Tesoros rusos expuestos en Moscú y San Petersburgo

La Rusia moderna es heredera del Imperio Ruso y la Unión Soviética y durante sus mil años de historia el país ha acumulado tesoros remotos que se conservan en sus grandiosos museos. El mayor de ellos es el Hermitage de San Petersburgo, uno de los mayores museos de arte del mundo. En el Kremlin de Moscú conservan las reliquias de los zares. La más importante de todas es el Gorro de Monómaco, una antigua corona rusa.

El Gorro de Monómaco

Un gorro cónico de oro decorado con piedras preciosas y adornado con piel, que como es natural, se cambia regularmente, de modo que el gorro mantiene su apariencia original.

Es probable que esta corona rusa fuese creada en Asia Central, ya que se trata de un tocado típico oriental. La teoría más difundida sobre su origen sostiene que el gorro fue un regalo del Khan tártaro Uzbek al gran príncipe Iván I Kalitá de Moscú en el siglo XIV. El gran príncipe de Moscú era un fiel vasallo y aliado de los tártaros, que llevaban cien años dominando la antigua Rus.

Algo más de cien años después, su descendiente Iván III derrotó a los tártaros y se convirtió en un gobernante autónomo. Tras la caída de Bizancio, Moscú se convirtió en el único estado ortodoxo independiente. Fue entonces cuando surgió una leyenda que aseguraba que la corona de los zares de Moscú era mucho más antigua y el emperador bizantino Constantino Monómaco la había enviado ya en el siglo XII a su yerno Vladímir Monomaj, gran príncipe de Kíev y antecesor de los grandes príncipes de Moscú.

Con esta leyenda el gorro pasó a la historia. Con él se coronó a los zares moscovitas de la antigua dinastía Rúrik, fue objeto de disputas durante el 'Periodo Tumultuoso' a principios del siglo XVII, y más tarde se volvió a utilizar en las coronaciones de los zares de la nueva dinastía de los Románov, el primero de ellos escogido en una asamblea popular en 1613.

El último en ser coronado con el Gorro de Monómaco fue el zar Iván V, hermano mayor del gran reformador y primer emperador de Rusia, Pedro I. Iván y Pedro fueron coronados a la vez y para el hermano pequeño se preparó una copia del gorro.

Más tarde la capital fue trasladada a la recién construida ciudad de San Petersburgo, los zares se convirtieron en emperadores y la antigua corona no se volvió a utilizar hasta el año 2002. Este años, con motivo del 50º aniversario de Vladímir Putin, el actual presidente ruso recibió como regalo otra copia del Gorro de Monómaco. 

El vestido de coronación de la emperatriz Isabel y sus restantes 14.999 vestidos

El primer emperador ruso, Pedro I, murió en 1725 sin dejar herederos masculinos. Pedro dejaba dos hijas ilegítimas: Isabel y Anna. Tras la muerte del emperador asumió el poder su viuda, después su nieto y más tarde su sobrina. Y en 1741 Isabel conquistó el trono mediante un golpe de Estado, uno de los muchos que tuvieron lugar en el siglo XVIII.

La revuelta transcurrió sin apenas víctimas: según cuenta la tradición, Isabel había hecho un voto ante el altar de no ejecutar a nadie.

Más tarde la zarina fue coronada, para lo cual se confeccionó un vestido especial de brocado de plata bordado en oro.

El vestido se tejió en Rusia, ya que la zarina consideraba importante demostrar que ella no sentía tanto aprecio por los extranjeros como sus antepasados. El vestido era enorme para la moda del momento.

Isabel era considerada una de las mujeres más bellas de su época y sentía pasión por los vestidos. Veinte años después de su coronación, al morir, dejó 15.000 vestidos, un baúl lleno de medias, las arcas vacías, un Palacio de Invierno sin terminar de construir (el futuro Ermitage) y enormes deudas. Durante los últimos años de su vida los sastres se negaban a dar créditos al palacio.

La Cámara de Ámbar, la octava maravilla del mundo

La Cámara de Ámbar fue creada en Prusia (ahora Alemania). El rey Federico I se la regaló al emperador ruso Pedro I. Más tarde, por orden de la emperatriz Isabel, el arquitecto Rastrelli añadió algunos motivos a la cámara.

Se trata de una cámara construida con paneles de ámbar y madera dorada. Se conservó en el Palacio de Catalina de Tsárskoye Seló, cerca de San Petersburgo, hasta la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra, Leningrado (así se llamaba San Petersburgo en esa época) fue sitiado y sus alrededores saqueados y destruidos. La Cámara de Ámbar fue robada y durante toda la guerra estuvo expuesta al público en el castillo de Königsberg, actualmente la ciudad rusa de Kaliningrado.

Durante el asalto a Königsberg por parte de las tropas soviéticas la cámara se perdió.

Es posible que ardiera durante los bombardeos, o que fuera ocultada en los sótanos del castillo, donde quedaría enterrada para siempre, o bien es posible que hubieran logrado sacarla de Königsberg y ahora permanezca oculta en algún lugar de Alemania, República Checa o Austria. Nadie sabe nada a ciencia cierta.

La búsqueda de la cámara se prolongó durante toda la segunda mitad del siglo XX y finalmente se tomó la decisión de realizar una copia. La reconstrucción duró desde 1981 hasta 1997, pero la cámara fue recreada por completo en 2003, cuando se inauguró en el mismo Palacio de Catalina con motivo del 300º aniversario de San Petersburgo.

El diamante Orlov

En la Armería del Kremlin de Moscú se conserva el cetro imperial de Catalina II, la zarina rusa, con un enorme diamante verdoso engastado de 180 caras y 189,6 quilates.

Este histórico brillante fue encontrado en la India a finales del siglo XVII. El diamante del que se talló tenía unos 400 quilates, aunque gran parte se perdió durante la talla.

A finales del siglo XVIII Iván Lazarev, un joyero y banquero armenio al servicio de Rusia, compró la piedra por 400.000 florines de oro. Y a Lazarev, a su vez, se la compró el conde Orlov.

Alexéi Orlov era amante de Catalina, y estaba tenía un gran interés por la ciencia, mantenía correspondencia con Jean-Jacques Rousseau. También criaba una raza de caballos llamada 'Trotador Orlov' y estaba involucrado en la administración del Estado.

El conde regaló el diamante a la emperatriz, y ésta ordenó que fuera incorporado a su cetro de coronación en honor al conde. Según otra versión, el diamante había gustado a la emperatriz y Orlov no fue más que un intermediario con el objetivo de que la emperatriz no fuera acusada de una extravagancia excesiva.

En cualquier caso, los monarcas europeos sintieron una envidia irrefrenable de Catalina, ya que en aquel momento el diamante no tenía igual. Por supuesto, las piezas del gigantesco diamante Cullinan, perteneciente a la corona británica, son bastante mayores, pero esta piedra no se encontró hasta principios del siglo XX. 

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