Razones para leer a Adam Michnik

Adam Michnik. Fuente: Slawomir Kaminski

Adam Michnik. Fuente: Slawomir Kaminski

“Temo que en Rusia resucite el pensamiento imperial”, escribe Adam Michnik, fundador y director de Gazeta Wyborcza, en el primero de los ensayos que integran el libro “En busca del significado perdido: la nueva Europa del Este”. En él, Michnik revisa algunas fechas clave del desmantelamiento de la Unión Soviética desde la perspectiva de los países satélite, radiografía el revanchismo anticomunista que vivió el país en la etapa posterior a la instauración de la democracia y se aproxima con entereza a la dolorosa cuestión de los pogromos perpetrados por polacos. Éstas son algunas razones por las que leer uno de los libros de ensayo más importantes publicados recientemente.

Crítica al yugo soviético desde la admiración por la cultura rusa 

Michnik pasó seis años en la cárcel desde que se erigió en una de las mentes más activas de la disidencia. Conoció en primera persona los efectos de la ley marcial impuesta en 1981 a raíz de la cual se deslegalizó el sindicato Solidaridad. “Insisto en que soy un verdadero rusófilo antisoviético”, afirma. 

“Amo la gran literatura rusa, que ha sido para mí en varios momentos de mi vida una fuente de fuerza y de esperanza” (p. 26). En algunas de sus artículos recuerda que el Chaadáev de Diario de un loco fue uno de los autores de cabecera de la disidencia polaca. Los escritores rusos que se posicionaron contra el zarismo inspiraron a quienes luego lucharon contra la opresión soviética.

En un reciente artículo publicado en New Republic, además de Chaadáev, Michnik recomienda a los rusos volver a la lectura de Herzen en plena crisis ucraniana. 

“Amamos a los rusos y a Rusia, pero no estamos poseídos por las pasiones patrióticas, por la tediosa locura de la rusomanía; y no es porque seamos cosmopolitas sino porque el amor a nuestro país no implica la solidaridad que encuentra justificaciones a los crímenes”, escribió Alexander Herzen en 1863. 

Michnik, además, observa con inquietud “cómo la administración Putin, destruyendo uno tras otro a los oligarcas bajo la noble consigna de lucha contra la corrupción, ha destruido al mismo tiempo el pluralismo de los medios de comunicación y las instituciones de la sociedad civil”, así como el hecho de que “el Parlamento se vuelva un decorado y los partidos políticos se conviertan en ficción” (p. 26). 

Las lecciones de las transiciones 

Algunas de las vivencias por las que pasaron los polacos inmediatamente después de los Acuerdos de la Mesa Redonda son también conocidas por los rusos del poscomunismo. 

Las grandes expectativas del momento dieron paso al duro choque con la realidad de la economía de mercado. Las revoluciones se gestan con sueños y mitos pero Michnik nos recuerda que, por definición, todas son incompletas y siempre deja a una parte de los implicados descontentos. 

“Creíamos en el mito de la emancipación del mundo del trabajo. (...) Este sueño resultó una ilusión vana, y las duras reglas del mercado sustituyeron a la lógica de la emancipación. Las primeras víctimas fueron los que nos habían traído la libertad a golpe de huelgas: los mineros y los obreros de la fundiciones, de los astilleros y de las refinerías.  No tenían culpa alguna, pero pagaron el precio más alto. No trabajaban peor que antes, pero el fantasma del paro se cernió sobre ellos. Y nosotros no sabíamos cómo hacer compatible la aspiración a tener una economía saneada con la preocupación por aquella gente que, sin ser culpable de nada, caía víctima del mercado” (p. 9). 

El recuerdo de la revolución húngara de 1956 

En noviembre de ese año, el entonces primer ministro Imre Nagy proclamó la neutralidad de la República Federal de Hungría. En otras palabras, anunció la salida unilateral del Pacto de Varsovia por parte de su gobierno, todo un desafío a la Unión Soviética. 

