‘A los europeos les sorprende que los rusos sientan frío y no beban vodka en el desayuno’

Yulia en Brusalas, Bélgica.

Archivo personal
Después de haber estudiado 6 meses en un programa de intercambio de estudiantes en Viena, la química Yulia Buchátskaia se dio cuenta de que necesitaba ampliar sus horizontes. Dejó su laboratorio de origen para estudiar química nuclear en Praga y luego trabajar en un centro de investigación en Bélgica.

Estudié radioquímica en la Universidad Estatal de Moscú y pensé que sólo los ricos podían estudiar en el extranjero, mientras que yo procedía de una familia normal. Pero, gracias al programa de intercambio de estudiantes Erasmus, tuve la oportunidad de viajar a Viena en 2011 para estudiar ciencias ambientales.

Era la primera vez que dejaba a mis padres por un período largo, pero era justo lo que estaba buscando. Estaba ansiosa por la aventura y quería hacer nuevos conocidos. Soy muy sociable e inmediatamente hice muchos amigos. Disfruté tanto de esos seis meses en Viena que decidí intentar quedarme más tiempo en Europa. Encontré un puesto de investigación de doctorado en una universidad checa, y después de graduarme me mudé a Praga. Pronto conocí a un chico de los Países Bajos y quise estar más cerca de él. Así que encontré un puesto en un centro nuclear belga, cerca de la frontera holandesa. Allí había más oportunidades de desarrollo profesional, como parte de un equipo internacional.

Navidad en Praga.

A veces siento que existe una barrera idiomática y cultural entre mi novio y yo. Ambos hablamos inglés, pero no es la lengua nativa de ninguno de los dos y tenemos muchos malentendidos porque no podemos expresar toda la gama de nuestros sentimientos y emociones. Pero el lado positivo es que al final no podemos tener una discusión de las grandes, porque hay que hacer demasiado esfuerzo para encontrar las palabras correctas y explicar lo que nos hizo enojar.

Viniendo de Moscú, todo en Europa me sorprendió. Lo primero que tuve que tener en cuenta fueron los horarios de apertura de las tiendas. En Moscú, incluso a medianoche se puede comprar lo que se quiera, pero en Viena a menudo acababa sin comida los domingos porque las tiendas no estaban abiertas y no se me había ocurrido hacer la compara. Así que en bastantes ocasiones comía en restaurantes turcos [que permanecían abiertos hasta tarde].

Yulia y su novio en Amsterdam, Países Bajos.

Vivo en Europa desde hace cinco años, pero aún no he aprendido a planificar todo meticulosamente como lo hacen los lugareños. Hay que pedir una cita con el médico dos meses antes, y contratar Internet en casa con dos semanas de anticipación. Y todo cuesta un poco. En Moscú, todo eso se puede arreglar muy rápidamente.

Los rusos a menudo hacen las cosas espontáneamente, sin ningún plan vital en particular en mente. Pero los belgas siguen el “sueño belga”: obtener una educación, casarse, obtener una hipoteca, jubilarse, irse de crucero. Los checos, por otro lado, son más parecidos a los rusos en muchos aspectos.

Croacia.

Lo que más me gusta de Europa es lo fácil que es viajar: no hay fronteras reales y las distancias son pequeñas. Paso casi todos los fines de semana visitando a mi novio en Holanda. Cuando vivía en Rusia, cualquier viaje al extranjero conllevaba emplear mucho tiempo y dinero. Uno tenía que conseguir boletos, visas, etc. mucho antes del viaje.

Me entristece pensar que incluso el laboratorio más deteriorado de una pequeña universidad europea tiene un equipo decente. Por supuesto, en Rusia se está invirtiendo dinero en ciencia, y ha habido avances, pero todavía nos queda un largo camino por recorrer para alcanzar los niveles europeos de prestación de servicios técnicos.

República Checa.

