A la conquista de la montaña más alta de Europa: el monte Elbrus

Pablo Matía Serú descansa con el equipo ruso en uno de los refugios de la montaña

Pablo Matía Serú descansa con el equipo ruso en uno de los refugios de la montaña

De la Patagonia al monte Elbrus, pasando por Madrid, Pablo Matías Serú es un montañero solitario. Originario de la provincia petrolera de Neuquén, ha coronado las principales cumbres de la Argentina, España y Marruecos en expediciones independientes, sin más ayuda que su experiencia y una buena dosis de sentido común.

Fuente: Archivo personal

Cuando decidió conquistar el Elbrus, situado en la república de Kabardia-Balkaria, en la frontera entre Rusia y Georgia, estaba viviendo en Madrid. Y tenía claro que, tras el Aconcagua –la cima más alta de todo el continente americano– quería alcanzar otra de las famosas ‘Siete cumbres’. 

Una auténtica locura

“El Elbrus es la montaña más alta de Europa, por mucho que los franceses digan que es el Mont Blanc”, asegura entre risas. Sus 5.642 metros representaban para él todo un reto. En 2010 Pablo partió rumbo al Elbrus en solitario, sin hablar una sola palabra de ruso y sin patrocinadores. “Pensaba que estaba en Europa y que acá siempre hay alguien que habla inglés. Pero en los pueblos de Balkaria ni siquiera hablan ruso, hablan un dialecto incomprensible”, recuerda.

Precavido, había anotado en su libreta los nombres de los lugares clave en ruso. Pero ni de lejos podía imaginar la aventura que le esperaba en el aeropuerto de Mineralnye Vody, en el Cáucaso. “Desde el minuto uno me di cuenta de que la comunicación era complicada. Ni siquiera lograba explicar que quería ir en ómnibus a Terskol”, cuenta divertido.

En Terskol conoció a una chica que le explicó en un inglés precario que subir al Elbrus en solitario era muy peligroso, sobre todo por las grietas en el hielo. “Pero yo estaba empeñado en que tenía experiencia”, relata. En el afán de conseguir su objetivo, se entregó a la conducción temeraria de un taxista local, que convirtió las estrechas carreteras de montaña en una auténtica montaña rusa, hasta llegar al campamento base de Barrels Hut, un conjunto de extraños refugios metálicos a unos 3.900 metros de altitud.

“El Elbrus es una montaña muy castigada por la presencia humana. El funicular sube hasta los 3.700 metros, con lo cual hay mucha presencia de domingueros y aficionados. Barrels Hut es un refugio atípico. Incluso puedes contratar por unos 13 dólares una pala mecánica que te lleva hasta los 4.800 metros. Es una auténtica locura. Llega mucha gente sin entrenamiento y una vez arriba, les da el mal de altura porque no han tenido tiempo de aclimatarse”, cuenta a Rusia Hoy.

Hacer equipo con los rusos

Pablo se hospedó una noche en este refugio y al día siguiente subió a Diesel Hut, el siguiente refugio de madera, más espartano y menos concurrido. Tuvo que hacer dos viajes para llevar el equipaje y la comida. “Yo nunca pagué a un porteador. Es una cuestión de orgullo, pero también de conciencia. Es un trabajo muy duro”, asegura.

Fuente: Alamy / Legion Media

Allí conoció a un grupo de San Petersburgo formado por tres hombres llamados Seguéi, Nadia y Anna. “Yo sólo hablaba con Serguéi I, que era él único que sabía algo de inglés y que claramente era el líder. Al principio no me daban mucha bola.

Pero cuando fuimos a Pastujova Rocks, a 4.690 metros, para hacer la primera escalada, saqué mi embutido español: chorizo, salchichón… Y allí les conquisté por el estómago. Y ellos me invitaron al caviar rojo del Báltico, una delicia”. Unidos por la gastronomía y el amor a las alturas, Pablo decidió hacer equipo con los rusos. 

A 300 metros de la cima

El 20 de septiembre intentó el primer asalto a la cumbre. El pronóstico era bueno, pero en la cima el clima cambió. “Empezó una ventisca muy fuerte, el llamado viento blanco, aquel que levanta la nieve. Yo sabía que en el Elbrus el frío iba a ser mi principal enemigo, pero no imaginaba hasta qué punto. Rogaba que saliese el sol, pero nada. Se me enfrió un dedo y empecé a moverlo para calentarlo. En la montaña lo más importante es no entrar en pánico, si no estás perdido. Salió el sol, pero no calentaba. Se me enfriaron otros dos dedos. Estaba todo perdido, tuve que regresar. Mi error fueron los guantes. En Madrid había buscado mitones térmicos, pero no los había encontrado. Subí al Elbrus con unos guantes alpinos y esta fue mi perdición”, lamenta Pablo.

No lo consiguió. Volvió a intentarlo al día siguiente, y tampoco hubo suerte. Se quedó a tan solo 300 metros de la cima: “Me encanta la montaña, pero alcanzar la cima no merece ni un solo dedo de mi mano. Tengo claro que la naturaleza es superior y no me arrepiento de haber bajado”.

En 11 días, Pablo conoció el Cáucaso profundo, aprendió a jugar al ‘durak’ (un juego de cartas) con sus nuevos amigos rusos e incluso a chapurrear alguna palabra. “En el refugio no hay mucho que hacer: aguantar el frío, la tormenta, jugar a las cartas, alumbrarse con el frontal y poco más”, dice burlón. A la vuelta, más confortable en la furgoneta de los rusos, celebraron un verdadero banquete: “Me recordó a la Patagonia”, cuenta Pablo. Eso sí, se le quedó una espinita clavada. “Por eso quiero regresar, algún día conquistaré el Elbrus”, asegura. 

Pablo partió rumbo al Elbrus en solitario, sin hablar una sola palabra de ruso y sin patrocinadores. “Yo sabía que en el Elbrus el frío iba a ser mi principal enemigo, pero no imaginaba hasta qué punto”, recuerda.