En diez días, sin embargo, el ejército enviado por Moscú apagó la insurrección. “Jruschov fue un desestalinizador a su manera, pero los húngaros –a diferencia de los polacos- traspasaron el límite de una desestalinización tolerable para el Kremlin” (p. 97).

Michnik traza paralelismos en las evoluciones de ambos países, Hungría y Polonia, durante sus procesos de resistencia. Władysław Gomułka, entonces Secretario General del Partido Comunista polaco, evitó que se produjera una intervención militar sangrienta como en Hungría pero eso no evitó un estado de permanente recorte de los derechos humanos: “Ningún triunfo le ha sido deparado a una nación de una vez para siempre y ninguna derrota es definitiva. A veces, la derrota es la madre de la cordura, y a veces el éxito genera conformismo y pereza mental” (p. 98). 

El caso húngaro supuso para Polonia una llamada a la prudencia. “El recuerdo de la revolución húngara –y también de la Primavera Praga de 1968- eran para nosotros una doble lección. La primera, que la resistencia era posible puesto que se había producido. Un sistema que utiliza la falsedad y la violencia para defenderse debe ser atacado –sosteníamos- con el arma de la verdad y sin el uso de la fuerza. La segunda era que los cambios eran posibles, pero, mientras durara el imperio soviético, tenían un límite” (p. 99). 

La defensa a ultranza de la democracia 

Una de las constantes del libro es la reivindicación de la democracia como el espacio privilegiado de la disensión pacífica: “La democracia es un diálogo permanente, donde polemizan los valores y los métodos para ponerlos en práctica. Y también es un debate sobre el pasado, una polémica acerca de la verdad histórica, así como el empeño en proteger la libertad de protegerla” (p. 104). 

Uno de los agentes corrosivos de la democracia es el “lenguaje de la alcantarilla”, en expresión de Michnik, el lenguaje que deshumaniza y permite que la democracia, según Edmund Burke, sea aquel sistema en que la mayoría de los ciudadanos son capaces de ejercer la más cruel represión contra la minoría. 

Una de las grandes desilusiones de los polacos –común a la de todos los países zarandeados por un cambio social y político de grandes dimensiones- fue que la independencia y la consecución de la democracia no condujo a la resolución de todos los problemas, por lo que es lógico que se instale un sentimiento de enfado: “los corruptos no habían dejado de aceptar sobornos” y “los delitos habían quedado impunes”. 

La historia, además, ha demostrado que un pueblo amante de la libertad puede convertirse en cualquier momento en “un populacho lleno de odio”. Por eso el historiador y el periodista deben “captar los tonos peligrosos” y plantar cara a la muchedumbre. La cuestión, según Michnik, es saber hasta dónde debe la democracia ceder ante la demagogia. “¿Acaso tratas las mentiras y las infamias como si fueran ingredientes plenamente válidos del debate político no es un camino que no conduce a ninguna parte? ¿Es posible un compromiso con la alcantarilla?” (p. 132). 

El compromiso individual y los totalitarismos 

“¿Qué es lícito firmar durante un interrogatorio policial y qué no se debe firmar bajo ningún concepto? ¿Es mejor actuar en la clandestinidad, o es preferible hacerlo legalmente, pero a costa de compromisos varios? ¿Emigrar o quedarse en el país? ¿Conspirar y preparar revueltas, o buscar acuerdos y limitarse al trabajo orgánico?” (p. 224). Son preguntas de difícil respuesta cuando el individuo tiene que hacer equilibrios para conservar su integridad en una dictadura. 

¿Hasta dónde puede mantener a salvo su compromiso? Unos escogen la insurrección, y los pocos que tienen el coraje de hacerlo luego son venerados. Otros se exilian. 

Luego está la alternativa de la adaptación, tal vez la ambigüedad. Pero ninguna solución es 100% satisfactoria. Nadie sale indemne de una dictadura. 