Por otro lado, es agradable que los científicos rusos sean muy valorados aquí. Recientemente, un profesor me pidió que tradujera varios artículos de expertos rusos en energía nuclear que uno de sus estudiantes necesitaba para su tesis de graduación. Me dijo que eran indispensables para la revista científica, y que muy pocos textos rusos eran publicados en inglés.

A veces siento que los rusos estamos más comprometidos con nuestro trabajo: para nosotros, la ciencia es una vocación, pero para los belgas, sólo un empleo. Después de todo, la ciencia es una especialidad altamente creativa. Cuando descubro algo interesante, me emociono mucho, lo discuto con mis colegas, pongo mi corazón y mi alma en ello, trabajo los fines de semana… ¡es tan fascinante! Los belgas terminan de trabajar a las 18:00 en punto, ni un minuto más tarde, y ciertamente no se presentan a trabajar los fines de semana.

Praga, República Checa.

En Rusia, los alumnos que adulan a los maestros pueden obtener buenas calificaciones, incluso si sus conocimientos son deficientes. Aquí, el trabajo y las relaciones personales nunca se cruzan. No he encontrado ningún tipo de acoso aquí, todo es muy objetivo e imparcial. Para mí, eso es una gran ventaja, aunque en el trabajo puede ser difícil hacer amigos. Fuera del trabajo rara vez te encuentras con colegas. Cuando estoy de vuelta en Rusia, mis antiguos colegas son como de la familia para mí.

Los rusos tienen una idea muy diferente de lo que es la amistad. Al principio, por ejemplo, me sorprendió lo amigables que parecían ser los holandeses. Intentan ayudarte, y si no hablan tu idioma, usan Google Translate para tratar de explicarse. Pero se hace eterno el entablar amistad con ellos. Y no se quitarán el abrigo de sus espaldas para dejártelo, como hacen los rusos, ni te dejarán vivir con ellos gratis. Pero los checos son hermanos eslavos y saben cómo funciona la verdadera amistad.

Delft, Países Bajos.

A veces a los rusos les resulta difícil entender que todos respetan la ley. Una vez llegaba tarde al aeropuerto y tomé un taxi. Le expliqué al conductor que teníamos que darnos prisa porque mi vuelo no era directo y estaría perdida si perdía la conexión. En Rusia, el taxista habría quemado el caucho de las ruedas o conducido hacia atrás si fuera necesario. Pero el taxista belga dijo: “Esta es una zona de 70 km/h”, y la aguja del velocímetro no se movió un ápice.

En Bélgica, echo mucho de menos los servicios cosméticos buenos y baratos. Todo aquí es caro y lento, y la calidad es mucho más baja. Las mujeres europeas no tienden a molestarse recibiendo manicuras y pedicuras, ni procedimientos más complejos como el peeling. Así que cuando estoy en Moscú, trato de sacar el máximo provecho a todo.

Praga.

Realmente echo de menos los libros rusos. Me encanta leer, y los libros de tapa dura en ruso son casi imposibles de conseguir aquí. No me gustan los e-readers, así que siempre me pongo muy contenta cuando mis amigos me traen libros. También los compro en los viajes de vuelta a casa.

Muchos europeos están interesados en Rusia, y me preguntan cómo conseguir un visado y a dónde es mejor ir, a Moscú o a San Petersburgo. Sin embargo, cuando se enteran de que soy rusa, la mayoría de la gente me pregunta por Putin y se sorprenden de que no me guste el vodka o el clima frío: “¿Cómo puedes sentir frío? ¡Eres rusa!”. En realidad, el clima es más húmedo en Bélgica, ¡y a menudo me entra frío!

Amsterdam.

Extraño mucho la sopa de remolacha, los pelmeni y los pasteles de mi madre, y en general toda la comida rusa, incluso cosas que antes no me gustaban. Hay tiendas rusas en Europa del Este y Holanda, pero no venden los artículos genuinos. Así que llevo kilos de trigo sarraceno conmigo desde Rusia, un colega de Ucrania me trae salo, y nunca hay escasez del vodka de los amigos.

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