Mercadillos de Moscú: cómo encontrar un tesoro entre trastos viejos

Fuente: Ria Novosti

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Cada año se instala en la plaza Tishinskaya de Moscú la feria-exposición ‘El mercado de las pulgas’. Se trata de un proyecto que recrea la atmósfera de esos increíbles espacios ‘cargados de vitalidad’ conocidos como mercados de pulgas o mercadillos.

Antes de la guerra en la plaza Tishínskaya se instalaba un mercado de enormes dimensiones, uno de los más importantes de Moscú. En los años 60-90 se convirtió en una zona de paso para la juventud más progresista. En este lugar se podían encontrar artículos verdaderamente originales por un precio irrisorio.

En unas condiciones absolutamente deficitarias, esto era la meca de los amantes de la moda. Uno de los asiduos más célebres al mercado de Tishínskaya más célebres fue Alexander Petliura, pintor, modelo, fundador de un bohemio centro de arte en Moscú en los años 90 y experto en mercadillos por vocación.

Se hizo famoso, en gran parte, por su impresionante colección de curiosidades recogidas de contenedores o encontradas en los mercados de pulgas: en Tishínskaya era muy querido, las abuelitas locales solían apartar sus tesoros para él. Ahora, como recuerdo del famoso rastro de Tishínskaya se ha creado el mercadillo, y el mercado ha sido sustituido por un moderno centro comercial.

Sin embargo, aún quedan lugares más o menos auténticos. En San Petersburgo, se ha conservado hasta hoy día un espacio al que denominan Udélnaya (por el barrio en el que se encuentra, del mismo nombre), considerado el principal rastrillo del país.

En Moscú, la compra-venta semiclandestina se practicó durante mucho tiempo en los andenes de la parada de trenes eléctricos Mark. Un lugar auténtico donde los haya. Las visitas a este lugar son para los fuertes de espíritu. Para empezar, hay que tomar un tren de cercanías para llegar hasta allí, y después adentrarse en las calles del mercadillo que se extienden a lo largo de un kilómetro desde el borde del mismo andén. Aquí nadie habla inglés, los artículos están colocados sobre papel de periódico y trapos, o directamente en el suelo, y la mayoría de los vendedores recuerda a algún personaje de la obra de teatro de Gorki Los bajos fondos. Sin embargo, por 30 rublos se puede conseguir algún ejemplar realmente original: desde un paraguas de trapo, una cucharilla de café diminuta o un gorro militar de lino con el dibujo de un avión bordado, hasta un emblema coreano con linterna.

En 2010 el mercadillo se trasladó a otro andén —en dirección Novopodrezki-Leningradski— y adoptó una apariencia un poco más presentable. Sin embargo, sigue considerándose el más auténtico, aunque periódicamente corre el rumor de que lo van a cerrar.

El mercadillo más grande de Moscú: Izmaílovo

De todas formas, hay otros mercadillos que las autoridades de la capital sí tratan de mantener por todos los medios: estos se han adecentado y se puede llegar a ellos fácilmente. Se trata de una versión más conciliadora, donde hay necesitados pensionistas que venden sus pertenencias y también tiendas especializadas dedicadas a la venta de antigüedades.

Uno de esos mercadillos está ubicado al noreste de Moscú, a diez minutos andando desde la parada de metro Partizanskaya en dirección al hotel Izmáilovo. Un letrero en el que se lee la palabra ‘Vernisazh’ da comienzo a una avenida  que conduce hasta las cúpulas multicolor del Kremlin de Izmaílovo.

Este espectacular palacio de piedra blanca, que recuerda al kremlin de la Plaza Roja de Moscú, rodea el territorio de un imponente bazar de lo más variopinto. Dentro hay cafeterías, una galería de tiro, una fábrica de jabón, un campanario y numerosos museos: el del pan, el de los juguetes rusos, el del vodka y el de historia de la armada rusa.