Michnik dedica, por ejemplo, uno de los ensayos a los ataques que recibió el Premio Nobel de literatura Czesław Miłosz y a las campañas de desprestigio contra él y contra otros muchos. 

“Lo más importante no son los motivos de nuestros actos, sino sus consecuencias”, recuerda. Michnik acude por una respuesta a Adam Mickiewicz, que, a su vez, parafrasea a Maquiavelo: “El ardid es la única arma del esclavo”. Recordemos que la prohibición en 1968 del montaje de Los antepasados de Mickiewicz fue el detonante de fuertes protestas en las universidades polacas. Gomułka dijo que era inadmisible “transformar el dardo antizarista de Los antepasados en una arma antisoviética”. 

La cuestión judía 

“La libertad nos ha traído la necesidad de revisar nuestra historia», afirma Michnik al inicio del libro. Y a veces volver a esa historia significa enfrentarse a hechos insoportables. 

Tal es el caso del pogromo de Kielce y la masacre de judíos de Jedwabne asesinados a manos de polacos en 1941. La memoria de polacos y judíos no ha encontrado todavía un diálogo sólido. 

“En su subconsciente, la gente de Polonia recuerda sin duda que fueron ellos quienes se instalaron en las viviendas de los judíos que habían sido trasladados al gueto por los nazis antes de ser asesinados” (p. 295). 

La crítica que lanza Michnik hacia su país es la de haber mantenido la mentira –siempre se había afirmado que los responsables de Kielce y Jedwabne fueron los alemanes- durante decenios. 

Según Michnik el diálogo tardó tanto en iniciarse porque la entrada del Ejército Rojo en Polonia tuvo significados muy distintos para unos y otros: los judíos vieron el final de las cámaras de gas y los polacos el inicio de otra dictadura. 

“Este es uno de los asuntos más embrollados y trágicos de la historia contemporánea de Polonia. No fue un conflicto entre polacos y judíos, sino un conflicto entre polacos y comunistas, del que los judíos a menudo se convirtieron en víctimas” (p. 251). Cabe recordar que Michnik es un polaco con raíces judías y que el Holocausto devoró a casi toda su familia. 

El espíritu de concordia 

En los Acuerdos de la Mesa Redonda se sentaron víctimas y verdugos. Se llegó a un pacto que supuso la caída del gobierno prosoviético en Polonia con un saldo pequeño de víctimas, en comparación con otros procesos. 

De hecho, cuando el país eslavo celebraba el inicio de su transición, en China se masacró a los protestantes de la Plaza de Tiananmen. Los logros en el caso polaco –la llamada 'cuadratura polaca del círculo'- se debieron a que la disidencia no pretendió tomar las altas esferas de poder, “Solidaridad buscó soluciones consensuadas, mientras que las autoridades comunistas no supieron proponer un modelo sensato de coexistencia” (p. 45). 

La proclamación de la ley marcial fue la constatación de que a los comunistas no les quedaba otra respuesta que la fuerza bruta. A cambio, “Polonia evitó una intervención militar soviética que habría podido causar miles de víctimas y a consecuencia de la cual tal vez ninguno de los presentes estaríamos vivos” (p. 77). 

Lo que ataca frontalmente Michnik es la actitud revanchista que se instaló en la joven democracia y las amenazas que hubo para utilizar los archivos de la policía secreta soviética para iniciar una caza de brujas. “El ojeador se rige por el resentimiento. Nadie que tenga un poco de autoestima participará en una batida. Quien siente respeto por su dignidad, defiende su posición en los debates y esgrime argumentos. Alguien así desprecia el acoso y el lodo de las calumnias (…) El resentimiento es la intoxicación del espíritu” (p. 152). 

En busca del significado perdido: la nueva Europa del Este

Adam Michnik

Editorial Acantilado

Traducción de A. Rubió y J. Sławomirski