La vida de los sintecho bajo el frío invierno ruso

Nadie sabe exactamente cuántos viven en Moscú, pero se estima que son varias decenas de miles. Todos ellos tienen grandes posibilidades de morir por el fío en estas fechas. Este es un problema evidente y los que se encargan de facilitar a los sintecho un sitio donde dormir y comida son algunas ONG y organizaciones benéficas.

 

Fuente: Elena Pochetova

Según las estadísticas oficiales, en Moscú viven al menos 12.000 sintecho. El activista Iliá Kuskov, que lleva diez años trabajando con indigentes, estima esta cifra en 20.000, aunque señala que nadie puede hacer un recuento exacto del número de personas sin hogar.

El 'complejo móvil' en el que colabora está formado por un barracón con calefacción, un punto de control sanitario y varios autobuses. Hacia las 6-7 de la tarde, los indigentes acuden allí para pasar la noche. Un guardia de seguridad comprueba las posesiones de los sintecho con un detector de metales para asegurarse de que no llevan armas. Luego, toman una ducha y se registran.

Este complejo tiene una capacidad para 50-60 personas, aunque cada noche acuden más de 100. Ahora mismo no hay mucha gente porque, según indican los voluntarios, “no hace frío”: por las noches en la calle la temperatura no sube de los 15 grados bajo cero. Los trabajadores del complejo saben que las cosas cambian cuando el termómetro desciende hasta los 25 grados bajo cero. La última vez acudieron al centro más de 130 personas, y tuvieron que instalarlas incluso en las duchas.

Por las mañanas al centro acude un trabajador social que ayuda los ayuda a recuperar sus documentos y a comprar billetes de transporte.

En este complejo las personas duermen sobre esterillas aislantes. Después les dan de comer, generalmente pasta, gachas con carne guisada, patatas y té.

A menudo los indigentes encuentran el centro a través de internet.

Shamil tiene 35 años y llegó desde Daguestán. Lleva la ropa limpia y mientras espera en la cola para registrarse juega con un teléfono que no es precisamente barato. A la pregunta sobre cómo llegó al centro, responde que llegó a Moscú para trabajar como conductor, pero le engañaron. Tiene sus documentos, pero no tiene dinero ni conocidos en la ciudad que puedan darle cobijo en su casa, y por esta razón terminó acudiendo al centro.

Shamil habla muy a menudo con su familia, pero no les cuenta sus problemas: “Cuando llamo a casa les digo que estoy trabajando. ¿Cómo le voy a decir a mi madre que duermo en la calle? Le daría un infarto”. Además, confía en que volverá a Moscú a buscar trabajo, está seguro de que la próxima vez las cosas irán de otra manera.

En Moscú existen los centros de adaptación social Liublinó y Filimonki, que tienen varias delegaciones en la ciudad con una capacidad total de casi 1.500 personas. En estos centros cada usuario tiene su propia cama y comida caliente, pero solo pueden beneficiarse de ellos los habitantes de la propia ciudad.

“En los albergues del gobierno de Moscú sólo aceptan a moscovitas que por alguna razón se han quedado sin casa. Trabajan con ellos para ayudarles en sus dificultades. Pero para quienes nos son de la capital existe un límite de 30 noches. Después les compran un billete y los envían a casa”, comenta Konstantín Oskin, trabajador de Miloserdia.

Además, en los centros de adaptación social existen normas y reglamentos muy estrictos. Una de las más difíciles de cumplir para los sintecho es que si están borrachos no pueden entrar.

Svetlana y Aliona tienen casi 40 años. Ambas llegaron a Moscú desde Nizhni Nóvgorod, donde estuvieron cumpliendo condena. Svetlana tiene todos sus documentos en regla y en casa la esperan sus hermanos, pero no quiere volver por vergüenza.

Aliona no tiene ni pasaporte ni casa: “cuando estaba en la cárcel mi tía eliminó mi nombre del apartamento en el censo. Cuando quedé libre volví, pero resultó que no había nadie esperándome”.

Los activistas no comparten la extendida opinión según la cual muchos sintecho decidieron ellos mismos vivir así y ya no desean volver a la vida normal: “Cuando ves a uno te sientes incómodo, no eres capaz de ponerte en su lugar. La primera reacción de la gente es distanciarse. Si un hombre está sentado en la calle significa que es un borracho, que no quiere trabajar”, comenta Svetlana Fain, coordinadora del movimiento 'Amigos en la calle'.

Según los voluntarios, las personas que escogen voluntariamente esta vida no son más del 1%. “Una persona corriente a menudo no entiende cómo puede ser que, hallándose en una situación tan humillante, se pueda ser demasiado orgulloso como para pedir algo. Por paradójico que pueda parecer, muchos indigentes tienen un exagerado sentido de la autoestima. Cuanto más te pisan, mayor conflicto te provoca esto en el alma”, opina Svetlana Fain.

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