El intercambio comienza ya en la misma entrada, donde avispadas pensionistas ofrecen cucharas y tenedores viejos, o números de revistas del año pasado. El lugar es acertado y garantiza unos ingresos de apoyo a su insuficiente pensión. Un hombre se interesa por el precio de una caja de hojalata con el dibujo de un esturión que ofrece una de los vendedoras, en estas latas antes se vendía el caviar negro. 300 rublos (unos 9 dólares). La abuelita añade un poco nerviosa: “¡Es de los años 50!”. Cerca, una chica moderna, con botas de agua y una llamativa chaqueta, grita entusiasmada a través de su iPhone: “¡He comprado un supergramófono, y funciona!”.

Para comprar recuerdos, sin duda, hay que venir aquí. Si nos lo tomamos en serio y no nos lanzamos a la primera matrioshka chapucera que se nos ponga por delante, se puede conseguir algún recuerdo realmente original, valioso e insólito. Aunque probablemente no conseguiremos ahorrar mucho. Los vendedores se ganan la vida con los turistas, así que los precios, por regla general, no son muy bajos. Aunque, eso sí, a los extranjeros se les trata con mucha amabilidad y la mayoría de los tenderos están dispuestos a explicarse en la lengua de Shakespeare.

Los fines de semana hay una oferta muy variada, sobre todo por la mañana. Entre semana solo se abren dos avenidas y, a partir de las cinco de la tarde, empiezan a recoger la mercancía. Los mostradores del Vernisazh, hechos de madera tallada al estilo eslavo, recuerdan a un auténtico mercadillo ruso.

Aquí se pueden encontrar ejemplares de toda la artesanía nacional, de todos los oficios típicamente rusos: encajes, chales, pañuelos de Pavlovski Posad, alfarería, forja y cuero, pieles de animales salvajes, ámbar, cristalería... Para mayor comodidad, algunas hileras de puestos son temáticas, como la calle de los oficios, la alameda de los cuadros, la hilera de los iconos, etc..

El visitante hace un recorrido por la historia del país eslavo saltando de puesto en puesto: un uniforme militar, trajes de buzo, bustos de Lenin (el más pequeño puede salir por unos 1.500 rublos (algo más de 35 dólares). Incluso unos populares cigarrillos de la época soviética, los Bielomor, que aún hoy se pueden comprar en algunas tiendas de comestibles por unos kopeks, aquí salen por 350 rublos-casi 10 dólares. Este paquete arrugado de tiempos inmemoriales constituye ya una rareza.

Fuente: Antòn Agarkov

Muchos de los vendedores son también coleccionistas. Un señor de unos 50 años, vestido con camiseta a rayas de la marina, nos habla sobre la caseta gigante que él regenta, en la que vende insignias: “Esto es solo un 20 % de lo que tengo. No en total, sino de lo que llevo hoy conmigo... Llevo 20 años coleccionando insignias y, por supuesto, conozco a otros muchos coleccionistas. Por separado no existiríamos, siempre hace falta intercambiar algo. Mira estos aviones... son modernos, y por encargo pueden costar entre 500 y 700 rublos, pero son muy demandados. Y ves esta lechuza y esta insignia parecida a Batman... son emblemas de distintas unidades de prospección. Ahora también se venden bien los emblemas deportivos; que hay un partido por la tarde... pues los aficionados se acercan a por souvenires...”

No todo son antigüedades y rarezas. A menudo también se encuentran: algunos artesanos firman al estilo eslavo, por ejemplo, unos platos viejos de madera. Junto a la caseta escucho una acalorada conversación entre un vendedor y una compradora de aspecto aristocrático con los dedos cargados de anillos:

- ¡Si al menos estuviera hecho por artesanos modernos de algún pueblo, como Fedoskino por ejemplo, tendría valor, pero se han cargado los pueblos y, con ellos, toda la artesanía y el alma rusa!

- ¡Señora, el pasado no se puede resucitar! ¿No ha oído hablar de una pintora que se llama Galina Maslénnikova? Ha intentado recuperar la vieja artesanía de su pueblo, no hubo un alma a quien no atrajera la idea. ¿Y al final cómo acabó todo? ¡Comilonas y vodka en el pueblo!, ¡ahí tiene todo el arte!

No muy lejos se venden unos broches exquisitamente pintados procedentes de la mencionada aldea de Fedoskino, famosa por su escuela de miniaturas pictóricas. El que busca siempre encuentra.