Hitchcock no es un clásico para los rusos

Dibujado por Tatiana Pereliguina

Dibujado por Tatiana Pereliguina

Para los espectadores de la Rusia postsoviética Hitchcock apareció de repente junto con numerosas películas creadas tras el telón de acero a lo largo de décadas. Antes sólo se había oído hablar de él o bien leído los artículos acerca de su trabajo que escribían los pocos críticos soviéticos que podían viajar a Occidente. A las pantallas de la URSS llegaban entre cinco y seis películas norteamericanas al año de directores que la oficialidad soviética calificaba de “progresistas”.

El nombre de Hitchcock se vio en las carteleras sólo una vez, con una película de detectives: Dial M for Murder (Crimen perfecto o Con M de muerte, en español). El público no tenía acceso a sus mejores películas. “La incoherencia y a veces el carácter reaccionario de sus puntos de vista políticos, el carácter de sus convicciones, formadas bajo la influencia del catolicismo, confirieron a muchos de sus filmes un claro carácter conservador”, leemos en la entrada de Hitchcock de El diccionario de cine de 1986, la única enciclopedia del séptimo arte al alcance de los espectadores soviéticos de aquellos años.

Incluso en “los pases privados” para especialistas casi no se exhibían sus películas: los sesudos cinéfilos las encontraban demasiado vulgares, pues miraban con desprecio a los géneros de entretenimiento de masas.

La propuesta de Hitchcock parecía ajena al método del “realismo socialista”, los motivos freudianos de sus filmes eran considerados pseudocientíficos. Por eso, la escuela de suspense psicológico del británico, que nutrió el lenguaje cinematográfico de todo el mundo, en Rusia pasó casi desapercibida: cosquillear los nervios de los espectadores era tenido por una ocupación indigna.

Ni siquiera existían los términos thriller o suspense. Los thrillers de corte soviético se calificaban con el término “ostrosiuzhetnoe kinó” (películas de acción), mientras que el cine de suspense, si penetraba en el cine soviético, era bajo la forma ennoblecida del cine de autor, como en Stalker y Solaris, del director Andréi Tarkovski, sensible a las tendencias artísticas internacionales.

Tarkovski fue uno de los pocos que utilizó el género popular fantástico en sus películas, que nadie se atrevería a tildar de cine de entretenimiento, y necesitaba ese artificio de crear en la pantalla una atmósfera de tensión opresiva mediante escorzos, la luz, el sonido y el ritmo. Aunque, según el testimonio del conocido cinéfilo, Vladímir Dmítriev, el autor de El espejo no se entusiasmaba con la obra del creador de Psicosis.

Es fácil rastrear las huellas del método de Hitchcock, aunque concebidas de manera intuitiva, en los thrillers de Vladímir Jotinenko, tanto en Makárov, que va sobre un poeta que en busca del sentimiento perdido de seguridad se compra una pistola Makárov para convertirla en su esclava, como en 72 metros, un estudio fatalista sobre un submarino que se hunde ante los ojos de toda una ciudad portuaria. En ambos filmes el suspense es uno de los recursos más importantes y eficaces.

Fueron estos directores quienes prepararon al espectador ruso para la comprensión del “género prohibido”, sin buscar en él una lectura social progresista sino valorando únicamente su sentido artístico. Y cuando, en el umbral de los años 90, junto con los millones de casetes VHS que invadieron ilegalmente el mercado del vídeo soviético llegaron a una Rusia en plena transformación las películas más famosas de Alfred Hitchcock, los espectadores penetraron en este mundo de terror y psicológico que ya les resultaba familiar por Stalker.

Los títulos de Hitchcock enseguida se volvieron dignos de exhibirse en las salas de cine de autor y de adquirirse para pasar a engrosar las colecciones de vídeo privadas. En aquel momento, en Rusia, el cine de masas y el elitista se miraban entre sí con hostilidad.

En los círculos de cine profesionales triunfaba el esnobismo. La escuela de Hitchcock se consideraba formal, pero pasó a la categoría de museística, pues para el cine realista era demasiado intencionada: en sus películas había demasiado arte. Por ejemplo, Aleksandr Sokúrov (El arca rusa, El tauro, Fausto), premiado en los festivales de Venencia y de Berlín, descarta en principio la manipulación de las emociones del espectador y, por tanto, se desmarca de Hitchcock.

Los extranjeros en el cine ruso: de la sospecha a la normalidad

Por supuesto, Hitchcock ahora aparece con no poca frecuencia en la televisión, sus obras se muestran a los estudiantes de los institutos superiores de cine. El 1 de agosto en Moscú se inaugura el festival de cine “Hitchcock: nueve obras desconocidas” en el que se mostrarán los títulos de cine mudo del director, poco populares para el gran público. Los primeros trabajos del director británico aún hoy siguen estando cubiertos por un velo de desconocimiento no sólo en Rusia, sino también en Reino Unido.

El Hitchcock temprano es autor de historias melodramáticas que todavía no consiguen que los espectadores se agarren a sus butacas: es posible que a muchos incluso les parezca un director completamente diferente.

Valeri Kichin es crítico de cine, columnista de Rossiyskaya Gazeta, laureado con el premio nacional “El Aries de oro” y el Premio “El elefante blanco” de la asociación de cineastas y críticos de cine de Rusia.

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