La seguridad de los periodistas en Rusia: una opinión personal

Fuente: Ria Novosti / Alexéi Maishev

Fuente: Ria Novosti / Alexéi Maishev

Generalmente, cuando llega el 7 de octubre, el aniversario de la muerte de Anna Politikóvskaya, se me pregunta si es seguro ser periodista en Rusia y cuánta libertad profesional tenía. Mi respuesta suele decepcionar a los extranjeros, que estarían más contentos de oírme contar que vivía aterrorizado y que tomaba todo tipo de precauciones para no ofender al Gobierno o a las organizaciones criminales.

Antes de nada, quiero dejar claro que condeno sin reserva alguna a los asesinos de Politkóvskaya, a los de Paul Klebnikov y de otros colegas menos conocidos. Hay un patrón común en estos crímenes: nadie sabe realmente quién está detrás de todo ello. Es muy fácil para algunos medios internacionales culpar a las autoridades sin aportar pruebas evidentes. Muchos de los más de 4.000 corresponsales extranjeros en Moscú, que jamás se han enfrentado a ningún tipo de ataque personal, no dudan en apelar a la falta de libertad en el país, ya que a menudo es lo que sus países quieren oír.

Sin lugar a dudas, las autoridades se toman en serio los ataques contra los periodistas. Según la normativa que se espera sea aprobada este año, la pena por agresión a un periodista será la misma que por agredir a un agente de la autoridad.

Es cierto que los canales de televisión son estatales, pero acusarlos de emitir solamente propaganda es un chiste, por decirlo educadamente. He visto infinidad de reportajes que evidencian situaciones que distan de ser ideales en diferentes partes del país, o cobertura de noticias que no agradaría precisamente a las autoridades. Y nadie ha perdido su trabajo por ello.

Muchas veces se me ha acusado de hacer apología del Gobierno ruso. No es que esté de acuerdo con todas las políticas que implementan, pero tampoco creo que un periodista deba ser necesariamente un cínico, pesimista o escéptico. Es cierto que las malas noticias venden y que fuera de Rusia hay gente ansiosa de información que reafirme sus estereotipos sobre el país. Pero la verdad es que Rusia es como cualquier otro sitio: tiene partes buenas y malas. Pero en esta época de pesimismo, prefiero mostrar los aspectos positivos y promover la tolerancia y no el odio.

Cuando vivía en Rusia, seguramente ofendí a más de una persona con mis escritos. Es parte de mi trabajo. Uno de los blancos de la publicación independiente que yo editaba, The Sakhalin Times, era el alcalde de Yuzhno-Sajalinsk, en el extremo oriental de Rusia. Nuestros periodistas criticaban a menudo su negligencia en la gestión de importantes asuntos locales, como la limpieza de la nieve en las calles tras una tormenta. El ingenioso y diplomático alcalde nos regaló a toda la redacción un diploma especial por Navidad.

También tuve que lidiar una vez con la agencia que en tiempos fue conocida como KGB y ahora se llama FSB: fue cuando las autoridades sospechaban del British Council en Yuzhno-Sajalinsk. Recuerdo que recibí una llamada por un artículo que había escrito uno de mis periodistas sobre las ONG. Me dijeron que eran del FSB y que querían hablar conmigo. Cuando me reuní con ellos, mis temores, basados en las películas antiguas, resultaron infundados. El agente solo quería saber cuál era la fuente del artículo: aparentemente, el periodista sabía más sobre las ONG de la región que los propios servicios de inteligencia.

Cuando le dimos la información, el agente nos lo agradeció y nos ofreció su ayuda, si llegábamos a necesitarla algún día. Aunque le di las gracias a mi vez, lo que realmente quería haberle dicho es que el mejor modo de ayudarme era no volver a llamarme nunca más. El British Council de la isla, que había sido acusado de involucrarse en actividades incompatibles con el estatus diplomático, fue cerrado en 2006. Había pruebas contra la organización, que no tenía por qué promover ONG políticas o los intereses de las compañías británicas en la isla.

En todo mi tiempo de periodista en Sajalín, solo me vi ante un negocio sucio una vez. Tenía que ver con pequeñas compañías occidentales que trataban de difundir rumores para enturbiar la competencia cuando los gigantes del petróleo y el gas estaban asignando sustanciosos contratos. Incluso me llegaron a ofrecer una jugosa suma para que publicase un artículo falso sobre el director de la empresa competidora. Me reí de ellos en su cara.

Los periodistas extranjeros que a menudo se lamentan sobre la falta de libertad de expresión en Rusia tienen, por lo general, trabajos fáciles y cómodos. Las autoridades rusas no deberían preocuparse tanto por lo que muchos de estos reporteros escriben en su propia lengua para su propio público. Me parece bien que las autoridades rusas presten más atención a lo que publica la prensa local que a lo que escriben los corresponsales extranjeros: muestra que el Gobierno se preocupa, en primer lugar, por lo que piensa su pueblo.

Esto contrasta con mi propio país, donde el primer ministro no se preocupa por lo que pueda escribir un periodista indio, pero se ofende terriblemente cuando lo critica una publicación internacional. Cuando el Washington Post publicó artículo negativo sobre Manmohan Singh, su departamento le envió al periódico una contundente respuesta. Lo único que consiguieron fue que el periodista sea ahora famoso en India. Ninguno de los argumentos que usó eran nuevos y se limitó a repetir lo que los periodistas indios llevaban publicando ininterrumpidamente desde 2008.

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