Por qué a los rusos les gustan las vallas

El politólogo Serguéi Medvédev explica las causas históricas y culturales de la tendencia al aislamiento que existe en el país. Fuente: ITAR-TASS

El politólogo Serguéi Medvédev explica las causas históricas y culturales de la tendencia al aislamiento que existe en el país. Fuente: ITAR-TASS

Serguéi Medvédev, profesor de la facultad de Ciencias Políticas Aplicadas de la Universidad Nacional de Investigación Alta Escuela de Economía de Moscú estudia la “fenomenología de las vallas”. En su trabajo señala que a los rusos les gusta encerrarse hasta lo inverosímil: construir cercas, colocar cortinas tupidas en las ventanas, etc. Hay varias causas históricas y culturales que lo explican.

En Rusia, desde tiempos remotos, las cercas no sólo servían para defenderse de las amenazas externas, sino también para mantener la disciplina de la propia población. Pero si hay algo que caracteriza a las cercas rusas es que son poco seguras: en ellas siempre hay algún agujero. Así que protegen a las personas no de un modo físico, sino más bien psicológico.

En la decoración de las ventanas de las casas rusas se utilizan tradicionalmente dos o tres series de visillos y tules, las rejillas en las ventanas a menudo llegan a la tercera planta. La pulsión de querer cercarlo hace que la sociedad sea cerrada, aumentando los costes de transacción en el mantenimiento de la seguridad. Quienes trabajan de guardias o porteros son gente retirada del trabajo productivo para cumplir con el ritual.

Como resultado, en Moscú hay barreras en todas partes: desde rejas en las ventanas hasta puertas “mortíferas” en el metro. En una sala grande de conservatorio, donde en la salida hay varias puertas, siempre estará abierta sólo una. Y esto no lo decide el coronel del servicio de seguridad federal, sino la mujer de la limpieza. La gente tiene que hacer cola para poder entrar.

¿Por qué hay tantas cercas en Rusia?

Hay varias causas que explican el fenómeno ruso de las cercas. En primer lugar Rusia es un país donde ciertos grupos de personas usurpan recursos y limitan el acceso de otros a ellos. Las cercas los ayudan a reproducir este orden. En segundo lugar, las cercas indican el nivel de desconfianza entre las personas. Desde el periodo soviético el nivel de desconfianza ha crecido. Basta con ver algún lugar en Chipre o España donde haya una cerca alta para saber que detrás de ella viven rusos.

El economista ruso Alexander Auzan, en su libro Economía institucionalizada para principiantes, dice que ha inventado un nuevo modo para medir el capital social: por la altura de las vallas. En el libro cuenta que un amigo suyo le dijo que había construido su casa siguiendo un diseño inglés. Resultó que había rodeado su casa de cuatro plantas con un muro de granito, como si se tratara de una instalación peligrosa: una cárcel o un manicomio.

En tercer lugar, está el problema de la propiedad. En Rusia las garantías para la propiedad son endebles. Cualquier empresario teme que puedan hacerse con su negocio en cualquier momento si a alguien se le pone entre ceja y ceja. El único propietario en el país es el Estado, todos los restantes son simplemente administradores temporales por encargo, una continuación de la psicología soviética. La posesión de una propiedad siempre es condicional, lo que también conduce a la paranoia de la cerca.

Finalmente, la cerca también es una suerte de intento de poner límites y de dar forma al inconmensurable espacio ruso. Las vallas son necesarias para contener el desparrame de cualquier flujo, de cualquier movimiento a lo lejos.

Los expertos señalan que ahora las personas comienzan a librarse de las fronteras, pero siguen queriendo trazarlas. Lo que sucede en Rusia en relación con la política de Putin y la historia de Crimea es un surgimiento de nuevas cercas. En la actualidad asistimos a un nuevo levantamiento de fronteras con Ucrania, aparece un nuevo telón respecto a Occidente. Y en este proyecto Rusia no está sola: existen también enormes cercas entre Israel y Palestina, entre Estados Unidos y México. Las cercas no desaparecerán, siempre estarán con nosotros.

Para librarse de esta mentalidad, hay que hacer el medio urbano más abierto y, por ejemplo, brindar un acceso más fácil a los paseos por el Kremlin. 

Artículo publicado originalmente en ruro en Moskovskie Nóvosti.

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