Navidad en la época de los zares

Alexéi Chernishov
¿Cómo surgió la tradición de celebrar estas fiestas en la familia de la dinastía Romanov y qué tenían por costumbre regalarse los unos a los otros?

La tradición de celebrar la Navidad en casa — con un árbol y regalos — surgió en la corte rusa durante el reinado de Nicolás I (1825-1855), gracias a su esposa Alejandra Fiódorovna, de soltera princesa Charlotte, a quien estas fiestas en familia le recordaban a su Prusia natal.

En Nochebuena se ponía el árbol, justo después de la misa, en la sala de Conciertos o en la rotonda del Palacio de Invierno. Se decoraba un árbol para cada miembro de la familia, cerca del cual había una mesa con regalos cubierta con un mantel blanco.

Los árboles de navidad se seguían poniendo también tras la muerte de Nicolás I. Lo único que cambió fue el lugar de celebración: con Alejandro II, que reinó entre 1855 y 1881, se solía hacer en el salón Dorado del Palacio de Invierno; su hijo Alejandro III, cuyo reinado fue entre 1881 y 1894, prefería el palacio de Gátchina, donde los árboles se ponían en el salón Carmesí o en el Amarillo.“Al principio su Majestad siempre nos reunía en las cámaras interiores, —escribía una dama de honor de la corte imperial, la baronesa María Fredericks. —Allí, cerca de las puestas cerradas […] se peleaban y se daban empujones todos los niños, incluidos los de los zares, para ver quién llegaba primero a la anhelada sala. La emperatriz salía la primera para volver a examinar todas las mesas, mientras a nosotros el corazón no nos cabía en el pecho de la alegría y la impaciencia. De repente se escuchaba un toque, las puertas se abrían y nosotros entrábamos corriendo y armando mucho alboroto a una sala llena de incontables velas. La propia emperatriz nos llevaba a cada uno a nuestra mesa y nos daba los regalos”.

Durante el reinado del último zar, Nicolás II, la Navidad se celebraba en el palacio de Alejandro, en la Villa de los zares. Lo que no cambiaba era la espera de los pobres niños ante las puertas cerradas, la cual fue descrita por la hija de Alejandro II, la gran princesa Olga Alexándrovna:

“Almorzábamos en la habitación contigua a la sala de banquetes. Las puertas de la sala estaban cerradas, y frente a ellas montaban guardia los cosacos de la escolta. […] Todos […] estábamos esperando lo mismo: el momento en que se llevaran los postres que ya nadie quería y los padres se levantaran de la mesa para ir a la sala de los banquetes. Sin embargo, tanto los niños como todos los demás teníamos que esperar hasta que el emperador hiciera sonar la campanilla. Tras esto, olvidándonos de la etiqueta y los modales, todos nos apresurábamos hacia las puertas de la sala de los banquetes. Las puertas se abrían de par en par y nosotros nos adentrábamos en un reino mágico”.

La sala realmente recordaba a un bosque mágico: en ella se hallaban seis árboles de Navidad para los miembros de la familia, y muchos más para los familiares y el personal de la corte. Todo ellos estaban decorados con velas encendidas y frutas y juguetes tanto dorados como plateados.

Regalos reales

De la entrega de los regalos para los árboles de palacio se encargaban los confiteros petersburgueses. Estos paquetes no impresionarían a un niño de hoy día: en 1880 cada uno recibía dos cucuruchos con dulces, dos mandarinas y dos manzanas. Para los grandes príncipes se añadía también una caja de ciruelas pasa, y para el emperador Alejandro II, una caja de albaricoques.

Aunque los regalos más importantes son los que los miembros de la familia imperial se hacía. Los padres de dichas familias intentaban estimular a sus hijos. Así, el menor de la familia de Nicolás I, el gran príncipe Mijaíl Nikoláevich, recibió un violonchelo, instrumento que siempre había soñado tocar. En 1843 a su hermana Olga le regalaron “un fantástico piano de cola de marca Wirth”.

Los niños solían comprar regalos a sus a padres con el dinero de sus ahorros o hacer algo a mano. “El regalo que siempre le hacía a mi padre estaba hecho con mis propias manos: unas suaves zapatillas rojas bordadas a punto de cruz blanco. ¡Me encantaba verlo con ellas puestas!”, recordaba la gran princesa Olga Alexándrovna sobre su presente a Alejandro III.

Y como regalo más extravagante cabe mencionar el revólver Smith & Wesson Nº38 con pistolera y una centena de balas que Alejandro III recibió por parte de la emperatriz María Fedórovna. Era un momento, por cierto, de inquietud (diciembre de 1881), pues no habían pasado ni nueve meses desde que habían asesinado a Alejandro II en el mismo centro de San Petersburgo.

Quizás ese fue también el motivo por el que la emperatriz regaló a cada uno de sus hijos, Nicolás y Jorge, un bonito cuchillo inglés. Asimismo, el regalo más original fue el que le hicieron sus parientes a la gran princesa Alejandra Nikoláyevna para la Navidad de 1843. Al entrar a la sala de conciertos del palacio de Invierno, descubrió atado a un árbol… a su prometido, el príncipe Federico de Hesse-Kassel, con quien llevaba medio año prometida.

Había llegado a San Petersburgo la noche anterior (la boda estaba prevista para enero), pero su llegada se había mantenido en secreto.

Árboles benéficos

Los Romanov tampoco se olvidaban de sus súbditos: Nicolás I organizó una lotería para las damas de honor, tutores, niñeras, criados y demás habitantes de palacio. Cada uno cogía una carta de una baraja, luego el emperador iba nombrando cartas cuyo poseedor recibía un regalo de manos de la emperatriz (floreros, lámparas o vajillas de porcelana).

En 1866 la familia imperial instaló en el palacio Anichkov un árbol de Navidad para 100 niños pobres.

Desde aquel momento los árboles de palacio para niños pobres se convirtieron en una tradición anual, y las “obligaciones representativas” de la familia imperial durante esta época del año no dejaba de crecer. Tal fue así que en 1907 el emperador Nicolás II visitó seis árboles solo en una Villa de zares: en hospitales, en una escuela de niñeras y en el cuartel de la guardia.Cada uno recibió una zamarra, zapatos, abrigos, ropa interior o un vestido. Tras el convite, Alexander Tsesarévich (futuro Alejandro III) ordenó derribar el árbol para que los niños pudieran elegir un juguete de recuerdo.

De esta manera lo recuerda el jefe de la guardia imperial de palacio, Alexander Spiridovich: “En el centro de la habitación se puso un tablado con un árbol de Navidad gigante que llegaba al techo y que estaba decorado con numerosas lucecitas eléctricas. […] A las dos en punto llegó el emperador con todos sus hijos y la gran princesa Olga Alexándrovna. […] Los militares se iban acercando en orden a la mesa con regalos e iban sacando al azar un papel con números. Los príncipes, Tsarévich y los oficiales encontraban regalos con los mismos números y se los llevaban a Olga Aleksándrovna, que posteriormente se los entregaba a los ganadores. […] La entrega de regalos le resultaba muy entretenida a Tsarévich. Lo que más feliz lo hacía era que alguien ganara un despertador. Los oficiales le daban cuerda y los hacían sonar, cosa que a Tsarévich le encantaba”.

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