El árbol de Navidad llegó a España desde Rusia

Juan Medina/Reuters
En 1870 la aristócrata rusa, Sofía Troubetzkoi, decoró por primera vez el árbol de Navidad en Madrid, en la calle Alcalá 74. Además, abrió las puertas del Palacio de Alcañices para el asombro y la alegría de los madrileños. Algunos historiadores lo consideran un moderno acto de campaña política

Que en el lugar donde ahora se levanta la sede del Banco de España, entre el paseo del Prado y la calle Alcalá de Madrid, se adornara por primera vez un árbol de Navidad en España puede parecer un dato curioso. Que la responsable de traer esa tradición nórdica al sur de Europa fuera una noble rusa que pasó sus primeros años de juventud en el Palacio de Invierno, vivió en París gracias a sus nupcias con el hermanastro de Napoleón III, sorprende más. Pero que esa mujer además desempeñara un importantísimo papel en la Restauración borbónica de la mano de su segundo marido, el Duque de Sesto, convierte el origen de esta tradición navideña en algo más que una anécdota. Y es que para algunos historiadores, Sofía Serguéievna Troubetzkoi (1838-1898), es uno de esos personajes secundarios de la historia injustamente olvidados.

Repasar la vida de esta moscovita nacida en el siglo de las revoluciones liberales europeas es descubrir a una mujer que, en sus primeros 30 años, fue testigo de honor de los entresijos de tres importantes casas reales y del devenir de sus países: Rusia, Francia y España. Sofía Serguéievna vio cómo por debajo de los convenios y tratados, las relaciones internacionales se tejen con los hilos invisibles de las biografías individuales. Así se entiende que fuera posible que una alumna aventajada del prestigioso Instituto Smolni petersburgués ayudara a engalanar con sus compañeras un abeto llegado de los bosques de Peterhof con cientos de velas y, unas décadas más tarde, hiciera lo propio en el hoy desaparecido Palacio de Alcañices, ante la curiosa mirada de los madrileños.

Retrato de Sofía Serguéievna Troubetzkoi (1863), obra de Franz Xaver Winterhalter.

Una paternidad dudosa

Considerada como una de las mujeres más bellas y elegantes de la aristocracia europea del XIX, Sofía Serguéievna Troubetzkoi vino al mundo con los contratiempos de una filiación, cuando menos, difusa.

Debido a la frágil salud de su esposa Carlota de Prusia, Nicolás I tuvo que cesar las relaciones conyugales con su mujer y fue entonces cuando, durante unas maniobras militares en la primavera de 1837, conoció a la madre de Sofía, Catalina Petrovna. Sólo se conserva un documento que apunta la fecha del nacimiento de Sofía, el de abjuración de la iglesia ortodoxa y conversión al catolicismo. Es un dato que, efectivamente, abre la caja de los rumores dado que la aristócrata nació a los pocos meses de la apresurada boda de su madre con el príncipe Troubetzkoi.

Las cuantiosas posesiones de Catalina Petrovna, de origen incierto, y el hecho de que enviara a su hija a San Petersburgo para que el zar se hiciera cargo de su educación hicieron el resto. Sin embargo, la personalidad de Sofía Troubetzkoi sobrepasa las disquisiciones genealógicas.

En la espartana pero prestigiosa educación en Smolni, nuestra protagonista forjó una rectitud que nunca abandonó en las más variopintas situaciones. Por intercesión de su tía, casada con la segunda mayor fortuna del Imperio, abandonó la institución y se le abrieron las puertas de la impresionante magnificencia del Palacio de Invierno y residencia de Nicolás I. Algo de aquello también trasplantó más tarde a Madrid: un gran retrato del zar, al que consideró como un padre, colgaba de la pared de su residencia en Alcalá 74. Además, el conservador jefe de la Alhambra ejecutó la decoración árabe de su habitación y baño, tal y como había visto en las dependencias de la zarina.

Con la entronización de Alejandro II, la nueva emperatriz impuso su propia corte de damas, entre las que estaba ella. El matrimonio era la única manera de situarse socialmente y Sofía sólo tenía pocos y malos pretendientes. Fue así hasta que llegó Augusto de Morny, embajador francés, que asistió a la coronación del nuevo zar: “Yo sólo la veía desde un lado, pero lo que descubrí era suficiente para tener el furioso deseo de conocer el otro”, diría. Y lo conoció. Todas las mujeres de San Petersburgo soñaban con París. Y como señalaría el escritor y diplomático español Juan Valera, en Sofía “se puede decir que hay algo que la llevará lejos”.

Acuciada por las deudas

Ocho años duró su matrimonio con el francés. Carlos Augusto de Morny no escatimó en satisfacer todos los caprichos de su mujer, que se esmeró en ser una gran anfitriona en la corte y sociedad bonapartista. Ni en extraordinarias residencias ni en caprichos, como su pequeño zoo doméstico compuesto de monos, perros pequineses, aves exóticas o un par de osos rusos que cedió al Jardín de las Plantas.

Pero Sofía nunca llegó a adaptarse a ese ambiente. Tras la muerte de su marido, descubiertas sus numerosas infidelidades y acuciada por las deudas del embajador, la situación no era fácil para ella. Su amiga la princesa Orlov diría: “Hace falta ser un verdadero Don Quijote para ocuparse de los Morny y de su embrollo testamentario”.

Y ese caballero llegó en la figura de un “encantador de genio maligno”, el Duque de Sesto, de quien Sofía se enamoró durante sus paseos por el Bosque de Boulogne. “Pepe, has tardado en decidirte, pero te felicito, Sofía es encantadora”, le dijo la reina Isabel II en el exilio.

El alma del Palacio de Alcañices

Los duques de Sesto fueron un colchón para la Reina durante la Revolución de 1868. Se ocuparon de todos los pormenores, incluida la educación de sus hijos. Alfonso de Borbón se encontró en París con el madrileñismo del duque y el cosmopolitismo de Sofía. “Nunca olvidaré cómo se celebraban las fiestas de Pascua y Nochebuena, cuando bajo el árbol de Navidad encontrábamos preciosas muñecas”, recordaba la infanta Eulalia.

El traslado definitivo a Madrid lo propiciaron las guerras europeas. La llegada de la rusa de ojos oscuros causó conmoción en el Madrid de la década de 1870. La aparición del árbol de Navidad en la capital puede considerarse un moderno acto de campaña política.

Entregada a la causa alfonsina, Sofía Troubetzkoi utilizó su residencia como potente imán para atraer apoyos. Y lo era no sólo albergando influyentes veladas intelectuales. En las Navidades de 1870, adornó con sus hijos un árbol que, por su gran altura, colocó en la entrada del Palacio de Alcañices. ¡Era realmente el primer abeto adornado que se veía en España! Y muchos ciudadanos quisieron verlo. “Por ello, abrió su palacio un sábado. Bastaba ser alfonsino para ser presentado en aquella casa, manantial de política y conspiraciones”, dice la historiadora Ana de Sagrera.

Como se ve, ni las tradiciones navideñas escapan de la política, y a veces proceden de los lugares más nsospechados. Dicho sea esto cuando el Papa acaba de afirmar que, ¡ni hablar de la mula y el buey en el Belén!, y que los Reyes Magos eran andaluces y no de Oriente. Y mientras, por curiosidades del destino, una rusa trajo a España el árbol de Navidad, procedente de la tradición pagana.

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