‘Lucharemos en los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y fuerza en el aire’

Los Hawker Hurricane del Ala №151 de la RAF en el aeródromo en Váienga (actual Severomorsk), cerca de Múrmansk, otoño de 1941.

Dominio público
A pesar de la incómoda alianza entre Stalin y Churchill, los aviadores británicos descubrieron en Múrmansk que tenían mucho en común con sus homólogos soviéticos.

Cuando Alemania invadió la Unión Soviética el 22 de junio de 1941, Iósif Stalin encontró un aliado en un hombre que nunca se había mordido la lengua a la hora de denunciarlo. En un discurso radiado ese día, Winston Churchill expresó su simpatía por el pueblo soviético, declarando: “Nadie ha sido un oponente más consistente del comunismo que yo... Cualquier hombre o Estado que luche contra el nazismo tendrá nuestra ayuda”. Así comenzaron cuatro años de cooperación militar entre socios cautelosos que desempeñaron un papel vital para ganar la guerra en Europa.

La primera orden del día para estos nuevos aliados era asegurar a las fuerzas soviéticas un flujo regular de suministros y materias primas. El Ferrocarril Transiraniano fue sugerido como vía ideal para trasladar equipos al norte, a través de Oriente Medio, pero el Sha de Irán había mostrado durante mucho tiempo su simpatía hacia Alemania e Irán se había convertido en el socio comercial más importante de los nazis; el Sha incluso atesoraba una fotografía dedicada de Hitler. Irán rechazó las solicitudes de uso del ferrocarril y respondió con la celebración de mítines a favor de Alemania.

El 25 de agosto de 1941, la Unión Soviética y el Reino Unido lanzaron la Operación Countenance, con fuerzas soviéticas invadiendo Irán desde el norte mientras que las tropas británicas entraban en el país por el sur. En el plazo de un mes Irán fue ocupado, su Shah depuesto y se aseguró una línea de suministro vital para la Unión Soviética. Más de cinco millones de toneladas de suministros pasaron finalmente por esta ruta.

Avión de la RAF Hawker Hurricane en el aeródromo en Váienga (a 10 km de Múrmansk), otoño de 1941.

Desde el principio, Churchill quiso utilizar la gran y poderosa Armada británica para ayudar a abastecer a Stalin. Además de la ruta de abastecimiento a través de Irán, se prepararon convoyes para transportar equipo desde Gran Bretaña a través de una ruta del norte del Ártico a Múrmansk y Arcángel. No era una tarea sencilla, ya que los convoyes tenían que pasar por aguas controladas por los nazis y por la Noruega ocupada. Además de la amenaza siempre presente del enemigo, el propio medio ambiente representaba un enorme desafío. Los que viajaban en los meses de invierno tenían que navegar en la oscuridad, mientras que los que viajaban en el verano ártico eran extremadamente visibles y a menudo estaban expuestos a ataques de larga duración y coordinados ataques de buques de guerra, submarinos y la Luftwaffe.

Era vital que estos convoyes lograsen llegar a su destino, ya que no sólo entregaban tanques y aviones para uso de los soviéticos, sino que también proporcionaban suministros cotidianos esenciales para el esfuerzo bélico, incluyendo artículos tan comunes como cables telefónicos y, en todo el conflicto, 15 millones de pares de botas. Además, el primero de estos convoyes llevaba una carga muy especial.

La RAF en Rusia. Llega el invierno

Para el 1 de septiembre de 1941, 550 pilotos y personal de tierra del Ala №151 de la Real Fuerza Aérea (RAF, por sus siglas en inglés) habían llegado a Múrmansk con 40 aviones de combate Hawker Hurricane. Su objetivo era proporcionar una defensa aérea inmediata contra las fuerzas del Eje que habían lanzado la Operación Silberfuchs (“Zorro Plateado”, en español) con la esperanza de capturar este estratégico puerto. También estaban allí para entrenar a los pilotos soviéticos en pilotar los primeros de los casi 3.000 aviones británicos Hurricane que recibiría la URSS. Tim Elkington, de 90 años, un veterano de la Batalla de Gran Bretaña, estuvo entre los pilotos que realizaron el viaje y descubrió que, a diferencia de sus políticos, los pilotos soviéticos y británicos se apreciaban mutuamente y establecían una relación de trabajo efectiva.

“Todos eran muy sociables, no existía el silencio ni la desconfianza”, contó Elkington. “Estaban muy interesados en aprender y trabajar con nosotros. Creo que de alguna manera ellos tenían mucha más experiencia que nosotros, y eran considerablemente mayores. El jefe, Safánov, era excepcionalmente bueno”.

El suministro de estos aviadores y Hurricane fue también una declaración de intenciones de Churchill, ya que tanto los pilotos como los aviones eran considerados esenciales para la defensa de Gran Bretaña. “No hay duda de que estábamos bajo presión”, admitió Philip Wilkinson, presidente de la asociación RAF Russia, un comodoro aéreo retirado y exagregado militar en Moscú en la década de los 90 del siglo pasado. “Creo que con ello enviaron una gran señal. Lo que llegó allí tuvo efecto inmediatamente. Entraron en acción el 11 de septiembre, y el 12 de septiembre, derribaron a su primer oponente. Proporcionaron un excelente nivel de cobertura a la base aérea rusa”.

Hawker Hurricane del Ala №151 de la RAF en aeródromo en Váienga, 1941.

