Ventana a la Rusia de verdad

servicio de prensa
Un viaje en tren de cercanías o “electrichka” es una de las mejores y más sencillas maneras de acercarse a los rusos.

Según dicen los extranjeros que viven en Moscú, alguien se gana el título de local cuando empieza a utilizar los trenes de cercanías o 'electrcihkas' de manera habitual. Es muy fácil moverse en metro y hay mapas en todos los lugares, incluso ahora están apareciendo señales en inglés. Pero la electrichka es otra cosa, aunque sea limpia y segura, supone una aventura y una de las maneras más sencillas de reconocer la enormidad de Rusia.

Los trenes de cercanías que conectan Moscú con los pequeños pueblos situados alrededor de la capital son también muy populares en verano, cuando los moscovitas se dirigen en masa a sus dachas. En estos trenes apenas se oye cuál es la siguiente estación, de modo que si una persona no está familiarizada con la ruta, es fácil que se pase un par de estaciones.

En septiembre traté de hacerme local visitando a mis amigos de los suburbios y yendo en electrichka de manera habitual, normalmente fuera de la hora punta. Resultó ser una buena manera para interactuar con personas que, de otra manera, no habría conocido.

Durante un viaje al histórico pueblo de Mozhaisk (famoso por la batalla de Borodinó), conocí a una veterano de la guerra de Afganistán, que me habló sobre su periodo en el frente durante los años 80.

En otra ocasión, durante un viaje más largo, comencé una conversación poco trascendente a la que se fueron uniendo cada vez más personas acabamos debatiendo desde geopolítica hasta los misterios del universo. Está claro que algo así no habría podido ocurrir en el ajetreado Moscú. Parece que los moscovitas abandonan las prisas y son más accesibles cuando van en la electrichka.

Más allá de Moscú

Ria Novosti / Aleksander KriazhevRia Novosti / Aleksander Kriazhev

Las electrichkas son uno de los mejores legados de la época soviética. Se aseguraban de que los pequeños pueblos estuviesen conectados entre sí y con las ciudades. Lo cierto es que he sido afortunado por poder viajar en estos trenes en otras partes del país.

Los trenes de Moscú se han modernizado y ahora hay máquinas para comprar billetes y códigos electrónicos para validarlos. Esta tecnología no hay llegado todavía a Siberia o a otros lugares del este.

En mis numerosos viajes a Vladivostok, mis entonces amigos universitarios insistían en que viajase sin billete. Realmente parecía que nadie compraba los billetes en los trenes que unían la ciudad con lugares tan bellos como el sanatorio o la bahía de Samora.

Como estudiante extranjero me sentía incómodo con la idea de viajar sin billete y pensaba que me iban a multar. Mis amigos se reían y decían que si eso ocurría Ferrocarriles Rusos podría conseguir algo de dinero con las multas que debían todas las personas que iban sin billete.

En una ocasión vimos entrar a un hombre con uniforme de revisor a nuestro vagón. Al tenía que ocurrir, nos iban a agarrar sin billete en el tren... o eso es lo que pensamos. El hombre ignoró a todo el mundo y vino directamente hacia mí. Mientras me preparaba para pagar por mi falta y estaba a punto de sacar el dinero del bolsillo, me pregunto en un inglés bastante decente si tenía un cigarrillo. Todos nos empezamos a reír.

Ese mismo día insistí para que compráramos los billetes de vuelta a Vladivostok, pero para nuestra sorpresa, no había nadie en el punto de venta.

Desde nerviosos inmigrantes irregulares que huían de la policía, hasta músicos camino de  una rave, siempre me crucé con gente "interesante" en mis viajes en electrichka por Vladivostok. Pero hay un caso que sobresale por encima de los demás. Mientras salíamos de la ciudad oímos a un niño cantando en el vagón. Tenía buena voz y cantaba en una lengua que no reconocíamos. Resultó que era gitano. Sabía que en Rusia hay gitanos pero no me había parado a pensar que viajasen hasta la costa del Pacífico.

El niño debía tener siete u ocho años. Mientras pasaba entre los pasajeros en busca de alguna moneda, me vio. Ambos estábamos igual de sorprendidos por la presencia del otro. Era la primera persona con rasgos indios que veía en varios meses. Debió de preguntarse de dónde era yo y se me quedó mirando un rato. Le dimos una fruta y una barra de chocolate (que realmente se había ganado con su canto) y luego traté de preguntarle algo en ruso. No nos entendía. Lo intenté en hindi y en inglés pero tampoco entendía nada. Todavía me pregunto acerca de la historia de este chico. Ahora tiene que haber crecido y ser un joven.

Recomiendo a todo el mundo que viaje a Rusia que se suba a una electrichka. En pocas ocasiones he conocido a alguien sin una historia interesante y que no estuviera dispuesta a comprartirla sentado en un vagón de tren.

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