Mientras todavía estudiaba en la Universidad de Moscú, Herzen y su socio, Nikolái Ogarev, crearon a su alrededor un círculo de pensadores que debatían ideas de libertad e igualdad. Como resultado de su relación con ese tipo de gente y de opiniones, Herzen fue arrestado y pasó varios años exiliado en rincones remotos de Rusia, como Perm, Viatka y Nóvgorod. Sin embargo, no comenzó realmente su actividad como disidente hasta que estuvo en el exilio, donde podía expresar libremente sus opiniones liberales.

No obstante, cuando Nikolái Chernishevski, el autor de “¿Qué hacer?”, instó a los rusos a “coger las hachas”, Herzen respondió que “sería mejor exigir primero que la gente cogiera la escoba, y dejar las hachas tranquilas por ahora”.

De hecho, a Herzen lo persiguieron las decepciones. Empezó sintiendo una apasionada filia por Occidente. Dado su gusto por la filosofía alemana y su admiración por el socialismo francés, Herzen viajó por toda Europa, pero se sintió defraudado por las revoluciones que hicieron temblar el continente en 1848 y por sus resultados. Su fe en el potencial de la gente común fue su último refugio, y se convirtió en una especie de evangelista que, con celo misionero, iba haciendo que intelectuales con ideas liberales y revolucionarias se convirtieran a sus creencias. Pero los jóvenes que siguieron su llamada y acudieron en masa a las aldeas se aburrieron enseguida de educar a los campesinos.

En un determinado momento, Herzen comenzó a interesarse por los Estados Unidos. “Esta gente, joven y emprendedora, mentes comerciales antes que verdaderos intelectuales, está tan ocupada asentándose que no conoce ningún dolor lacerante”, escribió sobre los americanos. “Las cifras que reflejan los diferentes estamentos sociales cambian continuamente. Un tipo de gente se está expandiendo rápidamente: el del fornido colono inglés. Si prevalece, la gente probablemente no será más feliz, pero sí estará más satisfecha. La satisfacción será más aburrida, más pobre y lánguida de lo que contemplaban los ideales románticos europeos, pero no habrá reyes, ni centralización, y, muy posiblemente, tampoco hambre”.

En 1852 Herzen se mudó a Londres, donde fundó su Prensa Rusa Libre, y publicó su famoso periódico 'Kolokol' (La Campana). Sobre esta publicación escribió el líder revolucionario ruso Vladímir Lenin: “Herzen fue el fundador de la prensa rusa libre en el extranjero, lo cual es un gran logro. 'Kolokol' defendió sin descanso la emancipación del campesinado ruso”.

Herzen, el disidente número uno


Aunque hubo disidentes en Rusia antes de Herzen, fueron sus convicciones las que dieron forma al movimiento opositor ruso, y posteriormente, al soviético. Hay cinco diferencias principales entre un disidente y un ciudadano ordinario. La primera es, simple y llanamente, la conciencia. Ningún disidente puede disfrutar de la vida a costa del sufrimiento ajeno. Segundo, un disidente cree ciegamente en que el bien salvará a la humanidad. La tercera diferencia es la determinación para actuar: un disidente se armará de valor y, saliendo de la multitud, dará un paso al frente. El quijotismo es la cuarta diferencia. Los disidentes rusos rara vez esperan tener éxito en el futuro cercano, ya que siempre son parte de un círculo reducido, alejado de la gente común. En quinto lugar, los disidentes nunca recurren a la violencia. Herzen observó meticulosamente este principio, condenando las ambiciones jacobinas de los marxistas. Probablemente, se habría sentido horrorizado si hubiese sabido que los ecos de su periódico 'Kolokol' despertarían a los revolucionarios de tipo bolchevique.

Hoy en día, los disidentes en Rusia probablemente se cuentan por millones y no se ponen tantas trabas a sus actividades como antaño. Sin embargo, la experiencia de los movimientos disidentes del pasado sigue siendo importante para la sociedad y posiblemente Herzen diría que todavía existe la necesidad de que exista una “minoría consciente”.

¿Qué habría dicho Herzen sobre los recientes eventos políticos en Rusia? Probablemente habría repetido las palabras que escribió sobre su amarga desilusión con los resultados de la revolución de 1848 en Francia: “Esa ciega agitación entre la gente brota del hambre. Si un proletario viviese un poquito mejor, no pensaría siquiera en el comunismo. Los bárbaros están satisfechos: sus propiedad está bien protegida y han abandonado su deseo de libertad e independencia. Todo lo contrario, apoyan a un gobierno fuerte y sonríen por encima del hombro cuando se enteran de que se han incautado de una revista y de que han metido en la cárcel a alguien por sus ideas. Esto molesta y exaspera a un pequeño grupo de excéntricos, mientras los demás van pasando con apatía: están preocupados, tienen que atender sus negocios, tienen familia. Esto no significa que no tengamos derecho a exigir una independencia total, sino que no debemos molestarnos si la gente se muestra indiferente ante nuestras tribulaciones”.

Este artículo fue compilado con información proporcionada por la revista Ogoniok y Radio Liberty.