El Ala 151 finalmente obtuvo 15 victorias y perdió sólo a un aviador en acción, mientras patrullaban los cielos de Múrmansk, escoltando a los bombarderos soviéticos y ayudando a detener la Operación “Zorro Plateado”, una de las pocas operaciones fallidas del Eje de 1941. Cuando no volaban, los pilotos instruían a sus homólogos rusos y descubrieron que estos tenían también sus propias ideas. “Ellos rediseñaron las armas, no podían creer que estuviéramos disparando armas de tan bajo calibre”, explicó Wilkinson. “Hicieron buen uso de los Hurricane. En agosto de 1944 la unidad de entrenamiento [rusa] había preparado ya a 37 regimientos aéreos”.

Por sus esfuerzos, cuatro pilotos de 151 Wing se convirtieron en los únicos británicos que fueron condecorados con la Orden de Lenin durante la guerra, entre ellos el Comandante de Ala, Henry Ramsbottom-Isherwood.

Pero el viaje de regreso a casa resultó ser tan difícil como todo a lo que se enfrentaron en el aire. El invierno ártico trajo hielo espeso, mientras que el rocío del mar se congelaba en la cubierta de los barcos en grandes cantidades. “Estuvimos atrapados en el hielo durante tres días”, contaría Elkington. “Te movías unos metros y el hielo se congelaba de nuevo. ¡Era tan espeso que había que tener cuidado con los polizones, que caminaban sobre el hielo [desde la tierra] y se colaban dentro!

Avión Hawker Hurricane del Ala №151 de la RAF en el aeródromo en Váienga (a 10 km de Múrmansk), otoño de 1941.

“Te hacía tan pesado que no podías parar de cortarlo para evitar que volcaras. La mayor parte de las dificultades tuvieron lugar en el viaje de regreso, el tiempo allí no era tan malo, pero el regreso fue un infierno total. Era bastante difícil mantener una velocidad razonable en medio de los bancos de niebla, estábamos a cinco nudos, lo que nos hacía muy vulnerables, envueltos en la oscuridad eterna, era todo bastante triste”.

A pesar de los inviernos amargos y del riesgo de ataque, Gran Bretaña siguió enviando convoyes de suministros hasta mayo de 1945. Unos 1.400 buques entregaron 5.000 tanques, 7.000 aviones y cuatro millones de toneladas de suministros vitales.

Hace siete años, Yuri Fedótov, embajador ruso en Londres, entregó medallas rusas a los veteranos de los convoyes del Ártico del HMS Belfast, un buque de escolta que sirvió en estos viajes y que ahora forma parte de una exposición permanente en el Támesis. “Es imposible subestimar el papel desempeñado por los marineros británicos durante la Segunda Guerra Mundial para proporcionar rutas de abastecimiento vitales a través del océano Ártico”, declaró entonces. “Aquellos marinos siguen siendo recordados en Rusia por su valentía y sacrificio”.

Militares del Ala №151 de la RAF en el aeródromo en Váienga, cerca de Múrmansk.

El costo humano de los convoyes refleja el riesgo que entrañó. Se perdieron más de 100 buques. El propio barco gemelo del Belfast, el HMS Edimburgo, fue hundido por el enemigo cerca de Múrmansk, mientras que el propio Safónov, tras recibir el título de Héroe de la Unión Soviética, murió mientras defendía uno de estos convoyes de un ataque alemán. Sin embargo, ambos bandos se mantuvieron firmes en su defensa de estos convoyes, y cuando Stalin pidió ayuda, Churchill se la proporcionó. En 1945, casi una cuarta parte de toda la ayuda enviada a la Unión Soviética llegó a través de estos convoyes árticos. La guerra en el Este podría haber sido muy diferente sin ellos.

Tim Elkington recuerda haber defendido el cielo de Múrmansk

Tim Elkington, de 97 años, fue uno de los pilotos del Ala No. 151, parte de una empresa única por la que toda una Ala de la RAF, con personal de tierra y todo, fue enviada al norte de Rusia en los primeros días de la guerra en la Unión Soviética. El Ala No. 151 proporcionó apoyo aéreo a los soviéticos y también instrucciones vitales sobre cómo operar los aviones de combate Hawker Hurricane que más tarde Gran Bretaña suministró.

El 1 de septiembre de 1941, Elkington y sus camaradas llegaron a Múrmansk. Mientras que algunos Hurricane llegaron en cajas, otros despegaron del portaaviones HMS Argus. Antes de aterrizar en Rusia, Tim se enfrentó al desafío de despegar de una cubierta de sólo 143 metros de largo.

“Las cifras de referencia marcadas para que un Hurricane pudiera despegar eran de 120 metros como mínimo, y eso suponiendo un viento en contra”, dijo Elkington. Cada vuelo de seis aviones fue organizado en dos metros de ancho y tres de profundidad. Cada Hurricane tenía diez metros de largo, por lo que los aviones principales estaban a más de treinta metros adelante. “Así que en realidad tenías 100 metros para despegar. ¿Seguro que fue un despegue aterrador?”. “Uno sólo sigue al líder, en realidad”, dijo Elkington. “Principalmente, nos alegramos de que los aviones al menos arrancaran”.

Avión Hawker Hurricane en Váienga, 1941.

No había ni siquiera garantías de que el Hurricane resistiera temperaturas inferiores a -30ºC. “Un par de aviones experimentaron el corte de motores a ciertas alturas”, recordó Elkington, “hasta que un ingeniero llamado Henry Broquet pudo desarrollar un catalizador de estaño para el combustible”.

Aunque los líderes soviéticos y británicos desconfiaban unos de otros, a la hora de ponerse manos a la obra, los militares de ambas naciones pudieron establecer una relación eficaz basada en el aprecio mutuo.

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