Los turistas rusos comienzan a llegar a Crimea

Los residentes de la península se quejan de la subida de precios, pero agradecen la vuelta de la estabilidad. Fuente: Serguéi Moskvichev

Los residentes de la península se quejan de la subida de precios, pero agradecen la vuelta de la estabilidad. Fuente: Serguéi Moskvichev

Un periodista de RBTH viaja hasta la península que recibía unas seis millones de visitas al año. Se espera que este verano las cifras sean más bajas.

“¿Vamos una semana a Crimea a tomar un poco el sol”, le pregunté a mi mujer. Decidimos conducir hasta Kerch y después tomar el ferry hasta Crimea en lugar de perder tiempo en la frontera y viajar por el sureste de Ucrania, donde la situación es aún tensa. Ya de camino, llamamos a unos amigos que habían salido hacia la misma casa vacacional en Fedosia un poco antes que nosotros. “Pasamos seis horas haciendo cola para el ferry”, nos avisaron.

Hay un atasco enorme en el acceso al puerto. Los coches llevan matrículas de Moscú, de la región de Moscú, Voronezh, Krasnodar, Kazán...

Unos seis kilómetros antes del embarcadero del ferry, apago el motor: delante de mí, todo lo que se extiende la vista, hay filas de coches. En el arcén encontramos baños, contenedores de basura y, un poco más allá, un puesto que vende agua. Son las 17:25.

Al cabo de un rato, la gente que hace cola empieza a hablar entre ella: sin quejas ni pánico, simplemente charlan de asuntos cotidianos. Las mujeres tampoco pierden el tiempo: algunas ya se han cambiado y toman el sol de la tarde, otras juegan con los niños, una señora pasea su perro.

Empieza a anochecer y los turistas vuelven a sus coches. Algunos duermen una siesta. El alumbrado de la carretera es escaso, por lo que lo único que nos impide dormirnos del todo es la necesidad de avanzar unos cuantos metros cada 30 minutos más o menos.

Son las 00:30. Todo está en silencio. Incluso los dos policías que vigilan ya no charlan entre ellos.

Ya de madrugada, decido no volver a mirar el reloj. Finalmente, tras varios avances desesperados, llegamos al puerto. Pasamos la barrera, conseguimos el certificado de longitud del vehículo. Tras un rápido control de seguridad, nos asignan un puesto en la 11ª fila para embarcar. Mientras mi mujer duerme, yo me acerco, junto con otros conductores, a la terminal del puerto para conseguir los pasajes. A pesar de la hora que es, todavía se ven largas colas en los mostradores que están abiertos.

Una vez que compro los pasajes, vuelvo a mi coche a dormir. Lo siguiente que recuerdo es a un oficial del puerto llamando a la ventanilla de mi coche para decirme que era hora de irse.

Unos 20 minutos más tarde entramos en la bahía de Port Krim. Después de esperar por el ferry durante más de 11 horas, mi capacidad de atención ha disminuido, pero no veo ni policías ni personal militar que salga a nuestro encuentro en Crimea. Un funcionario del puerto detrás de una ventanilla me pide que le enseñe el billete y me hace gestos para que avance y deje pasar a los siguientes. 

No todo el mundo se ha acostumbrado a vivir en Rusia

Después de hacer cola para el ferry, tuve la impresión de que Crimea estaría llena de turistas. Pero no fue así. Cuanto más lejos íbamos, más señales de “libre” veíamos. Oficialmente, la temporada turística empieza el 15 de junio.

La importancia geoestratégica de la región del mar Negro

De camino hacia el museo Iván Aivazovski, por entre puestos de souvenirs, vemos una oficina de turismo que ofrece diferentes excursiones turísticas. La responsable, Vikoriya, está preocupada por si hay problemas con el turismo este año: “De los seis millones de turistas que visitaban Crimea cada año, cuatro millones eran ucranianos y solo 800.000 venían de Rusia. También había turistas polacos y bielorrusos, que seguramente ya no volverán”.

Después de reservar una excursión a las montañas Karadag, me reúno con mi mujer, que está mirando cosméticos en un puesto cercano. Le pregunto a la vendedora qué tal va su negocio y cuáles son sus expectativas para el verano. Liuda es optimista sobre el futuro: “Es verdad que antes venían principalmente turistas ucranianos. Pero solían traerse su propia comida y bebida. Ahora, como siempre, tenemos nuestras esperanzas puestas en los rusos. Un jojol (modo ligeramente peyorativo de referirse a los ucranianos) mataría por un kopek, pero con los rusos es un placer hacer negocios.”

Esta jubilada ve solo consecuencias positivas de que Crimea se uniese a Rusia: le han subido la pensión y no ha notado un gran aumento de precios, “incluso el agua del grifo está más limpia ahora, después de ducharse con el agua del Dniéper que llegaba antes, daban ganas de volver a lavarse”.

Sin embargo, la señora Liuda también se queja. Dice que “todo es un lío y no está claro qué van a hacer las autoridades ucranianas y la marioneta que está al frente”. Las dos mujeres están de acuerdo en una cosa: lo más importante es que se ha evitado la guerra. Parece que Vladímir Putin, que las mira a través de sus gafas de sol desde una camiseta con un letrero que dice “El hombre más amable de mundo”, está de acuerdo...

En el museo de Aivazovski, un joven que contempla un cuadro de 1887 titulado “Volga” pregunta al vigilante de sala por qué en el mástil del barco representado en la obra ondea una bandera rusa. Puede tratarse de simple ignorancia, o puede que no todo el mundo comprenda bien todavía qué ha sucedido y por qué.

Vladímir, el copropietario de la casa de vacaciones en la que nos alojamos, mira la situación desde la óptica de los negocios: se han multiplicado por dos los precios de, por ejemplo, los materiales de construcción (excepto la madera), de los cigarrillos, la carne y el pan. Como no está acostumbrado, cita precios en grivnas, obligándome a tener que multiplicar por tres para calcular el equivalente en rublos.

Vladímir y su familia votaron por la reunificación con Rusia en el referéndum y, a pesar de las dificultades del momento presente, no se arrepienten de su decisión. “Unos amigos consiguieron una matrícula moscovita para su coche y condujeron hasta Moscú. Los pararon en un control de tráfico y resultó que la matrícula aún no estaba en su base de datos. La policía quería llevarse el coche al depósito, pero consiguieron probar que eran de Crimea. Sin embargo, luego resultó que tampoco los números de los pasaportes rusos que les habían emitido estaban aún en el sistema. Parece que vivimos en un país que no existe”. Vladímir sonríe: “Pero lo más importante para nosotros es que se construya el puente de Kerch.”

También su yerno, Alexander, dice que es bueno que Crimea se haya unido a Rusia, de otro modo “nos estaría pasando lo mismo que a las regiones de Donetsk y Lugansk”.

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