Alegrías y penas de los drogodependientes de Moscú

Cada año mueren más de 20.000 personas en todo el país. Visitamos un centro donde estas personas tratan de salir de esta dura sitaución. Fuente: Ria Novosti

Cada año mueren más de 20.000 personas en todo el país. Visitamos un centro donde estas personas tratan de salir de esta dura sitaución. Fuente: Ria Novosti

Según datos del Servicio Federal de Control de Estupefacientes, el 6 % de la población de Rusia, lo que equivale a casi ocho millones de personas, consume drogas de manera regular. A causa de la adicción mueren anualmente entre 20.000 y 30.000 personas. Una corresponsal de Rusia Hoy ha estado en un centro en el que las personas recobran la esperanza de tener un futuro sin drogas.

“Masha, drogodependiente. Serguéi, drogodependiente. Slava, drogodependiente”, se escucha decir a voces apagadas. Estamos en una habitación estrecha en la planta baja de un edificio de varias plantas en un barrio periférico de Moscú. Aquí, sin vistosos letreros ni indicaciones se ubica la “Fundación para la lucha contra la droga”, se ayuda a los adictos a reintegrarse socialmente.

11 personas esperan sentadas en bancos con la bandera tricolor rusa de fondo. Un voluntario prepara café y té, y reparte galletas. La mayoría aparenta tener entre 30 y 40 años y todos tienen una expresión de concentración en sus rostros.

Así comienza la reunión de la Sociedad de Toxicómanos Anónimos. Cumplieron “su condena” en las clínicas de rehabilitación pero no tuvieron éxito, y todavía están intentando salir del infierno de la droga. 

En las reuniones está prohibido pronunciar los nombres de las sustancias y los métodos de fabricación, pero ninguno de los asistentes intenta infringir esta norma.

- Soy insaciable, - comienza Slava. Tiene 28 años y antes de consumir tomaba ya grandes cantidades de alcohol. Está casado y tiene una hija.

Slava es diferente a los demás: su ropa tiene estilo, su sonrisa no ha perdido atractivo y es el único de todos que es amable. 

Su lucha contra la drogadependencia fue motivada por el amor a su novia, que luego se casó con él. Pero la terapia en la clínica, según reconoce, no dio resultados. No puede abandonar la droga para siempre a pesar de llevar tres años de tratamiento. 

El pago mensual por la estancia en la clínica de rehabilitación, según dicen los pacientes, es de 80.000 a 150.000 rublos (2.500 a 5.000 dóalres, aproximadamente). Muchos de ellos pasaron allí como mínimo medio año, mietras trataban de conseguir “material” de fuera. Estos gastos son equiparables a lo precisan para comprar dos dosis de heroína diarias.

Desesperado, sin saber cómo dejar de consumir, Slava llegó a pensar en ingresar en prisión. "Por un momento creí que sólo tenía dos opciones: tirarme por la ventana o ir a la cárcel".

No se comunica bien con la gente “normal”, se siente superior a ellos. “Consumí tales sustancias que enseguida empiezo a hincharme de orgullo y deja de interesarme el interlocutor”, reconoce, nombrando  el egoismo y el narcisismo como sus pecados capitales.

Dice que su conciencia sabe lo que es la amistad, y se ha formado un concepto idealizado de ella. Cuando Vova, un recién llegado, le pregunta qué es, responde que cuando uno no espera nada a cambio del otro y se sacia solo con la propia amistad sea hasta la saciedad. Pero al mismo tiempo reconoce que no tiene amigos.

Engañaba a su novia cuando estaba bajo el efecto de las drogas, que le provocaban momentos de una lujuria incontrolable y sin pensárselo dos veces iba en búsqueda prostitutas. Después de la confesión de Slava los demás también se relajan poco a poco.

“La policía de tráfico siempre me toma por una chica drogada de 18 años", dice Marina mietras se ríe. Con sus gestos y su habla parece una adolescente, aunque en realidad ronda los cuarenta años. Tiene coche, una niña y un negocio, su propio negocio. 

“A veces me siento en el coche y no dejo de pensar en las drogas, entiendo que tengo un trabajo y una  hija, pero es superior a mí. Me están convenciendo para que escriba el autoanálisis, pero no quiero, no puedo…", dice sin esperanza. En la práctica terapéutica el autoanálisis es una pequeña confesión ante uno mismo, un reconocimiento de sus sentimientos y debilidades. Los especialistas dicen que es muy eficaz.

Su marido hizo que comenzara la terapia. A diferencia de las clínicas de rehabilitación, la llegada al centro y la decisión de seguir el programa de la sociedad deben ser voluntarias. Al comenzar el usuario debe reconocer de manera abierta que es un drogodependiente. Se sigue un programa de 12 pasos en el que se incluye la reposición del daño que en algún momento el adicto se causó a sí mismo y a otras personas, el reconocimiento sincero y la formación de la confianza ante el mundo y en la gente.

Tras sus revelaciones añaden “estoy limpio/a”, mencionando también el plazo de tiempo que llevan sin consumir drogas. 

Como respuesta a una confesión sincera se escuchan aplausos. Muchos se ven en estos encuentros grupales varias veces por semana y en este círculo se sienten comprendidos. 

No se sabe si dicen la verdad o simplemente quieren parecer mejores de lo que son, pero en las miradas apagadas se nota un pasado o presente complicados.

Al final, de repente todos se levantan. Es el tiempo para la oración. Entonces se palpa que se sienten como en una segunda familia. Se abrazan, las sonrisas iluminan sus rostros. Sienten que no están solos, que tienen apoyo, aunque sea durante esta hora y media tan corta.