Cartas en vez de rifles: ¿cómo es el servicio social en Rusia?

El servicio de un año en el ejército es obligatorio para todos los jóvenes de Rusia entre 18 y 27 años. Sin embargo, no todos lo cumplen: algunos estudian, otros no hacen caso a las convocatorias y los demás pagan sobornos. Pocos realizan el servicio social sustitutorio. Uno de los jóvenes que optó por esta opción cuenta su experiencia.

Pincha en "Captions" para abrir las descripciones de las fotografías. Haz click en la imagen para cambiarla. Fuente: Makar Butkov

El servicio social sustitutorio apareció en Rusia a principios del siglo XVIII, como consecuencia de la emigración de protestantes-meniotas, invitados por la zarina Catalina II. Trabajaban de guardabosques, vigilantes y bomberos. Actualmente se tiene derecho al servicio alternativo por cuestiones de conciencia y religión y también si se pertenece a una minoría étnica que mantiene un estilo de vida tradicional. Hoy día pocos ejercen este derecho. Según datos del 2013, en Rusia había 880 objetores, lo que supone un 0,2% del total de reclutas. Las solicitudes se rechazan muy pocas veces, y en la mayoría de los casos se debe al retraso en presentar la solicitud. La razón principal de que no sea una opción más popular es que la mayoría lo desconoce.

 

Al graduarme me enfrenté a un dilema: ¿qué hacer con el servicio militar? No me interesaba hacer una maestría, quería evitar las notificaciones oficiales y tener que esconderme me parecía humillante, además mi conciencia no me dejaba pagar un soborno. Entonces me enteré de que existía la posibilidad de realizar el servicio social sustitutorio. En la organización Ciudadano y ejército me ayudaron a registrar los documentos. Me dirigí a la oficina de reclutamiento, seguro de mis fuerzas y decisión.

La secretaria se sorprendió y se alegró de que llegase, pero al enterarse de que lo que quería era realizar el servicio alternativo, su cara de felicidad cambió por la de indiferencia. Me sometieron a las pruebas médicas, llené los documentos y fui a casa, a esperar la llamada de confirmación.

Preparé un discurso de lo inaceptable que me parece cumplir con el servicio militar, de mi filosofía de no violencia y sobre la libertad de expresión. Soporté dos horas de humillación con preguntas del tipo: “¿Es que no eres un hombre?”, “¿Y si el enemigo ataca?”, “Tienes el largo, ¿eres un hippie?”. Finalmente recibí el permiso para realizar el servicio social.

Cartero de reserva

El lugar del servicio se elige sin preguntar por las preferencias de uno. Puede realizarse en cualquier institución públca: bibliotecas, hospitales, transporte público.... Tuve suerte porque me tocó ser cartero de la oficina central de Moscú, sólo a 30 minutos a pie de mi casa.

El equipo de mi oficina estaba principalmente compuesto por mujeres de entre 40 y 50 años. Muchas llevaban más de diez años trabajando en correos. Solamente una vez encontré a otro chico que estuviera realizando el servicio alternativo. Lo hacía por convicciones religiosas, era testigo de Jehová. La probabilidad de que nos conociéramos era tan pequeña, que bromeábamos diciendo que nos parece una alucinación.

Nuestro trabajo es como el de un empleado: horario, sueldo, vacaciones y baja médica. Durante dos años (no uno, como en el servicio militar) uno está atado a un lugar, sin posibilidad de cambiar de profesión.

Llegaba a la oficina a las 7 de la mañana, filtraba el correo de mi oficina y luego repartía la correspondencia. Mis paseos matutinos eran avivados por audiolibros y podcasts. Durante dos-tres horas recorría el territorio del que estaba encargado, 16 edificios. Al aprender a cumplir con mi trabajo eficientemente, muchas veces acababa mi jornada antes de las 2 de la tarde, mi hora oficial de la salida.

Medio año después me permitieron repartir las pensiones. Es una tarea de mucha responsabilidad, y no se trataba solamente de la cantidad de dinero que traía conmigo, sino de comunicarme con gente mayor. Esperaban mi llegada y siempre estaban dispuestos a darme una propina. Cuando la rechazaba, insistían. Creo que es una costumbre de los tiempos de la URSS.

Recuerdo que al principio mis compañeros de trabajo me decían que “esquivaba” el ejército y se burlaban de mi aspecto. Sin embargo, con el paso del tiempo empezaron a acostumbrarse y a aceptarme. Ahora piden que me quede, dicen que van a extrañarme.

No me arrepiento de estos dos años. No creo que hubiese podido encontrarme con estas personas si no fuera por este servicio. Además, seguí fiel a mis principios y cumplí con mi deber ciudadano.

La próxima vez que paseen por una ciudad, fíjense en los buzones en las paredes de las casas. Cada día, mientras la mayoría de las personas se prepara para ir a trabajar, alguien reparte sus cartas. Tal vez él, igual que yo, en esos momentos escucha la canción  Imagine de John Lennon.

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