3 ciudadanos estadounidenses que cumplieron condena en el Gulag

Natalia Nósova
El primero luchó por los derechos de los afroestadounidenses, el segundo siguió los sueños de su padre y el tercero se dedicó a enviar heroína a Francia. Los tres se encontraron entre rejas en el sistema de campos de trabajo de la Unión Soviética. No todos ellos sobrevivieron.

1. Lovett Fort-Whiteman (1894-1939)

Fort-Whiteman, el primer comunista negro nacido en Estados Unidos, es también el único afroamericano conocido por morir en un campo de trabajo soviético. Y nada hacía prever que sufriese este final. Nacido en Dallas, Texas, en el seno de la familia de un antiguo esclavo, Fort-Whiteman defendió los derechos civiles de los afroamericanos, uniéndose al Partido Comunista Obrero de Estados Unidos en 1919.

Lovett Fort-Whiteman (1894-1939).

Los soviéticos, entusiastas del internacionalismo, dieron la bienvenida a un comunista negro. En la década de 1920, Fort-Whiteman asistió a una escuela de formación ideológica en la Unión Soviética y se convirtió en miembro de la Internacional Comunista, una organización comunista internacional. Viajando de Estados Unidos a la URSS y de regreso, el activista fundó el American Negro Labor Congress (ANLC), la organización oficial de los comunistas negros en Estados Unidos.

“Era un periodista talentoso, un muy buen boxeador, una especie de hombre del Renacimiento que conocía cuatro idiomas extranjeros y soñaba con pasar toda la vida aprendiendo”, afirma el historiador Serguéi Zhuravliov. A partir de 1928, Fort-Whiteman vivió en Moscú, trabajando como profesor en una escuela angloamericana; e incluso se casó con una mujer rusa.

Fort-Whiteman nunca renunció a su ciudadanía estadounidense y en 1933 pidió regresar a su país, pero la petición fue denegada. A mediados de la década de 1930, después de un enfrentamiento interno en la Internacional Comunista, algunos antiguos camaradas lo denunciaron como trotskista. Inicialmente condenado a cinco años de exilio interno, en 1938 Fort-Whiteman fue enviado a un campo de trabajo en Kolimá, en la región del Lejano Oriente de Rusia, donde en el plazo de un año había muerto.

“Allí en Kolimá nadie lo lloró, nadie sabía que era el primer comunista afroamericano. Nadie sabía de su entusiasmo, su imprudencia, su fe en los pobres trabajadores”, escribió la profesora Glenda Elizabeth Gilmore en su libro Defying Dixie: The Radical Roots of Civil Rights.

2. Thomas Sgovio (1916-1997)

La década de 1930 fue una época difícil para los agricultores y la clase obrera de Estados Unidos debido a la Gran Depresión, por lo que no es de extrañar que muchos adoptaran ideas izquierdistas y algunos se mudaran a la URSS. Eso es lo que le pasó a Thomas Sgovio, un joven que siguió a su padre Joseph, un comunista italo-estadounidense deportado de Estados Unidos en 1935. Thomas Sgovio tenía entonces 19 años y pasaría otros 25 años en la URSS.

“Cuando Tomás se mudó a la URSS, pensó que estaba llegando a la tierra de la libertad. Al principio, se sentía así. Disfrutó su vida, siendo joven, yendo a clubes de baile para trabajadores extranjeros aquí en Moscú, conociendo chicas...”, explica Serguéi Zhuravliov.

Detención de Thomas Sgovio en la URSS, 21 de marzo de 1938.

Esta luna de miel terminó tres años más tarde, cuando las autoridades soviéticas arrestaron a Joseph Sgovio y Thomas visitó la embajada de Estados Unidos en Moscú, tratando de recuperar su pasaporte estadounidense. Inmediatamente después de salir del edificio, dos hombres lo arrestaron. Su juicio fue rápido: como “elemento socialmente peligroso”, el joven estadounidense fue condenado a trabajos forzados.

Pasó 16 años en el sistema de campos de trabajo soviético Gulag, incluyendo el de Kolimá, donde murió Fort-Whiteman. Sgovio tuvo más suerte. “Era un artista talentoso y dibujó en los campos retratos de criminales locales; estos le ayudaron a conseguir trabajos más fáciles”, cuenta Zhuravliov.

Sin embargo, casi dos décadas dentro del Gulag no fueron como una simple excursión para el joven. “Cuando regresó de los campos en 1954, siempre recordaría cómo, tras acostarse sobre sábanas blancas, durante un mes no pudo acostumbrarse a la ausencia de piojos”, asegura Svetlana Fadéieva, de la Sociedad Internacional Memorial. En 1960, a Sgovio se le permitió finalmente abandonar la URSS. Regresó a Estados Unidos donde escribió un libro titulado Dear America! Why I Turned Against Communism describiendo la dureza de los campos soviéticos.

3. Dennis Burn

“¿Has estado alguna vez en Laredo? ¿En la frontera entre Texas y México? Pequeñas estructuras en ruinas, caballos y carretas... era como si el mundo se acabara ahí”. Así es como Dennis Burn, un ciudadano estadounidense encarcelado en la URSS, describió un campo en Mordovia (644 km al este de Moscú) donde pasó siete años. Puede ser la única vez que alguien ha comparado a Mordovia con Texas.

A diferencia de Fort-Whiteman o Sgovio, Dennis Burn no era un comunista fascinado por las oportunidades que ofrecía la URSS. Su historia se parece más a una película de Quentin Tarantino sobre delincuentes de poca monta. Un joven de 26 años de Queens, Nueva York, fue invitado a unirse a una banda internacional de narcotraficantes en 1976 y aceptó la oferta, en principio sólo por gusto.

Tres ciudadanos de EE UU en un corte en Moscú, 24 de agosto de 1976. De la izquierda a la derecha: Dennis Robert Burn, Paul Brawer y Gerald R. Amster.

Él y otros dos estadounidenses (Paul Brawer y Gerald Amster) transportaban 28 kg de heroína en tres maletas con fondo falso desde Kuala Lumpur, Malasia, hasta París, Francia, con tránsito en Moscú. Después de un inesperado control, los tres correos fueron arrestados y acusados de contrabando de drogas. Burn fue condenado a siete años de prisión; a Brawer le cayeron cinco años y a Amster ocho, pero Burn fue el único que cumplió la totalidad de su condena en prisión.

El campo de Mordovia era una prisión especial donde se mantenía a la mayoría de los extranjeros, y aunque no era nada comparado con lo que se podía haber encontrado en tiempos de Stalin (cuando los prisioneros morían de hambre) Burn no disfrutó de su tiempo allí. Especialmente le disgustaba el menú de la prisión, en particular el salo: “Una especie de tocino, pero blanco, ya sabes, solo grasa; dije: ‘Qué locura, ¿os coméis eso?’”.

Sin embargo, el excorreo de drogas fue lo suficientemente testarudo como para participar en huelgas de hambre y trabajo; en entrevistas, tanto él como Amster coinciden en que esa fue la razón por la que no fueron liberados antes. Después de salir del campo y dejar la URSS inmediatamente en 1983, declaró: “He aprendido a apreciar las cosas, las pequeñas cosas”. Después desapareció sumido en la oscuridad de donde surgió.

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