y cada vez tenía más sueño. A veces perdí el conocimiento por largos períodos de tiempo...”. El segundo día finalmente alcanzó a ver la orilla, pero una fuerte corriente le hizo retroceder y parecía que ya no había ninguna posibilidad de sobrevivir.

Salvación

Fue sólo al tercer día después del salto, cuando Kurílov estaba casi inconsciente, que una enorme ola lo arrojó a tierra en la pequeña isla filipina de Siargao.

Después de que los lugareños encontrasen al oceanógrafo, la noticia de su fuga llegó rápidamente a los medios de comunicación internacionales. Tras una investigación de las autoridades filipinas, el fugitivo fue deportado a Canadá, donde se le concedió la ciudadanía canadiense.

La vida después de su fuga

Algunos consideran a Kurílov como un héroe, mientras que otros lo ven como un hombre egoísta que decepcionó a sus seres queridos, que quedaron atrás en la URSS. “Su hermano menor Valentín sufrió como resultado de las acciones de Stanislav. Vivía en Leningrado, trabajaba como navegante en alta mar y tenía acceso a puertos occidentales”, recuerda Elena, esposa de Kurílov. Después de la fuga, Slava [abreviatura de Stanislav] fue condenado en rebeldía a 10 años por alta traición y Valentín fue despedido de su trabajo. Su esposa lo dejó, vivió en la pobreza y empezó a beber... Ya no está con nosotros”.

Al principio, Stanislav trabajó en una pizzería y luego para compañías oceanográficas en Canadá, América, Hawái y el océano Ártico. En la primavera de 1986 se trasladó a Israel y encontró trabajo como oceanógrafo en la Universidad de Haifa. El científico murió el 29 de enero de 1998. Cuando estaba haciendo un trabajo de buceo, se enredó en unas redes. Un colega consiguió sacarlo a la superficie, pero ya era demasiado tarde.

Cuando su esposa Elena recibió las pertenencias de su marido, encontró nuevas entradas en su diario, que había llevado hasta el final de su vida. Su esposa las reunió y las publicó en el libro Alone at Sea, con el que el mundo se enteró de una de las fugas más audaces de la URSS.

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