Así fue la relación de amor-odio entre Churchill y la URSS durante la Segunda Guerra Mundial

Daily Herald Archive/NMeM/Global Look Press
Winston Churchill, para decirlo suavemente, no era un gran admirador de la URSS, pero sabía que solo juntos los Aliados podían derrotar a Hitler. Para respaldar las buenas relaciones, una vez incluso bebió con Stalin

Cualquiera que esté familiarizado con la historia del siglo XX ha oído hablar de Winston Churchill, recordado primer ministro del Reino Unido entre 1940-1945 y 1951-1955, no solo por su herencia política sino también por sus elocuentes discursos. Tales ejemplos de oratoria como "Lucharemos contra ellos en las playas" o "Su mejor hora" inspiraron a Gran Bretaña durante los tiempos más difíciles de la Segunda Guerra Mundial, ayudando a la población a resistir la campaña de bombardeo aéreo.

Sin embargo, mucho antes de que los nazis llegaran al poder en Alemania, Churchill tuvo otro archienemigo. Siendo un político conservador, había odiado al bolchevismo desde 1917, llamaba a Vladímir Lenin "un cultivo de tifus" pasado de contrabando a Rusia. Los comunistas tampoco sentían simpatía por Churchill.

Por ejemplo, León Trotski lo llamó "un campeón de la violencia capitalista", ansioso por asfixiar a las masas proletarias que luchan por su libertad. A lo largo de su carrera política, Churchill continuó criticando a la URSS, y solo frente a una amenaza común los enemigos acabaron por unir esfuerzos.

Caricatura pro-nazi que muestra Winston Churchill lastrado por la hoz y el martillo comunistas, simbolizando su alianza con Rusia.

"Si Hitler invadiese el infierno..."

Al comienzo la Segunda Guerra Mundial, entre 1939 y 1941, Churchill, que había sido nombrado primer ministro en 1940, se mostró cauto en sus comentarios sobre la URSS. Nadie sabía de qué lado terminaría Moscú. En octubre de 1939, poco después de la invasión soviética de Polonia, Churchill pronunció tal vez su comentario más conocido sobre Rusia: "No puedo predecir la acción de Rusia. Es un acertijo, envuelto en un misterio dentro de un enigma...".

En dos años, la situación se aclaró. El 22 de junio de 1941, la Alemania nazi invadió la URSS y, de ahora en adelante, Londres y Moscú estaban juntos en esto. El decidido Churchill inmediatamente mostró su apoyo a los soviéticos. Las razones eran claras. "Si Hitler invadiese el infierno, yo haría por lo menos una referencia favorable al diablo en la Cámara de los Comunes", dijo el primer ministro a su secretario.

Nuevos vínculos

Públicamente, Churchill eligió palabras más respetuosas. En su discurso a la nación del 22 de junio, declaró: "Nadie ha sido un opositor más constante del comunismo en los últimos veinticinco años... Pero todo esto se desvanece ante el espectáculo que ahora se está desarrollando. (...) La amenaza a Rusia es, por lo tanto, una amenaza para nosotros y una amenaza para Estados Unidos, así como la causa de cualquier ruso que lucha por su hogar es la causa de los hombres y los pueblos libres en cada rincón del globo".

Iósif Stalin y Winston Churchill en la Conferencia de Yalta, febrero de 1945.

En aquel entonces, muchos políticos y militares británicos mostraron escepticismo hacia las posibilidades de la URSS, y pronosticaban que Rusia duraría como máximo seis meses. Churchill, sin embargo, pensaba de manera diferente: "Apuesto a que los rusos siguen luchando, y victoriosamente, dentro de dos años". El tiempo le dio la razón.

En menos de un mes, Gran Bretaña y la URSS firmaron el acuerdo anglo-soviético, en el que se comprometieron a ayudarse mutuamente en la lucha contra Hitler. Sin embargo, las tensiones se mantuvieron entre ambas partes, especialmente con respecto a la cuestión de abrir un segundo frente en Europa.

Una alianza difícil

A diferencia de Franklin D. Roosevelt, Stalin nunca fue un socio de negociaciones conveniente para Churchill. Cuando el primer ministro viajó a Moscú en agosto de 1942 para informar a Stalin de los planes británicos de atacar a Alemania en África y no en Europa, el líder soviético inicialmente acusó a los aliados de cobardía y de no cumplir sus promesas.

Churchill  y Stalin en el Kremlin de Moscú.

Los líderes comenzaron a entenderse solo durante el tercer día de las conversaciones, cuando se sentaron solos en una habitación pequeña y bebieron mucho. Así lo recordaba Alexander Cadogan, un diplomático británico de alto rango: “encontré a Winston y Stalin... sentados con una mesa cargada pesadamente entre ellos: comida de todo tipo e innumerables botellas".

Al día siguiente, Churchill, que había bebido el vino del Cáucaso a diferencia del pobre Cadogan (a quien Stalin obligó supuestamente a beber algo "bastante salvaje") salió de Moscú con dolor de cabeza, pero también con satisfacción: Stalin aceptó esperar a que se abriera el segundo frente.

La luna de miel llega a su fin

"Dijo cosas laudatorias sobre Stalin durante la guerra, en particular, en 1942", admite Richard M. Langworth, un historiador especializado en Churchill. De hecho, después de su visita a Moscú, el primer ministro llamó a Stalin un "duro y grande líder militar" que la URSS tuvo la suerte de tener en tiempos de guerra.

Tropas británicas participantes en el desfile de la victoria aliada en Berlín descansan bajo un gran cartel con Churchill, Roosevelt y Stalin en Yalta. Poco después de la victoria, las relaciones entre los aliados empeoraron de nuevo.

Esto, sin embargo, nunca significó que a Churchill le gustara Stalin o que cambiase su punto de vista sobre el comunismo. "Nunca olvides que los bolcheviques son cocodrilos... No puedo sentir la más mínima seguridad o confianza en ellos", escribió a Anthony Eden en 1942.

Poco después de que la guerra terminara, en marzo de 1946, Churchill (cuando éste ya no era primer ministro) pronunció su famoso discurso "Los pilares de la Paz" en Fulton, Missouri, donde expresó "simpatía y buena voluntad" entre Gran Bretaña hacia Rusia, pero al mismo tiempo advirtió contra la influencia comunista que se podía extender por todo el mundo, subrayando la expansión de la influencia soviética en Europa: "Desde Stettin, en el Báltico, a Trieste, en el Adriático, ha caído sobre el continente un telón de acero". El discurso de un político tan destacado se convirtió en un hito y, poco después, los antiguos aliados se convertían en rivales. La Guerra Fría estaba a punto de comenzar.

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