A nadie le gustan los delatores

Dibujado por Alena Répkina

Dibujado por Alena Répkina

RBTH ha recopilado información sobre las mayores empresas de contratación de Rusia, ha hablado con los empleados de numerosas compañías de diferentes tamaños para realizar una serie de artículos acerca de las condiciones de trabajo en el país.

Todo el que haya nacido en la URSS sabe desde su infancia que no hay mayor ofensa que la del delator. La delación es el enemigo indiscutible de la sociedad: los niños la detestan y sus educadores no la respetan, aunque lo lógico sería que sintieran aprecio por sus informadores. A estos niños, cuando llegan a la edad adulta, se les conoce otro nombre: el de soplón.

En Rusia, la delación siempre se ha considerado uno de los peores delitos. La cuestión es que no ha habido ni un solo zar, presidente, secretario general o jefe del que no se hayan dicho cosas desagradables a sus espaldas. El siglo pasado, en la época zarista y en la URSS, mucha gente fue condenada a una pena de cárcel o a los campos de trabajo a causa de una denuncia, ¿cómo podían a respetar estos condenados a sus delatores? Y el resto, quienes conversaron largo y tendido con los condenados para conocer las leyes morales que rigen al otro lado del alambre de espino, ¿cómo los iban a respetar?

Los empleados delatan por distintas razones. Una cosa es la mentira, la calumnia, cubrir de fango al adversario o al candidato a un puesto que el delator querría conseguir. Pero hay denuncias ‘justicieras’, como la de un colega indolente cuya irresponsabilidad ha perjudicado el negocio familiar.

El director de una empresa siderúrgica recuerda un caso ocurrido de la época soviética: “Un día, durante la reunión del Partido en la fábrica, Ivanov anunció que Petrov había estado contando chistes políticos en el descanso para fumar. En aquel momento, el Código Penal de la RSFSR (denominación de Rusia en la URSS) castigaba expresamente ese comportamiento y Petrov fue condenado a diez años por propaganda antisoviética. Solo aquellos que respetaban el Código Penal de la RSFSR podían considerar justa una decisión así; para ellos, Ivanov era un buen ciudadano, un luchador implacable por la verdad y por un futuro brillante, mientras que para quienes odiaban el Código Penal, Ivanov no era más que un soplón. Yo, personalmente, lo consideraba un delator, pero la ley es la ley”.

Independientemente de su finalidad, en el medio corporativo ruso no hay perdón para los delatores: su denuncia es una mancha imborrable.

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