Islas Solovkí: donde la noche es de otro color

Fuente: Valeria Saccone

Fuente: Valeria Saccone

Cerca del Círculo Polar Ártico, las islas se han convertido en un lugar de refugio espiritual y de peregrinación. Fueron, además, el primer gulag.

El archipiélago de Solovkí, en el norte de Rusia, evoca muchas imágenes: interminables noches de luz durante el solsticio de verano; jornadas de oscuridad perenne, cuando llega el invierno; un frío polar que convierte el mar Ártico en una tabla de hielo; la profunda espiritualidad que emana de su monasterio, y un claro halo de terror ligado a la creación del primer gulag de la URSS.

Situado en medio del mar Blanco, cerca del Círculo Polar Ártico, hoy es un destino turístico en auge, especialmente en la época de las noches blancas, cuando el sol da la vuelta al cielo nórdico de estas islas encantadas sin llegar a desaparecer del horizonte.

Cerca de 40.000 personas visitan cada año el lugar, que tan solo cuenta con 1.000 habitantes: 10.000 son turistas; el resto, unas 30.000 personas, son polómniki, peregrinos, que buscan encontrarse en retiros espirituales.

En su mejor época, el monasterio de Solovkí, que lleva el nombre de la isla principal del archipiélago, llegó a contar con 400 monjes y varias filiales en las otras islas. Hoy solo quedan unos 40. Algunos son exsoldados que, marcados por las guerras de Chechenia, se refugiaron en este paraje en busca de paz. 

Mantienen un estilo de vida austero y apenas hablan con los habitantes de la zona. Eso sí, el monasterio se puede visitar; incluso se puede asistir a las misas ortodoxas que se celebran cada mañana a las 6 y a las 8.

En verano se llega a Solovkí por barco y por aire. Los turistas tienen la opción de realizar excursiones a varias de las islas, pasear en bicicleta, bañarse en sus lagos o en el mar Blanco y contemplar el espectáculo natural que ofrecen las Noches Blancas, tan efímero como único.

Laberintos esotéricos

Solovkí también es un destino muy conocido por arqueólogos y esotéricos, atraídos por sus famosos laberintos prehistóricos. Allí se encuentran unas enormes espirales de piedra, parecidas a las que existen en Inglaterra y Australia. El misterio está en que todavía ningún experto ha conseguido esclarecer quién los construyó, ni cuándo, ni para qué.

Los estudiosos que han dedicado años a la difícil tarea de desentrañar esta incógnita les atribuyen más de 3.000 años. Para algunos, se trata de templos ancestrales erigidos por los lapones. Según la tradición oral de este pueblo, podrían ser obra de “gigantes”.

Un investigador local asegura que esos laberintos eran usados como calendarios, una teoría que no convence a otros expertos, ya que pueden ser recorridos de distintas formas, lo cual supone una limitación a la hora de establecer un orden de lectura. Otros ven en estas espirales un culto a la muerte. Aunque hay mucha literatura publicada sobre el tema, los lugareños están convencidos de que el laberinto más grande del mundo es el de Solovkí.

La huella del gulag

La muerte está muy presente en estas islas, tanto por las condiciones extremas de su clima invernal, donde los 40 grados bajo cero son habituales, como por su pasado oscuro, ligado a los albores de la era soviética. Fue aquí donde Lenin creó el primer gulag de la URSS, el campo de prisioneros de Solovkí. 

Las noches blancas llegan a San Petersburgo

Si en la época zarista Solovkí ya sirvió como cárcel, con el triunfo de la Revolución de Octubre se convirtió en un lugar donde fue concebida y ensayada toda la estructura de represión del sistema soviético. Allí, entre 1923 y 1939, unos 350.000 prisioneros fueron condenados a trabajos forzosos, sin calefacción y con escasa comida. Se calcula que cerca de 20.000 personas murieron de hambre y otras enfermedades.

El campo de prisioneros de Solovkí fue el prototipo de la red de prisiones implantada hasta en los rincones más recónditos del país que el escritor disidente Alexander Solzhenitsyn bautizó como Archipiélago Gulag. 

Allí se definieron las reglas del terror que terminarían imponiéndose en la vida de los presos de todos los centros soviéticos de detención. Sus carceleros estudiaron detalles macabros como cuántas calorías precisa a diario un preso para trabajar con eficiencia sin desfallecer o el mejor método para fusilarlos. Solovkí fue así pionera de la arquitectura del terror.
Hoy, el Museo del Gulag mantiene viva la memoria de aquella era con una completísima exposición de fotografías, objetos y vídeos. A él acuden jóvenes de todo el espacio postsoviético en busca del rastro de sus bisabuelos, desaparecidos en los recovecos de esta dura historia.

Olga Bechkariova, fundadora del museo, invirtió mucho en bucear en los archivos del Estado para ayudar a los que quieren saber la verdad sobre los suyos. Ha dedicado 30 años a ese tema.

Desde que Gorbachov abrió los archivos nacionales y locales, en 1988, leyó miles de documentos, vio centenares de fotos y estudió decenas de películas sobre el trabajo en los gulag, unas cintas lúgubres rodadas por los agentes del NKVD (el organismo de espionaje anterior al KGB).

Así, la huella del gulag todavía es visible en Solovkí. Muchas de las construcciones son cabañas y barracones levantados por prisioneros, la red de carreteras fue construida empleando mano de obra del campo penitenciario, y muchos residentes son descendientes de los prisioneros.

Pero la belleza de esta isla diluye el horror de antaño y encandila al visitante con sus colores magenta, mientras los días más blancos del año confieren un sabor especial a este pedazo desconocido del mundo.

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