La incertidumbre rodea a la vida cotidiana en Moscú

Fuente: AP

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Debido a la crisis en Ucrania y al aumento de la tensión política entre EE UU y Rusia, la vida diaria de los norteamericanos en Rusia ha cambiado.

Aunque tenía once años cuando cayó el muro de Berlín apenas recuerdo la Guerra Fría. Nunca pensé en las personas de otros países como enemigos, tampoco en que fueran sustancialmente diferentes, para mí solo eran personas. Tal vez esto sea así porque crecí en una ciudad en la que el 60% eran afroamericanos y porque mis padres se esforzaron por educarnos, a mí y a mi hermano, en la igualdad de todas las personas. Tal vez sea porque me formé en los años 90, cuando las economías de todo el mundo estaban creciendo y todo parecía posible. 

He tenido la suerte de poder vivir y viajar a lo largo de todo el mundo y he tratado de acercarme a la la comida, las tradiciones o las formas de vida ajenas como algo normal dentro de una situación particular y no como si fuera algo exótico e irreal que iba a probar para contar como una anécdota divertida al volver a casa. 

He sentido que la vida en Rusia era simplemente diferente a una vida cotidiana en EE UU. Aunque  para mí la vida en Rusia era normal. Nada más. Cuando mis amigos me dicen por Facebook lo emocionante que tiene que ser una vida de periodista en Moscú, respondo que mi vida en la capital rusa es como lo era en Washington , DC. Cada día me levanto, voy a correr, llevo a mis hijos a la escuela, voy a trabajar, cocino la cena y me quedo dormida frente al televisor. 

Entonces en Ucrania hubo una revolución. El día en el que el Consejo de la Federación autorizó al presidente Putin para enviar tropas a Ucrania, iba en coche por una de las principales calles de Moscú pensando que así debía de haber sido durante la Guerra Fría. En algún otro lugar los intereses de EE UU y de Rusia chocaban pero para la gente de la calle todo seguía igual. 

Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas la situación ha cambiado. A medida que se acercaba el referéndum en Crimea y la retórica se inflamaba, me di cuenta de que ya no confiaba en mi propio juicio a la hora de aceptar o no una propuesta por parte de un periodista freelance. Imaginaba que era despedida porque el titular que había escrito en un artículo relacionado con Ucrania no estaba lo  suficientemente bien matizado. Temía que lo que era ventajoso de mi compañía, ser de EE UU y mi perspectiva del mercado norteamericano, se convirtiera en un inconveniente. 

Ahora que ya se ha celebrado el referéndum y que la amenaza de sanciones se ha convertido en una realidad, oigo cada vez más amigos y compañeros de trabajo preocupados por que puedan rechazar su solicitud de visado a EE UU, por la situación del rublo y cómo esto les afectará a la hora de comprar un coche o irse de vacaciones a Europa. Y aunque yo trato de argumentar que también estoy afectada, quizá incluso más porque si se rechaza mi visado o EE UU cierra el acceso a los bancos internacionales en Rusia entonces tendría que dejar mi vida en cuestión de días, la cuestión es que mi país es también en parte responsable de esta situación. 

Hace un par de meses, al volver de la escuela mi hija me preguntó si alguna vez había sentido, estando en un grupo de personas, que todos se fijaban en mí cuando alguien decía algo sobre los EE UU. Le dije que me sentía así todo el rato, y hablamos de algunas situaciones en las que había ocurrido. Normalmente tenían que ver con la cultura popular norteamericana y el equipo de hockey. Ahora, sin embargo, cuando alguien dice algo sobre EE UU, todo el mundo me mira y ya no es tan agradable. 

¿Nos dirigimos hacia una nueva Guerra Fría? No lo sé, pero sí sé que las decisiones que se han tomado para castigar a Putin o a los EE UU o a Ucrania están solamente perjudicando a personas normales que tienen puntos de vista muy diferentes sobre la situación geopolítica pero que básicamente quieren continuar con sus vidas normales.

 

Lara McCoy Roslof es estadounidense, editora de RBTH para el hemisferio oeste.