La apuesta cubana de Washington y los cálculos de Moscú

Dibujado por Tatiana Perelíguina
El acuerdo entre los EE UU y Cuba sobre la apertura de las embajadas constituye un nuevo paso hacia la normalización de las relaciones bilaterales entre estos dos países. Este acontecimiento ha provocado un aluvión de comentarios sobre el impacto que esto tendrá en la relación de Cuba con sus viejos y nuevos socios. ¿Debería temer Moscú la pérdida de influencia en Cuba?

Desde la revolución cubana, la isla fue durante décadas el bastión soviético en el hemisferio occidental. Algunos bromistas incluso afirmaban que Cuba era, en realidad, una abreviatura de Kommunisty u beregov Ameriki (en español 'los comunistas del litoral norteamericano'). El colapso de la URSS y las reformas aplicadas al mercado ruso en los 90 provocaron una salida inmediata de Rusia de la isla: cientos de edificios fueron abandonados y se canceló la cooperación militar y el suministro de petróleo. A principios de la década del 2000, Moscú decidió cerrar la estación de radar de Lourdes

Rusia retomó la relación con La Habana en 2006 con la firma de un acuerdo para la creación de un puente aéreo, el suministro de locomotoras y la construcción de nuevas líneas de comunicación con el puerto de Mariel con el fin de convertirlo en uno de los mayores puertos del Caribe. El mayor avance en este diálogo fue la condonación en 2014 del 90 % de la deuda de Cuba con Rusia,  que ascendía a 35.300 millones de dólares, así como un acuerdo de inversión para la prospección de yacimientos petrolíferos en la plataforma cubana, la construcción de varios bloques para una central termoeléctrica y la creación de empresas conjuntas en el campo de la metalurgia y la industria farmacéutica.

La noticia sobre el acercamiento entre Cuba y los EE UU, que se hizo pública en diciembre de 2014, no fue ninguna sorpresa para Moscú. Según algunos expertos, como mínimo, los analistas rusos ya intuían los acuerdos secretos entre La Habana y Washington. No en vano el Kremlin decidió resolver las pugnas que pudieran existir entre Rusia y su antiguo aliado en el hemisferio occidental.

Aunque Rusia apoya oficialmente el 'reinicio' cubano-estadounidense, también tiene ciertos recelos. En 2018, cuando Raúl Castro deje el gobierno, la administración cubana experimentará una renovación de la plantilla y aún se desconoce el rumbo que seguirán los nuevos dirigentes del país. Si EE UU se decide por una normalización plena, la competencia en el ámbito económico podría ser demasiado intensa para Moscú, y no cabe duda de que Rusia no querrá perder sus contratos millonarios con la isla ni los fondos invertidos en esta.

Sin embargo, se dan algunas circunstancias que deberían tranquilizar tanto al sector empresarial como a las élites políticas rusas. En primer lugar, gran parte de la industria cubana esta 'amoldada' a los estándares técnicos rusos, y cambiarlos de la noche a la mañana no beneficia a nadie.

En segundo lugar, EE UU no solo tendrá que competir con Rusia, sino también con China y la Unión Europea. La visita a La Habana del presidente francés, François Hollande, en primavera de 2015 demuestra que la UE no tiene intención de ceder las posiciones ganadas en el mercado cubano durante la ausencia en la isla de las empresas norteamericanas. La exclusión de Cuba de la lista de Estados que apoyan el terrorismo favorece a los empresarios extranjeros, quienes a partir de ahora tendrán menos reparo en invertir dinero en la economía del país.

Por otro lado, la expansión de China por el territorio latinoamericano supone una amenaza directa a las posiciones de los empresarios norteamericanos. La normalización de las relaciones entre Cuba y EE UU parece más una reacción ante la entrada en escena de China que una respuesta a Moscú.

Washington intenta allanar el terreno para debilitar, con el tiempo, el frente antiamericano desplegado en América Latina y que tiene su base en el intenso marco de cooperación existente entre Cuba y Venezuela. Por su parte, Rusia tiene margen de maniobra en el supuesto de una confrontación entre China y los EE UU.

Un brusco viraje de la política exterior cubana en contra de los intereses de Moscú resulta poco probable. Antes de la normalización de sus relaciones con EE UU, Cuba ya había adoptado una posición moderada. A pesar las declaraciones realizadas por el líder de la revolución cubana, Fidel Castro, sobre las "ilegalidades cometidas por los combatientes georgianos, armados hasta los dientes por los Estados Unidos" en Abjasia y Osetia del sur, Cuba ni siquiera se planteaba el reconocimiento diplomático de los territorios separatistas de Georgia.

Tampoco quiso La Habana conceder asilo a Edward Snowden... El radicalismo del socialismo cubano tiene sus límites.

Para muchos cubanos, el socialismo no constituye una observación ciega de los enunciados marxista leninistas, sino más bien una demostración de independencia. En las últimas décadas, Cuba se ha erigido como un país capaz de desarrollar su propia política exterior con independencia de sus 'hermanos mayores' (Moscú y Washington). Es poco probable que los inevitables cambios políticos en la isla conduzcan a un abandono de este enfoque. Hace tiempo que América Latina dejó de ser el 'patio trasero' de los EE UU.

Y volviendo a los objetivos de Moscú, hay que destacar la importancia que tiene para Rusia la mejora del estatus de la región latinoamericana tanto en la economía mundial como en el campo de las relaciones internacionales. El acercamiento de La Habana y Washington implica algunos riesgos para Rusia, pero supone una ventaja en lo que respecta a la consolidación de un mundo multipolar. El gambito cubano solo es el inicio.

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