La aventura de ser africano en Moscú

Los africanos en Rusia siguen siendo una comunidad que despierta curiosidad pero desconocida y tratada como exótica.

Restaurantes, exposiciones, conciertos… África está más presente que nunca entre los jóvenes moscovitas. El número de turistas rusos que visitan el llamado continente negro también ha aumentado progresivamente en los últimos años, sobre todo entre el sector dedicado al turismo de lujo.

Durante decenios la URSS sufragó los estudios y entrenamientos militares de estudiantes y guerrilleros africanos, quienes llegaron por miles a territorio soviético durante el proceso de descolonización. La Universidad Patrice Lumumba (ahora Universidad para la Amistad de los Pueblos) en el sur de Moscú era su principal destino; las cocinas de su residencia de estudiantes parecían una ONU jacobina.

Una vez finalizado el periodo de estudio, la mayoría de estos aprendices de revolucionarios volvían a su país de origen, donde ponían en práctica las herramientas teóricas recibidas en universidades donde estudiar era gratis y proporcionaban una calidad de enseñanza relativamente alta.

No obstante, varios centenares se quedaron tras encontrar pareja en Rusia, ignorando así las supuestas obligaciones históricas o nacionales. Según el Instituto para Estudios Africanos de la Academia Rusa de las Ciencias, son este grupo de inmigrantes los que mejor se han adaptado, independientemente del país de origen.

Con el colapso de la URSS los estudiantes africanos dejaron de venir. Las universidades exigían el pago de matrículas cada vez más altas, la calidad de la enseñanza empeoró por la falta de recursos y la emigración de profesores a Occidente, las becas se eliminaron, y la posibilidad de conseguir visado se complicó.

En este sentido, Rusia sólo mantuvo facilidades para aquéllos ciudadanos que proveían de un país en guerra. De hecho, según ha reconocido la propia Embajada de Angola en Moscú, unos 150 falsos angoleños entraron en Rusia durante los años 90 provenientes de la República Democrática de Congo (antiguo Zaire), después de comprar pasaportes sellados en Luanda.

“Llegué a Rusia en 1988, cuando todavía era la Unión Soviética. Por entonces la URSS formaba a muchos estudiantes del Tercer Mundo, de África, de Asia, América Latina, Oriente Próximo… los africanos éramos los más marginados porque, como en Europa, había muchos prejuicios. Así que los estudiantes llevábamos una vida aparte, nada que ver con la de los rusos. Su nivel de vida era más elevado. Nosotros hacíamos nuestra vida en la residencia de estudiantes y apenas hablábamos con los rusos”, nos cuenta Boly Kane, quien nació en Senegal y ahora trabaja en el Instituto Pushkin de Moscú.

“Había cierto resquemor y una especie de racismo verbal, el cual se explica, en mi opinión, por la ausencia de información. Ellos culpaban a África de sus males y pensaban que nosotros no teníamos donde ir. Pero no había violencia en general. El racismo era pasivo. Tras la caída de la URSS empezaron a llegar los inmigrantes transitorios, aquellos que iban hacia Europa pero no conseguían visas. La mafia y la corrupción eran galopantes. La droga circulaba libremente y para sobrevivir muchos africanos empezaron a trabajar como camellos. Sobre todo nigerianos”, reconoce Boly.

Según un estudio de Dmitri Bondarenko y otros profesores de la Academia de las Ciencias Rusa, los inmigrantes que llegaron tras el colapso de la URSS no sólo han tenido más problemas para adaptarse, sino que también encontraron comunidades más fragmentadas y poco contacto con los africanos que ya estaban en Rusia. 

Coordinación de las diferentes comunidades

La mayoría de estos nuevos inmigrantes han ido llegando sin muchos conocimientos de ruso, se concentraban en las dos grandes urbes del país (Moscú y San Petersburgo), y esperaban entrar en Rusia para después alcanzar un tercer país.

Tras un par de décadas en Rusia, las diásporas se han empezado a coordinar, sobre todo por países. Según Serguéi Serov, del Instituto de Estudios Africanos, la comunidad nigeriana es la mejor organizada en Rusia (con más de 200 miembros en contacto), seguida de la camerunesa y la etíope.

Desde 2001 se publica la revista mensual ‘My Africa’, editada mensualmente (con artículos en inglés, francés y ruso) y una tirada de 10.000 ejemplares. Existe además la Federación de Emigrantes Rusos, fundada en 2007 por empresarios del sureste asiático.

Hasta la Perestroika, la imagen de los africanos entre los rusos solía ser bastante positiva, vinculada con la lucha contra el imperialismo y el atraso económico. Fue a finales de los 80 cuando se empezó a relacionar África con el notorio derroche de recursos de la Unión Soviética, particularmente tras la Glasnost, el colapso económico y la nueva estrategia en política exterior. 

A pesar de varios casos de ataques violentos contra africanos en Rusia, la investigadora Elena Jaritonova del Instituto de Estudios Africanos, asegura que los rusos en general no tienen una imagen negativa de los inmigrantes provenientes de África y que grupos racistas como el Movimiento Contra la Inmigración Ilegal (Dvizhenie Protiv Nelegalnoi Immigratsii) arremeten sobre todo contra inmigrantes caucásicos y de Asia Central.

En opinión de Jaritonova, el racismo no es más intenso en Rusia que en otros países. Para la investigadora, el odio a comunidades no occidentales se debe a la inexistencia de una sociedad civil y falta de conciencia colectiva entre los rusos. Además del aprovechamiento de los inmigrantes que algunos empresarios realizan para pagar menos.

No obstante, algunos pequeños detalles como el lanzamiento de bananas a jugadores negros y mulatos durante partidos de fútbol parecen decir lo contrario.

Según Boly, “el nacionalismo y el discurso xenófobo fue recuperado por los skinheads rusos, quienes apalearon durante un tiempo a todos aquellos que no eran europeos. Los africanos tuvimos decenas de muertos; pero eso se controló con Putin en el poder. La situación ha mejorado pero los africanos todavía buscan su sitio en la sociedad rusa. Yo puedo decir que mi caso es particular, ya que soy un africano totalmente integrado en Rusia. Incluso ya no tengo amigos africanos”. Para concluir, Boly pone como ejemplo de integración el caso de Joachim Crima.

Joaquim nació en Guinea-Bissau hace 41 años. Él llegó a Rusia en 1989 para estudiar en la universidad pedagógica de Volgogrado. Se casó con Annit, de origen armenio, y tienen un hijo de 14 años. Joaquim vive de la agricultura (siembra melones y sandías), pero en 2009 saltó a la fama por ser el primer candidato negro a la alcaldía de una ciudad rusa, Srednaya Ajtuba. Incluso lo llamaron el ‘Obama ruso’. Al final perdió; el slogan de su campaña era: ‘Trabajaré como un negro por Rusia’.

Además de evidentes problemas de adaptación y rivalidades étnicas y religiosas entre la diáspora, los africanos en Rusia siguen siendo una comunidad que despierta curiosidad pero desconocida y tratada como exótica.

Según otro estudio del Instituto de Estudios Africanos, sólo el 36% de los entrevistados en Rusia fueron capaces de nombrar 5 países subsaharianos. El 26% ni siquiera recordaban el nombre de un solo país en la región. A la pregunta de qué personajes africanos famosos conocían, los entrevistados respondían que Pelé y Naomi Campbell (brasileño y británica), y sólo el 14 y 11% respectivamente nombró a Nelson Mandela y Patrice Lumumba.

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